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‘Mitridate’: de Mozart a Edipo.

Manuel Espín

 Cuando se habla del genio de Mozart en su corta vida hay que seguir sorprendiéndose de que a la temprana edad de ¡catorce años! fuera capaz de componer una obra tan ‘adulta’ como ‘Mitridate, re di ponto’ estrenada en 1770 con libreto de Vittorio Amadeo Cigna-Santi inspirado en una historia de Racine. En su origen esta obra barroca contaba un drama sobre un rey y sus hijos enfrentados entre sí y contra su padre que  tiene otra mujer en su vida. Todo mientras los romanos asedian su territorio y uno de los hijos puede haber traicionado al cabeza de familia. 

 La partitura posee una endiablada textura musical y muchas dificultades para ser cantada; en su momento se vio en España en versión de concierto y ahora es la primera vez que se representa, en las diez funciones que el Teatro Real programa hasta el 9 de Abril. Encomendar la dirección musical a Ivor Bolton es caminar sobre terreno seguro, no en vano es uno de los máximos referentes mundiales de la música de ese periodo (además de un formidable instrumentista cuando la ocasión se presenta).

 La novedad de este montaje que inicia su andadura mundial en el Real, coproducida con la Ópera de Frankfurt, el Liceu de Barcelona y el San Carlo de Nápoles es la total re-interpretación del argumento en manos del alemán Claus Guth que ya ha dirigido en este teatro obras como ‘Parsifal'(2016), ‘Lucio Silla’ (2017), ‘Don Giovanni’ (2020), o ‘La nozze  di Figaro’ (2022), donde suele aplicar un tratamiento argumental-teatral muy imaginativo aunque la partitura y los cantables sean los mismos que cuando se estrenó hace más de dos siglos y medio. 

 Aquí no hay romanos, historicismo, la referencia a la época barroca está presente en la música no en la escena, y la historia se reinventa de forma radical. Ahora estamos en un tiempo indefinido que pueden ser los años 60 del siglo XX donde no hay teléfonos móviles ni ordenadores pero si consumo de cocaína esnifada en una de las provocadoras escenas. Una elegante residencia que podría ser la mansión de un alto directivo de una gran compañía industrial donde se desarrolla un intenso conflicto familiar que a veces recuerda a una miniserie televisiva, donde choca un padre con sus hijos y se cruza el deseo hacia una misma mujer, y donde gravita la venganza, el odio y los complejos empezando por el de Edipo pero también podría ser el de Fedra.

 Guth en muchos de sus montajes suele utilizar el recurso al enorme decorado giratorio, y aquí todavía más. El espacio escénico de Christian Schmidt es amplio, versátil, cambiante; cada uno de los decorados permite un juego múltiple en el que se somete a cantantes verdaderos actores a una auténtica exhibición de recursos, no solo vocales sino físicos.

 Del naturalismo-realismo de la gran casa a la estilización del enorme muro donde Guth lleva a cabo una de las apuestas más arriesgadas de esta producción: desdoblar a los protagonistas en sosias miméticos que los interpretan de modo corporal con la gran presencia escénica de una coreografía expresiva que huye del adorno o de la coralidad puramente plástica para centrarse en ese otro ‘yo’ no confesado de los personajes vistos a través de sus dobles. 

 Todo envuelto en una actuación corporal donde el diseño de coreografía de Sommer Ulricksen alcanza niveles de paroxismo con las negras presencias de figuras que representan en términos abstractos a la muerte. En toda esa parte desarrollada bajo un componente dinámico la iluminación de Olaf Winter crea retorcidas proyecciones que agigantan las siluetas hasta convertirlas en fundamentales.

 La producción está repleta de ideas originales que no distorsionan la línea argumental y musicalmente dan cuerpo a momentos presentes en la partitura pero que jamás se desarrollaron escenicamente. Pensemos en lo que supone sacar del foso de la Orquesta al solista de trompa natural (Jorge Monte de Fez) y subirlo al escenario como un personaje más. O la incansable omnipresencia del mayordomo (interpretado por el actor José Luis Mosquera) que viene a convertirse en un testigo-catalizador de los complejos sentimientos que estallan en escena. 

 Bolton al frente de la Orquesta Sinfónica del Real tiene una virtud: hace que el conjunto se luzca sin que enmascare la voz de los solistas, con la dificultad que ponerla tiene para los contratenores en unas dificultosas texturas. A quienes se exige unas condiciones escénicas pletóricas empezando por ‘Farnace’ (un desatado y sarcástico Franco Fragioli en el primer reparto, con Tim Mead en el segundo), frente al equilibrio vocal de Juan Francisco Gatell en el padre protagonista (Syabonya Maquingo en el ‘b’). Donde brilla especialmente Sara Blanch como ‘Aspartia’ (Ruth Iniesta en el segundo ‘cast’), con Elsa Dreigig y Vanessa Goicoetchea en ‘Sifone’, Marina Monzó y Sabina Puertolas como ‘Ismene’, Juan Sancho y Jorge Franco en ‘Marzio’, y Franko Klisovic representando a ‘Arbate’. Hay que señalar que esta producción incluye bastantes nombres españoles, con voces especialmente las femeninas en el mejor momento de sus carreras, a las que se ha visto en las ultimas temporadas tanto en el Real como en La Zarzuela y lo cierto es que están muy a la altura de los internacionales. 

 La pena es que supone la despedida de Ivor Bolton como titular del Real y es de esperar que como invitado repita de nuevo cuando se recurra a otro título del repertorio del XVIII donde es uno de los referentes mundiales.

 Es muy posible que este ‘Mitridate…’ enfurezca al ‘santa sanctorum’ de los que se declaran celosos ‘guardianes’ de ciertas ortodoxias aunque lleven tiempo atacadas por la polilla. Lo cierto es que hay mucho talento en juego, una sucesión de ideas de originalidad y una profunda relectura de una obra mozartiana a la que Ivor Bolton respeta con toda su dignidad pero a la que se da otro empaque a través de una visión a ratos trágica, en otros histriónica, en lo que constituye un esfuerzo del Real por la puesta al día de una ‘Mitridante, rey de Ponto’ que merece ser conocida más allá de las versiones de concierto pese a que su puesta en escena teatral signifique un duro reto por la dificultad de la operación.

 Desde luego hay una consecuencia clara para el espectador, este Mozart no deja  indiferente a nadie.  Sus largas tres horas atrapan en todo momento.  

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