Escrito por 12:06 am Dossier

A los 89 años de que Companys proclamara la independencia de Cataluña y a los 6 de que lo hiciera Puigdemont

Companys Puigdemont /foto Europapress


Por José García Abad.


El lunes 6 de octubre, hoy hace un mes, se cumplió el 89 aniversario de la proclamación de independencia de Cataluña. El 6 de octubre de 1934 a las ocho de la tarde, el presidente del gobierno catalán, Lluis Companys, proclama el Estat Catalá desde el balcón principal del palacio de la Generalitat en la plaza de la República de Barcelona, antes de San Jaime y en la actualidad de Sant Jaume.

83 años después, el 10 de octubre de 2017, Carles Puigdemont proclamó la República Catalana como un “Estado independiente y soberano, de derecho, democrático y social» Este es el inicio de su proclama que traducimos al castellano: 

“Al pueblo de Cataluña y a todos los pueblos del mundo. 

La justicia y los derechos humanos individuales y colectivos intrínsecos, fundamentos irrenunciables que dan sentido a la legitimidad histórica y a la tradición jurídica e institucional de Cataluña, son la base de la constitución de la República catalana. La nación catalana, su lengua y su cultura tienen mil años de historia. Durante siglos, Cataluña se ha dotado y ha disfrutado de instituciones propias que han ejercido el autogobierno con plenitud, con la Generalitat como máxima expresión de los derechos históricos de Cataluña. El parlamentarismo ha sido, durante los periodos de libertad, la columna sobre la que se han sustentado estas instituciones se ha canalizado a través de las Cortes Catalanas y ha cristalizado en las Constituciones de Cataluña. Cataluña restaura hoy su plena soberanía, perdida y largamente anhelada, después de décadas de intentar, honesta y lealmente, la convivencia institucional con los pueblos de la península ibérica. Desde la aprobación de la Constitución española de 1978, la política catalana ha tenido un papel clave con una actitud ejemplar, leal y democrática hacia España, y con un profundo sentido de Estado. El estado español ha respondido a esta lealtad con la denegación del reconocimiento de Cataluña como nación; y ha concedido una autonomía limitada, más administrativa que política y en proceso de recentralización; un tratamiento económico profundamente injusto y una discriminación lingüística y cultural”.

Puigdemont suspende la eficacia de la proclamación a los 44 segundos después proclamarla, bastante menos de lo que consiguió Companys a quien Puigdemont no hace referencia pues el 6 de octubre de 1934 produce cierta vergüenza a los actuales independes aunque le salvan por el mérito de haber sido fusilado por Franco.

A pesar de la corta duración de la independencia proclamada entonces el hecho tuvo amplias repercusiones en Cataluña y en el resto de España. No es que la historia se repita, pero si acumula sus efectos.

Independencia “dentro de la República Federal Española”

Ante una multitud enardecida, el 6 de octubre de 1934, el president de la Generalitat, de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), Luis Companys anuncia desde el balcón del palacio de la Generalitat, naturalmente en catalán: “En esta hora solemne, en nombre del pueblo y del Parlamento, el Gobierno que presido asume todas las facultades del poder en Cataluña, proclama el Estado Catalán de la República Federal Española, y, al establecer y fortificar la relación con los dirigentes de la protesta federal contra el fascismo les invita a establecer en Cataluña el Gobierno Provisional de la República, que hallará en nuestro pueblo catalán el más generoso impulso de fraternidad en el común anhelo de edificar una República Federal libre y magnífica”.

Nada más terminar su discurso, Companys comenta con un correligionario: “ ¡Ja está fet ¡ ¡Ja veurem com acabará¡ ¡ veure si ara també direu que no sóc catalanista! (¡Ya está hecho¡¡ Ya veremos como acabará ¡A ver si ahora diréis también que no soy catalanista¡.) 

Companys se decide por la independencia dentro de la República Federal española. No creo que Companys alimentara con su ambigüedad un engaño. Más bien parece que tratara de aunar distintas posiciones catalanistas que pudieran caminar juntas, al menos durante una parte del camino.  

Francisco Gómez-Hidalgo y Álvarez, amigo de Companys sobre quien escribió un libro hagiográfico, “Cataluña-Companys”, sostiene que este no era separatista. Interpreta su concepto de España, el suyo y el de Companys, con las siguientes palabras: “España es, pues, un conjunto de nacionalidades. O dicho con un poco de retoricismo, es una meseta rodeada de jardines, que no pueden ser regados desde la meseta”. (F. Gómez-Hidalgo “Cataluña-Companys” Librería Enrique Prieto, Madrid, 1935).

Estado de Guerra

El Estat Catalá de Companys duraría 10 horas, desde las ocho de la tarde en que este lo proclamara hasta que el general Domingo Batet Mestres bombardea el palacio con su artillería. Había aguantado menos que el Cantón de Cartagena, proclamado en esta ciudad por los federalistas en nombre de una República Federal Española todavía sin plasmación efectiva, igual que hiciera Pi y Margall en tiempos de la I República. Cartagena resistió al Ejército español desde julio de 1873 hasta enero de 1874, cinco meses justos. Llegó a imprimir moneda propia, el “duro cantonal”, y cuando las cosas se torcieron pidió la incorporación a los Estados Unidos de América, una petición que no fue atendida.

El mismo 6 de octubre de 1934 el presidente del consejo de ministros, Alejandro Lerroux, reacciona promulgando el estado de guerra y el general jefe de la IV Región, Domingo Batet, bombardea el palacio donde está reunido el Gobierno catalán produciéndose un enfrentamiento con las fuerzas que controla la Generalitat. 

