Escrito por • 10:16 am• Ojo Avizor

Ahora como en la caza de brujas del macartismo la verdad lo convierte a uno en traidor. 

Lillian Hellman nos tranquiliza: “En Estados Unidos nada dura más de diez años”

Lo que no cambia en distintas circunstancias es el abuso de poder y el desprecio del estado de derecho  

José García Abad  

Releyendo “Tiempo de Canallas” de Lillian Hellman, la gran escritora norteamericana compañera de amor y sufrimiento de mi no menos releído Dashiell Hammett, se observa que, independientemente de los distintos contextos históricos, tanto en la caza de brujas del macartismo de los años cincuenta, que tan vivamente relata Lillian Hellman,  como en la política intimidatoria de Donald Trump en 2025 se produce un hecho inquietante: el abuso de poder y el desprecio del estado de derecho. 

En tiempos de Hellman el contexto era la guerra fría generada por el miedo a la expansión de la Unión Soviética y en la actualidad a pesar de que ya ha desaparecido la Unión Soviética y el comunismo no ha desaparecido el abuso de poder. 

El tiempo de canallas denunciado por la escritora, como el de ahora, estaba marcado por las listas negras no reconocidas como tales. Todo el mundo, denuncia Hellman, debía tener mucho cuidado con sus relaciones, con los lugares que visitaba, con las personas que frecuentaba, la transferencia de un cheque en favor de alguna causa de caridad proscrita, alguna relación con personas de simpatías radicales, errores que te dejaban sin trabajo.

Se estableció el principio de una lealtad “bien entendida” por el derecho gubernamental a suponer que un ciudadano es desleal hasta que demuestre lo contrario; por el derecho a negarle un empleo a quien se negara a someterse al entonces Comité de Actividades Antinorteamericanas como ahora las personas marcadas por los principios de la “MAGA” (Make America Great Again)  «Haz a los Estados Unidos grande otra vez», (término inicialmente empleado por Ronald Reagan en su campaña de 1980) y los del “Proyecto 2025”.

Prescribe este manifiesto  que, además de prohibir el derecho al aborto, la limpieza de personal que sustituya en cargos públicos  a los sospechosos por personas leales. Propone el “Ejecutivo Unitario” que centralice la autoridad en el presidente, que este tenga el control total del poder, en menoscabo de la autonomía de las agencias federales, los jueces y los controles y equilibrios prescritos constitucionalmente.

Enviado por Dios

El periodista de The Atlantic , Tim Alberta, acaba de publicar : “ The kingdom, the power and the glory”( el reino, el poder y la gloria) sobre el que Ignacio Vasallo escribió en Ojo Avizor. “Trump ha sido enviado por Dios para enfrentarse a los marxistas “, según el video que este distribuyó en su red “Truth Social”. “Y Dios bajó la mirada hacia el paraíso que planeaba y dijo : Necesito un responsable . Y así Dios nos dio a Trump “.

Según Alberta los conservadores cristianos apoyan masivamente a Trump, por sus   políticas, especialmente la designación de jueces que han devuelto a los estados el poder para prohibir el aborto, por la nostalgia del MAGA en referencia a una época en la que los cristinos blancos dominaban el país y por la creencia de que Dios le ha designado  para dirigir el país.

 Esto lo declaran normalmente los lideres del movimiento de renovación cristiana” New Apostolic Reformation”, del que forman parte el presidente de la cámara de representantes, Mike Johnson y varios miembros de esta. Creen que Dios les ha encargado la construcción de su reino en la tierra para echar   a los demonios que controlan “las 7 montañas”: familia, religión, educación, industria del entretenimiento, medios de comunicación, los negocios y el gobierno.

Muchos americanos apoyan los principios   del movimiento apostólico como señala un estudio de la Universidad Denison de Ohio , del año pasado. Uno de cada cuatro cree en las profecías. En una encuesta Pew del 2021, más de la mitad de los evangélicos blancos proponían que el gobierno debería dejar de imponer la separación entre Iglesia y Estado.

Parece un regreso del grito de la primera cruzada “ Deus lo vult “ , Dios lo quiso, también usado por los puritanos antecesores de los actuales apostólicos , por algunos generales y obispos franquistas durante la guerra civil  , por el presidente George W Bush para justificar la invasión de Irak y por los colonos israelíes en Cisjordania , entre otros .

