Manuel Espín
En la Francia del XVIII Adriana Lecouvreur fue una famosa actriz de la Comedie, al parecer muy inteligente según sus cartas que se han conservado, amante de una variada gama de personajes, entre ellos Voltaire, y objeto de toda clase de intrigas dentro de una sociedad estamental donde parecía imposible que pudieran relacionarse personas de la plebe con la aristocracia excepto en la cama. Casi un siglo más tarde Eugene Scrible y Gabriel Legouvé hacen un texto del que se sirve el libretista Arturo Colautti para esta ópera de Francisco Cilea (1866-1950) estrenada en Milán en 1902 y ‘casi’ la única o la más conocida de su autor, hasta formar parte de un repertorio de buena parte de los escenarios operísticos mundiales; a excepción del Real donde nunca se escenificó, aunque si muchos años atrás en La Zarzuela.

Argumentalmente la historia está construida en torno a la relación de Adriana con el mariscal Maurize de Sajonia bajo la celosa contemplación de la aristocrática Boullon, en una trama en la que se mezcla corte y mundo del teatro. Que acaba con su envenenamiento a los 38 años en lo que se pueden denominar ‘misteriosas circunstancias’ y con la consabida prohibición de entierro de la actriz en cementerio cristiano por parte de la Iglesia. Es decir: como en buena parte de las historias de la operística de ese siglo y buena parte del género, pretexto para pasiones desatadas y amores contrariados.
¿Cuáles son los elementos que justifican la pervivencia sobre los escenarios de esta obra a lo largo de más de un siglo? Fundamentalmente la excelente partitura, a la que sirve con brillantez y talento la dirección orquestal de Nicola Luisotti; una vez más haciendo que desde el punto de vista musical el foso sea un disfrute, con unos matices de una brillantez exquisita y unas cuerdas maravillosas, sabiendo imprimir todo el sentido dramático o sentimental que la partitura precisa. Habría que decir algo más de Luisotti: es casi insustituible dentro de la ópera italiana de un periodo muy concreto y de sus grandes nombres referenciales, y su presencia en el Teatro Real se ha convertido en un verdadero ‘plus’ para sus producciones incluso aquellas que desde el punto escénico puedan cojear.

El segundo elemento que explica la pervivencia de este título está vinculado a las posibilidades que ofrece de recrear un espectáculo en torno a la estética del XVIII. Y en este aspecto el escocés David Mac.Vicar director del montaje original estrenado en Londres en 2010 y ahora repuesto por Justin Way, discípulo-colaborador de aquél, es pródigo en utilizar ese pretexto. Mc. Vicar contempla un tratamiento respetuoso con la época, sin anacronismos, con una mínima licencia argumental: convierte buena parte de la producción en un homenaje al teatro, tal y como se muestra en las primeras escenas de la tramoya.
La escenografía de Charles Edwards es una recreación de aquellos espacios, del teatro al palacio, bajo unos tonos madera donde no se ven hierros ni estructuras fuera de época, con un gran uso de las telas y especialmente los espectaculares telones, uno de los puntos más singulares del montaje. Buena idea el recurso a las sombras chinescas que accionan tras telas y gasas. El vestuario de Brigitte Reiffenstuel es de una gran elegancia formal sin apartarse de las referencias de la época.

Además hay que destacar un elemento muy importante en esta producción: el uso de la iluminación de Adam Silverman, donde como en todo el envoltorio escénico de Mc. Vicar se evitan los tonos pastel o los colores estridentes, con unas transiciones bien resueltas. No hay más que fijarse en la escena en la que Adriana va apagando las velas quedando dominada por una tenue luz azulada; o la de ballet imitando un teatro palaciego de la época donde la luz surge de las linternas desde el espacio inferior de las bambalinas . Dicha concepción estética es muy utilizada por Mc. Vicar en sus producciones, pensemos en el ‘Rigoletto’ que se pudo ver la anterior década en el Real o la ‘Salomé’ vista en Londres y otros países, siempre bajo esa paleta de apagados tonos de color madera, gris, azul al rojo, lo contrario a las tonalidades ‘eléctricas’.
La buena recepción a esta ‘Adriana…’ tiene que ver con el reparto: Emonela Jahlo está perfecta (María Agresta en el segundo ‘cast’ no le va a la zaga) y la antagonista, Elina Carança le da una gran réplica como la Bouillon. Entre los personajes masculinos Brian Jagde cumple como ‘Maurizio’ y brilla Nicola Alaimo (Michonet), uno de los grandes aplausos de buena parte de las representaciones. Mientras Kesenia Dudodnikova, Teresa Romano, Matthew Dolenzani y Manel Esteve encabezan otros repartos.

Aunque esta producción de las óperas de Londres, Viena, París, Barcelona y San Francisco tiene catorce años sobre sus espaldas pertenece a lo que se podría denominar un ‘montaje atemporal’. Lejos del viejo espectáculo de guardarropía y telones pintados, con un tratamiento escénico conseguido y brillantez formal la recreación del XVIII posee atractivo sin caer en el manierismo ni el estetismo vacuo. Permite conciliar a tipos de público muy distinto, empezando por aquél que rechaza cualquier tipo de tratamiento arriesgado informal en un teatro de ópera (contenido que también un coliseo de las características del Real debe abordar como hacen todos los grandes teatros del mundo), y sumergirse en un partitura digna de ser degustada. Esta producción se representa a lo largo de trece funciones hasta el 11 de octubre. La del día 28 de septiembre con su excelente segundo reparto se podrá ver en espacios públicos y casas de cultura de toda España de forma gratuita.

