Enrique Fuentes Quintana
Carlos Berzosa
En abril de 2014 publiqué un artículo en el semanario El Siglo titulado “La transición política sin transición económica”, en el que mencionaba que en el paso de la dictadura a la democracia no se había dado ningún cambio en la estructura oligárquica de la economía española, por lo que los grupos poderosos que basaron su expansión en un régimen que les sustentaba y les protegía, siguieron disfrutando de su situación de privilegio. Este artículo respondió al recuerdo de la labor de Suárez como presidente del gobierno español de 1976-1981, y que acababa de fallecer en marzo de ese año. No obstante, valoraba positivamente la reforma fiscal llevada a cabo. Una reforma fiscal que supuso un incremento en la recaudación y como consecuencia un incremento del gasto público que permitió el desarrollo posterior del Estado del bienestar. A su vez logró una mejora redistributiva.
Unos días más tarde se publicaba en El País el 2 de mayo un artículo de José Luis Leal ” La política económica de la transición” en el que valoraba positivamente lo que se hizo de forma que consideraba a la presidencia del gobierno de Suarez como uno de los periodos de reformas económicas más intensos de nuestra historia. La reforma fiscal en la que pone bastante énfasis, con razón, pues aparte de los efectos positivos que yo enumeraba estaba la modernización del sistema y, por tanto, el acercamiento a los existentes en los países desarrollados de Europa occidental. A lo que añade, la liberalización del mercado interior, la reducción de las tarifas aduaneras, la adopción del Estatuto de los Trabajadores, la ampliación de la cobertura médica y del desempleo, el aumento de la protección social, y la mejora de las pensiones. Se pretendió la modernización del sistema financiero, que en momento de la transición era arcaico e ineficiente.
Un conjunto de reformas, que considero, sin lugar a duda, como necesarias, pero no suficientes. Mi valoración es positiva, pues creo que constituyeron una parte de la política económica, que sentaron unas bases para el desarrollo posterior, pero que no afectaron a la esencia fundamental de la estructura económica heredada del franquismo. En este sentido, está la declaración de Marcelino Camacho, secretario general de Comisiones Obreras, “la democracia se quedó a las puertas de las empresas”, esto es, no se implantó la cogestión, que significa la participación de los trabajadores en la dirección de las empresas. Esta gestión mixta se había venido implantado desde los años sesenta en varios países de la Europa Occidental.
En el excelente libro de Carlos Arenas El Estado pesebre. Una historia de las élites españolas (El Paseo, 2025) recoge unas declaraciones de Tamames, el principal negociador por parte del PCE, sobre los Pactos de la Moncloa: “tuvieron la virtualidad de evitar el colapso de la economía española”, porque” se dio prioridad a la llamada política de saneamiento( precios y salarios, medidas urgentes de carácter fiscal, presupuesto, medidas monetarias)”, pero un fracaso en tanto que” las reformas estructurales fueron quedando para decisiones a tomar en su día”.
Los Pactos de la Moncloa fueron firmados por partidos políticos, pero no por organizaciones sindicales y empresariales, aunque tanto CCOO como UGT lo apoyaron, pero no fue así en el caso de la CEOE. Como describe Arenas las organizaciones empresariales no se sintieron concernidas por el llamamiento al acuerdo patriótico de octubre de 1977.con la excusa de que había sido excluida de las negociaciones, la CEOE se mostró abiertamente en contra de los Pactos de la Moncloa por considerar que atentaban abiertamente contra los intereses empresariales. Las críticas se centraban en la política monetaria deflacionista, que repercutía sobre el consumo y sobre los créditos, en la falta de voluntad para acometer la desregulación del mercado de trabajo, y en el proyecto de la reforma fiscal que se llegó a calificar como ” terrorismo de Estado”. Esto es una muestra clara de la estrechez de miras de un empresariado que no estaba acostumbrado al pacto social ni a desenvolverse fuera del marco de un régimen dictatorial.
