Porsche 959
José Garcia Abad
Le fascinan los coches potentes que recibía con frecuencia, en algún caso con envoltorio envenenado. Javier de la Rosa, le regaló en 1988, un Porsche deportivo hecho a mano con motivo de su cumpleaños que el rey aceptó sin remilgos.
Además de estos obsequios ocasionales ofrecidos por particulares Juan Carlos I recibía periódicamente aportaciones en especie, como las que efectuaban los fabricantes de automóviles que rivalizan con sus mejores primicias.
Por lo menos desde que el entonces príncipe de Asturias, hoy Felipe VI, tuvo casa propia, las fábricas doblaban el regalo a la Casa Real: un coche de alto “standing” para el Rey y otro para el príncipe de Asturias. Pude ver con mis propios ojos dos flamantes deportivos preparados para entregar a Su Majestad y Su Alteza en el mes de mayo de 2003: sendos Nissan 3502, dos puertas, color plata, dotadas de todos los accesorios opcionales. Hasta ahora la casa japonesa ha entregado a Su Majestad 16 magníficos automóviles, una práctica que, era seguida por la mayor parte de los fabricantes que producen modelos de gran lujo.
Las empresas del sector aprovechaban las visitas de los Reyes a los salones internacionales del automóvil de Madrid y Barcelona como termómetro de los gustos reales para posteriormente enviarles los coches “por tiempo indefinido”. La marca con la que mantenían relaciones más fluidas era Audi-Volkswagen que entregó al príncipe un Audi RS6, el modelo más caro, cuyo precio era de unos 100.000 euros. Desde Alemania, el presidente del grupo Audi-Volkswagen, amigo del Rey, le hizo llegar hace años un Audi 4-sport.
Algo parecido ocurría con Mercedes. Don Juan Carlos disponía de un deportivo SL55 K AMG, valorado en 144.500 euros, a bordo del cual se veía con frecuencia el entonces príncipe Felipe.
Volvo se aplicaba con esmero en atender especialmente a los duques de Lugo. La empresa les renovaba los modelos cada seis meses y ponía a disposición de la infanta Elena y su esposo coches en Madrid, París y Nueva York. Era habitual verlos a bordo de los distintos modelos en sus actividades cotidianas: recogida de los niños de la guardería, visitas médicas, viajes particulares, etc.
También mostraba su generosidad la casa Ford, cuyo presidente no ejecutivo era Jaime Carvajal y Urquijo, intimo amigo del Rey quien en 1976 inauguró junto a Henry Ford II la factoría de Almusafes.
El acto de celebración del 20 aniversario de esta inauguración, coincidió con la salida del Ford Ka, un modelo utilitario que encantó a la reina Sofía quien lo utilizó durante una temporada. Luego fue relevado por el Street Ka descapatoble que también le encantó, como le encantó un Ford Galaxy Multimedia. La reina Sofía prefería los utilitarios o familiares pero no por ello era menos exigente. Se encaprichó con un monovolumen muy específico que no se fabrica en España y que obligó a la marca a comprarlo fuera de España.
La relación con Ford se remonta al abuelo de Juan Carlos, Alfonso XIII que fue accionista de la firma y compró acciones para la reina y el príncipe de Asturias. Alfonso XIII trató de convencer a Henry Ford, el primero, el creador de la casa, para que estableciera alguna factoría en España, un proyecto que pudo realizarse en tiempos de su nieto.
Un viejo amigo de Juan Carlos me relató una anécdota significativa al respecto: Cuando Henry Ford II vino a España el rey le pidió que colocara de presidente de la filial española a su amigo íntimo Jaime Carvajal y Urquijo, hijo de los condes de Fontanar que fueron cortesanos, amigos y socios de Alfonso XIII. El consejo de administración de la empresa se mostró reticente a esta propuesta. Henry Ford II invitó entonces a sus consejeros a salir a la terraza del edificio donde se encontraban. ¿Veis eso? Les dijo – en la noche madrileña brillaba el logotipo de Ford en un concesionario de la empresa – Pues eso soy yo”. Carvajal fue nombrado y, al parecer, el consejo de administración, disuelto.
Los coches menos ostentosos se dejaban para el relax del verano. Era usual ver tanto al rey, la reina, el Príncipe o las infantas conduciendo vehículos más sencillos por Mallorca cuando acudían al puerto deportivo. Por ejemplo, Don Juan Carlos utilizó durante el verano de 2002 un Alfa 156 Sportwagon, y el año anterior un New Beetle negro – el famoso escarabajo relanzado por Volkswagen- con el que sufrió un pequeño accidente.
El caso más singular es el de Porsche. Con un coche de esta marca sufrieron el rey y la infanta Cristina el accidente más sonado, no por su gravedad – ambos salieron ilesos – sino por su repercusión en los medios.
Aquel accidente mostró a Juan Carlos al volante del impresionante Porsche 959, que le había regalado Javier de la Rosa. La relación de Juan Carlos con Porsche ha sido muy estrecha – en la casa aseguraron que el Monarca compró dos 911 Carrera 4 en color azul y tapicería de cuero beige.
La familia real, no puso objeciones a este tipo de regalos. Aceptó que Lancia le entregara desde Italia a Felipe un Delta HF Turbo.
