Inmaculada Sánchez
Isabel Díaz Ayuso ha sido abucheada esta semana a su llegada a un acto público en Madrid, algo insólito para tan popular política que pasea orgullosa su mayoría absoluta y lleva a gala su conexión con la calle y su lenguaje cheli y tabernario. La presidenta de la Comunidad de Madrid arrastra desde este verano la pesada carga del ático de lujo del que aún no se ha podido desprender y a la que se ha venido a sumar la reciente polémica por la manipulación de las listas de espera en el Ramón y Cajal. La frialdad de Génova en su defensa junto al actual protagonismo del Feijóo más duro ante la crisis de Ceuta también parecen estar haciendo mella en la habitualmente intocable lideresa madrileña. ¿Está perdiendo pie o sólo puntualmente los nervios? Las ya próximas elecciones autonómicas sentenciarán si su imbatible posición como referente de la derecha nacional sufre algún tipo de desgaste.
No sólo el PSOE y toda la oposición de Madrid sino hasta el propio Pedro Sánchez han olido la herida y se han lanzado a hacer toda la sangre posible con el ático, al que el presidente del Gobierno bautizó como ‘aticazo’ en su reaparición pública a primeros de septiembre. Las torpes y opacas explicaciones sobre la compra de un piso de uso residencial por parte de la Comunidad en una cotizada zona de la capital con una enorme y envidiable terraza han ido horadando aún más el agujero en el que se ha metido Díaz Ayuso. La propia presidenta, lejos de su habitual estilo chulesco y retador, requería casi compasión a la prensa en un reciente encuentro con los medios. “Yo ya no sé qué más explicaciones dar”, “¿Por qué no intentáis creerme?”, llegó a decirles viendo que, una vez más, las preguntas sobre el ático se comían cualquier noticia que acompañara su presencia. El tono no podía ser más tenso ni las muestras de que estaba muy afectada por el caso, más evidentes.
El reproche ante los periodistas resulta sintomático del alcance del daño político que puede hacerle el famoso ático puesto que incluso algunos de los medios afines a su figura han marcado cierta distancia y han pedido explicaciones. También Feijóo aprovechó para lanzarla un dardo al respecto a la vuelta de vacaciones al afirmar en una entrevista que la Comunidad de Madrid debía aclarar y explicar todo sobre la polémica compra. Aunque Díaz Ayuso suele envalentonarse al verse sola ante los retos, en esta ocasión la falta de apoyos la ha dejado más en evidencia que nunca.
Aunque con menor relevancia fuera de la política local madrileña, la denuncia de un cirujano sobre el traslado de pacientes preferentes a las listas de espera ordinarias para operar en el hospital Ramón y Cajal ha encendido otro inesperado fuego difícil de apagar. También aquí la gestión de la crisis está dejando mucho que desear para los intereses de la Comunidad. La propia presidenta se ha lanzado en tromba, incluso en la Asamblea de Madrid, contra el denunciante por mentiroso, desleal y hasta violento con sus jefes, cuando todas y cada una de sus acusaciones se han venido confirmando en los días siguientes a través de datos y audios de reuniones del hospital en las que se reconocía la manipulación de las listas.
Que el caso llegue a convertirse en la ‘crisis de las mamografías’ que sacudió el periodo preelectoral en Andalucía para Juanma Moreno resultará difícil dado el mucho más reducido número de pacientes afectados y la distancia en la gravedad de las dolencias que, al estar circunscritas al área de traumatología, asumen un riesgo vital también menor. Pero si continúa la ineptitud en las explicaciones el escándalo incrementará aún más el malestar ciudadano con la sanidad pública, que lleva tiempo siendo el principal problema para la mayoría de las autonomías y, en especial, para la de Madrid.
Juanma Moreno pagó en Andalucía parte de ese desafecto ciudadano, pese a su buena imagen como presidente, con dos escaños cruciales que le despojaron de la mayoría absoluta y le dejaron en manos de Vox. El traspiés del barón andaluz, que se disputa el futuro del PP con la presidenta madrileña a la espera de los resultados de Feijóo, elevó a Ayuso en el podio de aspirantes a sucesores pero si en su próxima cita con las urnas también pierde la absoluta y pasa a depender de los de Abascal perdería puestos como esperanza blanca de la derecha nacional.
Los habituales aplausos y vítores con que suele ser recibida la presidenta madrileña, incluso fuera del agitado foro capitalino, se tornaron el pasado martes en un inesperado boicot a su presencia en una feria internacional de inversión inmobiliaria. Los abucheos y gritos en su contra, con numerosas referencias al ático, liderados por el sindicato de inquilinas que llegó a usar alguna bomba fétida, provocaron el abandono de Díaz Ayuso por una puerta lateral del recinto acompañada de su equipo de seguridad. Lo nunca visto en su agenda. Si actos como éste, hasta ahora reservados al criticado Pedro Sánchez, del que el PP se jacta en decir que ‘no puede pisar la calle’, también le pasan a su más popular baronesa quizá sea que el suelo que pisa empieza a no ser tan firme como hasta ahora. Atentos a los próximos meses electorales que se nos vienen encima, que ni el más sólido referente de nuestro escenario político está libre de tropiezos ni caídas.

