Escrito por 9:32 am Cultura

Cómo dinamitar el cine Gaumont (y las películas argentinas)

Fachada cine Gaumont de Buenos Aires. Público antes de los gases lacrimógenos.

Hace un siglo se abrió en Buenos Aires una sala de cine en la Avenida Rivadavia 1635, años más tarde reemplazada por un edificio más moderno que ha venido manteniendo sus actualizaciones hasta el día de hoy. Programando no solo películas argentinas, sino iberoamericanas, europeas, de cine de autor, mezclada con muy distintos contenidos y con sensibles descuentos a toda clase de grupos hasta convertirse en un referente de la exhibición. Ahora el Gaumont corre el peligro de desaparecer, Depende del INCAA el instituto de cine argentino que el gobierno de Milei pretende eliminar, cerrar o descapitalizar en su cruzada ácrata-libertaria contra lo que llama ‘colectivismo’. El presidente que ha afirmado en distintas ocasiones que la «justicia social es una aberración»  y el mercado es el único dios, ha designado como ‘liquidador’ del INCAA y del cine argentino a un empresario que nunca ha tenido nada que ver con  el audiovisual, sector que en Argentina proporciona trabajo directo o indirecto a 700.000 personas. El cine argentino viene estando presente en los principales festivales del mundo, ganando primeros premios incluido el Oscar y un paseo triunfal por Berlín, Cannes, San Sebastián o Venecia como primeros certámenes globales. 

 En primera instancia se pretendió el cierre del INCAA. ¿Para qué hacer películas argentinas cuando las salas pueden programar las de Hollywood sin necesidad de tener que proteger a las industrias culturales locales? Finalmente ‘salvado’ el organismo se descapitaliza como paso previo a su desmantelamiento. Las películas ‘tienen ideología’ y sobran. El Banco de Fomento se queda sin dinero, se cierran las plataformas cine.ar y cine.ar plus, adiós a los festivales incluido Mar del Plata el más importante de Iberoamérica, y el Gaumont que era un cine público dependiente del INCAA se quiere cerrar o privatizar. 

 Una asamblea ante las puertas del Gaumont recibe como respuesta una dura intervención policial incluidos gases lacrimógenos con tres detenidos, mientras Milei acusa al mundo del cine de ‘herir a dos policías’. El actor Leonardo Sbaraglia presente en el acto comenta: «No hubo ningún problema ni violencia. De repente llega la policía, tiran gases lacrimógenos. Un operativo como si fuéramos con fusiles». El cine argentino ya sabe a lo que se enfrenta. Algunas de las críticas más duras contra Milei han salido de este sector señalado por el ácrata-libertario de ultra-derecha por «vivir de subvenciones a películas que nadie ve», un argumentario totalmente falso que se repite en un país o en otro por el mismo sector. 

 Habrá que escuchar lo que Cecilia Roth diga en abril en su discurso recibiendo el Premio ‘Platino’ de Honor de esta edición. Peligra el cine argentino cuyas películas se han seguido viendo desde España; la última el pasado fin de semana con el estreno en 52 pantallas del thriller ‘La extorsión’. Como antes se han contemplado decenas y decenas de producciones, algunas con muy buen éxito en nuestro país como ‘Argentina 1985’..

 De la misma manera que se han estrenado títulos españoles en Argentina, que también corren el riesgo de no repetir si el mercado se apodera de las escasas salas abiertas de cine donde no se exhibirán más que películas de Hollywood y en fase cada vez más descendente hasta la desaparición de los complejos cinematográficos y su reemplazo por grandes superficies.

 Parece un contradictorio y perverso augurio anunciar lo que para el cine español y europeo puede representar la previsible y forzosa emigración de talento argentino de primer nivel mundial. Pero a la vez un hecho tremendamente lamentable: el cine es la época, la sociedad, el testigo fiel de un momento, la historia viva, el presente y el pasado…Contemplar cómo se desmantela una industria cultural es igual que beber una pócima venenosa. Argentina que fue una potencia cultural en un sector tan emblemático para la identidad de su sociedad ve como se le muestra su itinerario hacia el abismo más absoluto: la muerte más vil de sus expresiones culturales genuinas.    

Manuel Espín

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