Juan Carlos tampoco hizo ascos a las motos. Aceptó del magnate Malcolm Forbes una Harley Davidson y del diseñador Incola Trussardi su MV Augusta. Juan Carlos llegó a dejarse fotografiar durante la entrega de un sofisticado carrito de golf diseñado por el hijo de la princesa Diana de Francia y el duque Karl, aportando al prototipo una publicidad similar a la dada por el duque de Lugo al monopatín eléctrico que utilizaba el entonces marido de la infanta Elena, Jaime de Marichalar, para desplazarse a toda velocidad por las aceras del barrio madrileño de Salamanca.
El Rey tampoco hacía ascos a los camiones. Con motivo de una inauguración/visita a una factoría de la Fiat, Juan Carlos exigió que le regalaran un camión. En la casa le hicieron ver que no lo tenían previsto y que era un problema llevarlo hasta allí. El Rey se enfadó: Si no lo han previsto que lo prevean. Y los italianos tuvieron que montar el operativo adecuado para que Don Juan Carlos contara con su camión así como con un remolque para su traslado.
Producto de esta obsequiosa costumbre de los fabricantes de coches, Juan Carlos debería poseer una flota formidable integrada por miles de vehículos que no habría forma de meter en la Zarzuela y aledaños. Resolvió este problema revendiendo los coches que le regalaban evitando así la necesidad de excavar un aparcamiento subterráneo de varias plantas.
Todos estos coches se aparcaban en tres garajes; el primero situado en los terrenos de la Zarzuela, muy cerca de una nave en el pueblo de El Pardo donde, además, están guardadas las famosas motos de Juan Carlos. En el centro de Madrid se encuentra un tercer hangar a los pies del palacio real, en el Jardín del Moro.

El yate Fortuna
Pero con lo que más disfruta Juan Carlos es con los barcos como el Fortuna que costó 3.000 millones de pesetas – otras fuentes indican que el coste final se acercó a los 7.000 millones – pagadas a escote por empresarios. Para que su regalo fuera verdaderamente especial los patrocinadores costearon el diseño de un prototipo adaptado a las necesidades de la familia real. El yate reunía lo último en alta tecnología.
Mallorca fue una buena fuente de ingresos para el rey en concepto de “marchandising” y patrocinio de ropa y equipamientos deportivos, bebidas, relojes etc. Poco a poco los miembros de la familia real se convirtieron en atractivos modelos de publicidad, a veces subliminal y otras descarada: la copa del Rey de Vela se denomina Copa del Rey- Trofeo Agua Brava; sus pantalones son Burberry; los relojes Breitling dan nombre a la regata que organiza el club náutico Puerto Portals donde participa el Príncipe a bordo del CAM (Caja de Ahorros del Mediterráneo).
Tanto Juan Carlos como Felipe se calaban las camisetas de Hermenegildo Zegna cuando participaban en el trofeo que organizaba esta marca en Barcelona y ambos participaban en la Regata Freixenet; o en la Semana Náutica del Puerto de Santamaría que organizaba Osborne; o con Rolex patrocinador del campeonato del mundo IMS con participación del Bribón. La infanta Cristina competía normalmente a bordo el Azur de Puig con prendas con los colores y el logotipo de la colonia propiedad de Leopoldo Rodes, logotipos que compartía el niño de la Duquesa de Palma de dos años. El pequeño era fotografiado sentado en su sillita de paseo jané o vestido con pantalones Oshkosh.
El patrocinio desde luego no se limitaba a Baleares y Cataluña y para marcas de ámbito nacional: Endesa, Bazan, Amena, Botas “Nordica”, tablas Rosignol o anoraks Descente.
Un jeque de un emirato árabe que vino a España llegó como los Reyes Magos de Oriente, con las alforjas llenas de presentes para los personajes principales. Regaló valiosas joyas a la familia real y al príncipe una daga árabe cuya empuñadura estaba incrustada con piedras preciosas. Don Felipe mandó desmontarla y con tales preciosas le hicieron una pulsera que este regaló, como tributo de amor eterno a Isabel Sartorius, su novia de entonces.
A los ministros, a la sazón gobernaba el PSOE, les regaló el generoso príncipe árabe un reloj de oro a cada uno. Los ministros que no sabían qué hacer con aquel reloj lo depositaron en las cajas fuertes de sus respectivos departamentos. El Gobierno se planteó entonces la necesidad de regular este tipo de presentes. Se lo comentaron al Rey pero este se negó en redondo: “Que queréis. Esta uno aquí pringando todo el día y encima me pedís que rechace estos detalles…”
Esta es la única objeción que se conoce que el Rey Juan Carlos I de España haya formulado para no estampar su firma en una ley, algo que ciertamente el Gobierno no planteó formalmente, pues en ese caso el Monarca no hubiera podido negarse. Un Rey parlamentario no podría negarse ni siquiera a firmar su propia sentencia de muerte como decía Behegot, el gran estudioso de las monarquías occidentales.El rey de Bélgica, Balduino, tuvo que recurrir en su día al truco de abdicar por un día pues su conciencia le impedía firmar la ley del aborto aprobada en el Parlamento. La tuvo que firmar el regente más breve de la historia. No deja de ser significativo que la única objeción del Rey de España se refiriera a evitar que le cortaran los regalos que recibe en su condición de jefe del Estado.
A lo tonto modorro, de forma paulatina, lo que fuera la corte sobria de un rey pobre se convirtió en la más ostentosa de Europa con un rey, que según todos los indicios, ha logrado amasar una formidable fortuna.