¿Cómo sabremos cuando hemos perdido nuestra democracia?

Bajo este título el politólogo Steven Levitsky nos avisa de cómo llegan a su fin las democracias: “bajo el autoritarismo, la oposición tiene un precio. Los ciudadanos y las organizaciones que entran en conflicto con el gobierno se convierten en blanco de diversas medidas punitivas: los políticos pueden ser investigados y procesados ​​por cargos infundados o insignificantes; los medios de comunicación pueden ser objeto de demandas frívolas por difamación o resoluciones regulatorias adversas; las empresas pueden enfrentarse a auditorías fiscales o ver denegados contratos o licencias cruciales; las universidades y otras instituciones cívicas pueden perder financiación esencial o su exención de impuestos; y los periodistas, activistas y otros críticos pueden ser acosados, amenazados o agredidos físicamente por simpatizantes del gobierno.

Cuando los ciudadanos deben pensar dos veces antes de criticar u oponerse al gobierno porque podrían enfrentar creíblemente represalias gubernamentales, ya no viven en una democracia plena.

En ese sentido, Estados Unidos ha cruzado la línea hacia el autoritarismo competitivo. La instrumentalización de las agencias gubernamentales por parte de la administración Trump y la oleada de medidas punitivas contra los críticos han aumentado el costo de la oposición para un amplio espectro de estadounidenses”.

Por su parte el Consejo Editorial del New York Times destaca: El Sr. Trump ha demostrado repetidamente su desdén por los controles constitucionales al poder presidencial. Ha ignorado parte de los fallos de los jueces, ha deportado inmigrantes sin el debido proceso y ha intentado eliminar la concesión de la ciudadanía por nacimiento prevista en la Decimocuarta Enmienda mediante una orden ejecutiva. Todo este comportamiento sugiere que preferiría ejercer un poder sin límites”.

Como en los tiempos de canallas del macartismo

Lillian Hellman recuerda como en aquellos tiempos de canallas “la verdad lo convertía a uno en traidor” y como callaron los intelectuales progresistas y las revistas de primer orden, las que publicaban a los escritores más importantes, que no salieron en defensa de los perseguidos. 

Lillian Hellman

Destaca Hellman la valiente actitud del abogado Josep Welch, “decididamente un caballero bostoniano, que pasará a la historia por aquella tan admirada frase que le dirigió a McCarthy: ¿No tiene usted sentido de la decencia, señor?”

Sostiene Hellman que McCarthy estaba acabado no por su osadía, ni por empezase a meter las narices en los sagrados recintos del ejército, sino porque sencillamente el país estaba harto de él y de sus dos compinches.

Mos recuerda que Philip Rahv, editor y crítico antes anticomunista (y después anti anticomunista), lo había dicho ya un año antes, en uno de sus gruñidos más incomprensibles: “En los Estados Unidos nada dura más de diez años. El fin de McCarthy está cerca”. Nos aburrimos de ellos”.

Muchas vidas habían quedado tronchadas a lo largo del camino que ellos habían arrasado con su caballería, pero el remedio, según la escritora estaba “en volver la espalda lo más rápidamente posible, para olvidar que existían, convenciéndonos a nosotros mismos, como habríamos de volver a hacer después de Watergate, de que la justicia norteamericana prevalecería siempre, por muy desastrosa que pareciese a los que nos observan críticamente desde fuera”.

Y concluía con épica esperanzada: “No es cierto que cuando tocan las campanas están tocando por ti. Si hubiese sido cierto, no habríamos elegido a la Presidencia pocos años después a Richard Nixon, hombre que siempre había estado estrechamente aliado a McCarthy. No fue casualidad que Nixon llevara consigo a un grupo de operadores expertos, junto a quienes Cohn y Schine hubiesen parecido niños de teta. Solo los nombres y los rostros habían cambiado; aunque por supuesto las apuestas eran ahora más altas, porque el premio era la Casa Blanca. Pero todo esto es ya historia antigua; la verdad es que apenas un año después de un escándalo presidencial cuya magnitud aun desconocemos, ya lo hemos olvidado también. Somos un pueblo al que no le gusta recordar el pasado. En los Estados Unidos analizar los errores pretéritos se considera poco saludable; pensar en ellos resulta neurótico, y tenerlos presentes resultaría ya psicótico”.  

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