Antonio Papell
Si hacemos un breve parón meditativo en la frenética carrera política que este país tiene emprendida desde la gran crisis financiera de 2008, que supuso el arranque de una gran convulsión ideológica en todo el mundo, observaremos con aprensión que el clima de la sociedad actual está tan tenso y crispado como el de aquel día crucial de noviembre de 1975, cuando se produjo la muerte en la cama del dictador que había ganado una guerra y permanecido en el poder absoluto durante casi 40 años.
Podrá argüirse, seguramente con razón, que la sociedad de 1975 estaba anonadada por una tan larga opresión, y que el objetivo preferente que, con gran diferencia, se perseguía colectivamente era la evitación de un nuevo conflicto simétrico de la guerra civil, la «vuelta de la tortilla», que el frágil antifranquismo había pretendido durante décadas desde los cenáculos secretos del interior y desde los círculos de exiliados del exterior. Pero al mismo tiempo, se hubiese entendido que, al desaparecer el caudillo, las fuerzas de oposición hubieran presionado con todas sus fuerzas para tomarse el desquite ideológico. Pero al cabo la prudencia venció a la osadía.
Porque hubo, a la muerte de Franco, una verdadera reacción política y vital de los demócratas, que parecían no creer del todo aquella liberación. En un país anonadado por aquella desaparición biológica, las previsiones de Franco se cumplieron sin vacilar. Juan Carlos, el sucesor designado por el autócrata, fue convenientemente coronado y su primer presidente del Gobierno fue el último de la dictadura, un antiguo fiscal que se ganó el apodo de “carnicerito de Málaga” por sus hazañas al final de la guerra y que, mientras ocupaba la cartera de Gobernación, tuvo que ver como ETA asesinaba a Carrero Blanco. Su sucesor fue Adolfo Suárez, un personaje clave en el éxito de la Transición, cuyos indudables méritos no impiden recordar que este abulense providencial escaló peldaños en el régimen anterior hasta ser secretario general del Movimiento, es decir, jefe del Partido Único. En definitiva, el viraje hacia la democracia se disfrazó con un eslogan tan pintoresco como inverosímil, «de la ley a la ley», ideado por Torcuato Fernández Miranda: los teóricos de la autocracia, en una especie de juego de magia, forzaron la sustitución de la cruenta ley franquista por la ley democrática y le dieron naturalidad a aquella rechinante aberración. Las Cortes, formadas por prohombres del régimen designados por el aparato, fueron sencillamente engañadas, y los procuradores solo se percataron de ello cuando entendieron que la ley para la Reforma Política que acababan de aprobar representaba la voladura de todo en cuanto creían.
Así, tas constituir en 1979 un nuevo parlamento ya mediante las urnas, se hizo una Constitución innovadora, que representó —este es el aspecto virtuoso del proceso— una combinación de renuncias de todos los actores. En aras de la paz, se aceptó acríticamente la monarquía, cuando o natural hubiera sido vincular la nueva democracia con la vieja, esto es, con la Segunda República; asimismo, la derecha, con Fraga al frente, aceptó los principales estándares democráticos europeos, en tanto la izquierda —socialistas y comunistas—, subyugados por las idas de paz y reconciliación que habían ido fraguando durante la espera en las cavernas, también cedieron hasta donde fue preciso para cerrar el gran trato. Todos, a derecha e izquierda, entendieron que había que dar entrada en al conciliábulo a los nacionalistas.
Es curioso constatar la buena fe de la mayoría político social de la época. Fraga, vehemente exministro de Franco, tuvo éxito en su propósito de incluir en una sola formación democrática a toda la derecha posfranquista. Tan solo se le escapó del redil Blas Piñar, quien durante un breve tiempo (fue diputado entre 1979 y 1982) defendió en el Congreso un atávico proyecto franquista que no consiguió adeptos. Carrillo y González, por su parte, hicieron cuanto pudieron desde su atalaya izquierdista para pacificar los debates, para evitar confrontaciones duras, para mantener unos equilibrios estables en la medida de lo posible.
En definitiva, tras la muerte del dictador se consiguió estructurar un sistema político y social bien organizado, capaz de abarcar todas las ideas y todas las propuestas democráticas. El viaje realizado por una España que salía del ostracismo internacional e ingresaba en la Unión Europea por la puerta grande fue una auténtica proeza, de la que todos debemos felicitarnos. Y aunque nunca la normalidad fue completa —nos acompañó durante demasiado tiempo la sombra homicida de ETA—, las generaciones posteriores al gran cambio pudieron disfrutar durante décadas de magníficas perspectivas de futuro. Tan solo faltó, para que la dicha fuera completa, un poco de pedagogía. Como acaba de recordar Miquel Roca en memorable entrevista, las generaciones que se formaron después de 1975 no fueron informadas de en qué consistieron la guerra civil y el franquismo. Qué clase de país heredaban después de un largo tránsito por la sombra de una autocracia clerical que trataba a la mujer no mucho mejor que los talibanes afganos, que tenía cárceles específicas para los homosexuales, que asesino a más de 50.000 condenados a muerte después de la guerra para depurar responsabilidades políticas, que nos alineó con los totalitarismos, el nazismo y el fascismo, que perdieron la Segunda Guerra Mundial. Hoy mismo, nuestros universitarios no saben en su mayor parte qué fue aquella dictadura que amargó la vida de sus abuelos hasta extremos de una crueldad inaudita.
Pese a aquella carencia, el saldo de estos cincuenta años de construcción y vivencia democrática es positivo. La obra de las sucesivas generaciones que han trabajado por ello merece un aprobado general. Pero nos engañaríamos si no reconociéramos que algo se torció. Como dijo Santiago Zavala en el Perú de Vargas Llosa, tan bien narrado en “Conversación en La Catedral”, hubo un cierto momento en que se quebró la dirección rectilínea. En 2008 se abatió sobre el mundo una gran crisis económica y financiera que arruinó dramáticamente la senda de creciente bienestar y nos enfrentó con los más negros presagios… Y entonces nos dimos cuenta de que el sistema que habíamos construido no era tan perfecto: crecientes señales de corrupción empezaban a manifestarse. Las relaciones políticas se enturbiaron y la buena fe de quienes habían trabajado para cerrar el ya remoto conflicto fue completamente inútil. Las fechas quedaron marcadas en los calendarios:” VOX” se fundaba el 17 de diciembre de 2013 (Blas Piñar moría el 28 de enero de 2014). “Podemos” surgía como partido político menos de un mes después: el 14 de enero de 2014.
La situación actual, fruto de la transformación del bipartidismo imperfecto de antaño en un multipartidismo que en ciertas zonas excede del terreno constitucional, está enmarañada. En su momento, fuimos capaces de resolver inteligentemente el reto de la superación del franquismo, pero hoy hemos vuelto a generar un escenario de irreverencia y odio que ni siquiera asomó tan abundantemente en los momentos más delicados de aquella ya remota transformación. En aquel entonces, fiamos la reconciliación en el olvido, y hoy empieza a verse que los fantasmas que surgieron de las grandes tragedias no desaparecen nunca si no son convenientemente identificados y satisfactoriamente enterrados. En definitiva, parece claro que la memoria no transige con el olvido, y si queremos que este sea un país normal, tendremos que terminar la catarsis que una vez dejamos a medio hacer. No basta con haber enterrado al dictador: también tenemos que liberarnos completamente de sus huellas, materiales e intelectuales. Hemos de conocer a fondo los excesos, que desenterrar a todas las víctimas y que derribar los símbolos y los ídolos y solo entonces será posible archivar definitivamente el pasado.