Este comportamiento, provocó una reacción de Fuentes Quintana, vicepresidente del gobierno, que presidía como tal las sesiones de las negociaciones de los Pactos de la Moncloa, que hizo unas declaraciones mencionadas por Arenas que recoge de Carmen Molinero:” Las reformas que diseñé en los Pactos de la Moncloa no han hecho otra cosa que levantar sonoras carcajadas en la derecha española, parapetada como de costumbre en sus privilegios y en su poder económico y político(….)Produce una gran pena que en el momento en que las clases rectoras tenían que haber dado el empuje definitivo en favor de la democracia, estén suspirando por un golpe militar”. Un lamento un tanto explosivo que resulta muy significativo al haberlo hecho una persona que no era ningún radical sino fundamentalmente un liberal conservador.
No deja de llamar la atención, que mientras la CEOE, consideraba que los Pactos iban contra los intereses empresariales, sin embargo, hubo voces críticas desde la izquierda sobre la transición que plantearon todo lo contrario, pues a su juicio lo que reamente sucedió fue que había beneficiado a los grandes grupos económicos. Un historiador de la economía Joseba de la Torre en un capítulo titulado ” Reflexiones sobre la naturaleza y los actores de la transición económica española en el libro colectivo Economía en Transición (Marcial Pons,2022) recoge el testimonio de economistas sobre la valoración de los Pactos de la Moncloa, como los de Rojo, Segura y García Delgado, así como los más críticos Naredo y Martínez Alier. De estos últimos destaca, junto a otros colaboradores, la disección que hicieron del posfranquismo desde las páginas de Cuadernos de Ruedo Ibérico, en donde destacan la conexión entre grupos económicos y financieros y los ministros de los primeros gobiernos de la monarquía, en lo que denominaban el tránsito de una ” dictadura corporativa” a un ” neocorporativismo” al servicio del gran capital. Fueron, sobre todo, muy críticos con los Pactos de la Moncloa porque sacrificaban a la clase obrera congelando salarios y garantizaban el beneficio empresarial.
Las valoraciones son diversas, pero lo que queda claro es que las resistencias de los empresarios y la banca impidieron que se llevaran a cabo reformas que estaban previstas en los Pactos, por lo que las medidas llevadas a cabo fueron insuficientes desde el punto de vista estructural. Se dio prioridad a las necesidades del momento lo que era urgente y necesario. Un saneamiento que generó una tendencia de descenso de la inflación, a pesar del repunte que tuvo lugar en 1979. Sin embargo, los costes recayeron sobre los trabajadores con el aumento del paro. Un exponente de la crisis y los costes de la transición.
Un planteamiento original y en el que apenas se ha estudiado es el análisis histórico realizado por Carlos Arenas, en el libro ya mencionado, de cómo las oligarquías han parasitado las rentas públicas. La democracia no acabó con este mal que llega a nuestros días. Un enfoque que presenta otra cara de las debilidades que sufre la economía española y que resulta esencial para una comprensión global de los rasgos que de un modo permanente han caracterizado la historia de la economía a lo largo del tiempo y que, por desgracia, ha permanecido hasta ahora. En suma, lo que demuestra Arenas es que el Estado parasitado por las élites ha sido un verdadero Pesebre, con mayúsculas, en nuestra historia. No quiero señalar que las decisiones tomadas entonces fueran un determinante para la evolución posterior, pero si ha sido un condicionante, a pesar de los logros conseguidos. Hubo reformas, pero no tuvieron suficiente peso para cambiar un modelo en el que las élites económicas formadas principalmente por los propietarios de los grandes bancos, empresas constructoras y energéticas, han marcado unos comportamientos a lo largo de 50 años sustentados en ganancias rápidas y cómodas y un poder oligopólico la hora de establecer precios, que suponen unas de las muchas debilidades de la economía española en estos años. A un análisis más detallado sobre las fortalezas y debilidades de la economía española dedicaré el siguiente artículo.

