Manuel Espín
Por tercera vez el Real desde su reinauguración ofrece un título tan emblemático en el género como la ‘Carmen’ de Bizet. De la que se han visto una muy digna versión historicista dirigida escenicamente por Emilio Sagi (1999 y 2002) con dirección musical de Alain Lombard, la de Calixto Bieito (con Marc Piollet al frente de la batuta) en 2017 que es la ‘Carmen’ más representada de la historia con una estética transgresora a partir de estereotipos ibéricos, y esta coproducción del Real con la Royal Ballet de Londres y la Scala de Milán, donde se representará en primavera, con Damiano Michielietto como ‘regisseur’, y la coreana Eun Sun Kim directora de la Ópera de San Francisco al frente de la Orquesta (algunos días con Iñaki Encina como director) y de la que se van a hacer dieciséis representaciones, hasta el próximo 4 de enero.
Con mucho esta ‘Carmen’ es teatralmente la más floja de todas. Michielietto, que aportaba una perspectiva original sobre ‘Cavalleria rusticana’ (2015, Teatro Real) y ‘Madame Butterfly’ (2024, id) pretende acercar la imaginería a un contexto supuestamente ‘lorquiano’ (¿) con la introducción física del personaje de la madre, una dama enlutada y fatalista con cartas en la mano, que deambula a lo largo del escenario sin aportar nada al contenido dramático.

Es una ‘Bernarda Alba’ descafeinada en un escenario visualmente poco atrayente, con un desolado decorado giratorio y escenografía de Pablo Fantin, una casamata que empieza como sede de policía local, deriva en ‘puti club’ y acaba en camarín de toreros. Tampoco el vestuario de Carla Teti es precisamente favorecedor: quiere recrear una estética de los años 70 en un pueblo del sur del Mediterráneo; pero en lugar de remitir a García Lorca lo hace más bien a ‘Torrente’ y a un ‘cutre de estereotipo’ (¡esos nativos con sandalias con calcetines pueden ser teutones pero es raro que pertenezcan a un pueblo del Mare Nostrum!).

Michielietto renuncia a la inventiva de Bieito en los brillantes preludios de cada acto de ‘Carmen’ y los resuelve con un juego de cartones y rótulos para adelantar el paso del tiempo, lo que puede tener cierta gracia la primera vez pero luego se repite hasta la monotonía.
Sin ningún género de duda ‘Carmen’ tiene una de las partituras más poderosas de la historia de la ópera, es brillante y encendida hasta en sus momentos más íntimos. Con un personaje femenino arrollador, atrevido en la mitad del XIX porque es ella la que tiene la iniciativa (también sexual) y no es una marioneta del destino en manos de hombres.
Teatralmente ese colorido original se ha resuelto de las más variadas formas: del puro kitsch al regodeo en los estereotipos iberistas como ha hecho Bieito en su famosa producción. En la de Michieletto ese colorido ha desaparecido en favor de una patina casposa que apenas aporta algo original a la representación. Esta ‘Carmen’ no es vibrante, racial, colorista, sino confusa desde el punto de vista argumental con unos ‘sets’ que parecen sacados de un apolillado almacén de objetos perdidos de los años 70. El primer acto es aburrido (hay un diálogo cantado tan imposible como ‘Don José’ y ‘Carmen’ en un sillón de skay de la comisaria), que luego empieza a cobrar vida en los siguientes y saca a la historia del marasmo.
Frente a esa relectura escénica del director veneciano que apenas da nueva luz a una obra tan emblemática, hay que decir que esta ‘Carmen’ musicalmente apuesta fuerte, gracias en especial a un excelente ‘Don José’ (espléndido Michael Fabiano, en la representación que vimos), con Charles Castronovo en el otro reparto; y especialmente las brillantes ‘Micaela’, Adriana González y (Miren Urbieta.Vega) que pese a lo horrible del vestuario están musicalmente fascinantes.

Como ‘Carmen’ en el reparto al que acudimos, J’Nai Bridges estuvo correcta pero sin brillar (junto a los otros dos repartos, donde Agul Aknetshina está considerada hoy en día una referencia mundial en este papel, como Katevan Kemopkidle al frente del tercer reparto). La directora musical Eun Sun Kim lo hace con la fuerza y el ímpetu que necesita una partitura tan potente como la de Bizet. Los ‘Escamillos’ son cantados por tres voces discretas según los repartos (Lucas Heachen, Luca Micheletti y Dimitry Chebolykov).
Se puede decir de esta ‘Carmen’ que es musicalmente solvente sin tirar cohetes (bien como siempre el Coro del Real y los Pequeños Cantores de la ORCAM) pero teatralmente errónea porque Michielietto no ha logrado ir más allá de un impostado ‘mix’ en el que el estereotipo lorquiano se convierte en un tópico más propio de una película de ‘Torrente’ que del maravilloso drama que la ‘Carmen’ original encierra. Como aportación del director italiano ella no muere de un tiro ni de un navajazo sino estrangulada por su amante.