Companys ordena al consejero del Interior, Dencás, que defienda la Generalitat con las armas, las pocas armas y dotaciones de mozos de escuadra que defienden la sede, contra quien la ataque, sea quien fuere.  Que defienda pero que no tome la iniciativa en el ataque, pero Dencás hostiga con todas las fuerzas que logra reunir los cuarteles del ejército español. 

¿Se repartían los papeles? En cierta manera, de forma tácita. Más exacto sería decir que ambos se observaban de reojo conscientes del papel que cada uno desempeñaba y hasta donde podían llegar sin romper la baraja. Pero los dos comparten un temor que facilita el acuerdo: el miedo a la Revolución. Algo que también los une a la derecha regionalista de Cambó o a la gente de Unió. En el fondo se sienten más protegidos dentro del estado español. 

Batet, un general catalanista fiel a la república

El estado de guerra lo gestiona Batet, un general catalán y catalanista, amigo de Companys y sinceramente republicano, que cuando se produce la sublevación franquista, a la sazón capitán general de Burgos, fue fusilado por “no sumarse a la rebelión”.

El ministro de la guerra, en ese momento Diego Hidalgo, al tomar posesión del ministerio había recibido presiones para que destituyera a Batet, pero se niega a ello hasta que le conozca personalmente. Lo hace y queda muy bien impresionado: “La presencia y la palabra del insigne general infundieron en mí tal fe en su lealtad, que ello me dio fuerzas suficientes para resistir el combate diario, continuo, de ciertos elementos que no cejaban en su tozuda, sectaria e injusta campaña contra el hombre al que debe nuestra Patria la tranquilidad y la paz, libertando a todos los buenos españoles de la trágica pesadilla separatista”

Y concluye: “El general Batet salvó a España. El general se había salvado por mí”. Ergo… silogismo al canto.

Domingo Batet le había dicho: “Yo soy, señor ministro, el más modesto de los generales de la República; todos son superiores a mí en técnica militar y condiciones de mando; pero ninguno conoce como yo el problema de Cataluña y las personas en las que está el Gobierno de la Generalidad y los resortes del mando”. Así lo cuenta Hidalgo en su libro “¿Por qué fui lanzado del Ministerio de la Guerra?: diez meses de actuación ministerial, 1934”.

El presidente de la República Niceto Alcalá-Zamora, gran defensor de Batet frente a las insidias de un sector extremado de la derecha, le nombraría jefe de su Cuarto Militar, le considera, tras los hechos del 6 de octubre, como “el general español que desde un siglo y cuarto había prestado mayor y más inestimable servicio a España después del que compartieran Castaños y Reding. Al hacerle tal justicia yo, diputado siempre de Bailén, añadía que la condición de catalán y verosímilmente de catalanista que concurría avaloraba aún más su conducta”.

Alcalá-Zamora atribuye a la falsa leyenda contra Batet influyó mucho en su fusilamiento por Franco “por el singular delito de no haberse sublevado en 1936”. Don Niceto llegó a recurrir al general Queipo de Llano para que intercediera para que no fuera fusilado, pero “la petición, aun transmitida, resultó inútil en las ofuscaciones brutales de la tragedia”.

El 6 de octubre, tema tabú 

Artur Mas cuando era presidente de la Generalitat confesaba al entonces director de La Vanguardia, Màrius Carol, en uno de esos raros momentos de sinceridad entre un político y un periodista, que había dos cosas que no se podía permitir: saltarse la legalidad o hacer el ridículo. Su antecesor Lluis Companys se saltó la legalidad republicana y, según algunos, como el jefe del Estado, Niceto Alcalá-Zamora, entendieron que hizo el ridículo. Cuando este decide indultar a todos los condenados a muerte tras los hechos del 6 de octubre de 1934, frente al criterio de una buena parte del Gobierno de entonces, presidido por Alejandro Lerroux, justifica su decisión en que el ridículo mata en política y que no quería convertir el ridículo en gloria haciendo fusilar a los implicados. 

Por cierto, Alcalá-Zamora, presidente de la República durante la mayor parte de esta, añade a las razones expresadas para el indulto algo muy personal. No quería volver a Barcelona como Felipe IV o Felipe V.

Me parece que no se ha estudiado suficientemente el peso del ridículo en la política. La trágica muerte de Companys ha salvado su memoria del ridículo al ser fusilado por orden de Franco en el castillo de Montlluich que ha sido escenario de no pocos fusilamientos a lo largo de la trágica historia de este país. 

A los personajes de entonces no les ha cubierto todavía el polvo de la historia. Siguen despertando pasiones bajo los rescoldos de las brasas. Santiago Carrillo, manifestó hasta los últimos días de su vida un odio cerval a Don Niceto, como si siguiera vivo. En el PSOE todavía se encuentran partidarios de Indalecio Prieto o de Francisco Largo Caballero, de José María Gil Robles, fallecido en 1980; de Manuel Azaña, que sigue despertando pasiones; de José Ortega y Gasset; de José Antonio Primo de Rivera; y de Ramón Serrano Suñer entre otros. 

En Cataluña gobernaba entonces, como ahora, ERC. Los presidentes de la Generalitat solo han sido diez –sin contar los que lo fueron en el exilio- y sus nombres siguen aportando el valor de referentes: Francesc Maciá, Luis Companys, Josep Tarradellas, Jordi Pujol, Pascual Maragall, Josep Montilla, Artur Mas, Carles Puigdemont, Quim Torra y Pere Aragonés. 

Una última observación que debiera servirnos de meditación: Buena parte de los protagonistas de los hechos relatados, tanto los políticos catalanes como los de la II República terminaron su vida en el exilio o ante el pelotón de fusilamiento. 

(Mas información en mi libro “Cataluña, 10 horas de Independencia”, Ediciones El Siglo. 2014) 

Close