Escrito por • 11:43 am• Tribunas

Cómo enfangar un problema donde no lo hay

 Manuel Espín

 Es obvio recordar que quienes se dedican a la política y viven de ella están para resolver los problemas de los ciudadanos y ciudadanas,  no para transformar el día a día en problemas que se magnifican y pasan artificialmente al primer plano; porque la radicalidad, el discurso de la crispación y el insulto fácil, el alineamiento a un lado u otro de la ‘trinchera’ los agigantan.

 Lo vemos aquí y en el mundo. ¿Qué necesidad tiene la economía mundial de someterse a un juego de tensiones sin parangón tras las sucesivas fanfarronadas de subida de aranceles de Trump? ¿por cuanto sale la caída de las bolsas europeas, como el ibex esta última jornada, ante la incertidumbre del 50 % con el que amenaza a la UE? ¿se puede confiar en una administración de una primera potencia que lanza una bomba fétida de castigo con subida estratosférica de arancel que luego se queda en humo, pero ya ha producido daños, entre otros y más allá de las caídas, la perdida de credibilidad en los acuerdos comerciales internacionales? 

 La realidad es abrumadora. Aquí durante semanas se ha echado basura a una monstruosa hoguera mediática en torno al tema de quienes pernoctan en Barajas, lanzándose acusaciones que medios combustionan para tratar de demostrar que nada funciona. Tremendo que no se haya querido desinflar el globo con un simple encuentro entre administraciones para poner en marcha una actuación combinada, porque la situación de esas 400 personas varadas en un aeropuerto es compleja, llena de matices y variables; incluso se van a encontrar con quienes no se querrán acoger a oferta alguna de recursos igual que sucede con situaciones de sinhogarismo cuyas tipicidades no caben en una línea. En lugar que ese fuego fatuo de declaraciones y contrarréplicas, ¿no habría sido más fácil hablar desde un principio y repartir las tareas para afrontar el problema, que no es solo de Madrid sino de ciudades con aeropuertos transitados?

 Se puede decir lo mismo con el tema ferroviario, donde un cambio de frecuencias o de horarios es interpretado como una afrenta política regional y da lugar a un tropel de declaraciones. ¿No es mejor que en estaciones de baja demanda de viajeros se disponga de servicios a la medida, sean mini-buses o autobuses, sin dar lugar a una bronca política? ¿No pueden las partes analizar las demandas y las necesidades de las personas antes de aparecer como bocazas del ‘todo vale’ y del ‘cuanto peor mejor’?

 De la misma manera la tensión acumulada en torno a los constantes fallos del ferrocarril, las suspensiones, las incomodidades que sufren los viajeros y que merecen mesas de trabajo y medios para evitarlos. ¿Mezclar churras con merinas lleva a alguna solución? En un diario populista donde es habitual titular en clave de opinión, se escribe tras un retraso: “Los viajeros “corean la dimisión de Oscar Puente”. Tan ridículo como si con ocasión de la suspensión de la línea 6 del Metro de Madrid por una actualización tecnológica que parece positiva se diga que quienes se ven obligados a realizar el trayecto en autobús se acuerdan de la presidenta de la Comunidad de Madrid.

 En los parlamentos nimiedades, anécdotas, frases sueltas sacadas de contexto se interpretan en clave de escándalo. A base de repetirlo el calificativo no causa expectación pero ese morbo ya es un fijo de las sesiones. Con un precio a pagar: la basura verbal desde una tribuna consigue un efecto contrario a la popularización de los representantes de la soberanía popular, la reduce a una caricatura, y parece formar parte de una disputa en las redes sociales en la que se tiran cubos y no precisamente de agua perfumada. Desprestigio que es otro motivo de la perdida de imagen de las instituciones: no extrañe que a una franja de jóvenes les parezca igual una dictadura que un sistema democrático.

 La tendencia a convertir en problemas asuntos que se pueden resolver por la vía de la colaboración entre administraciones de signo diferente se ve magnificada por un discurso de polarización donde se buscan adeptos por vías maniqueas, creando situaciones conflictivas desde el estereotipo. Tendencia que aparece como un signo de los tiempos. Anotemos el alucinante vértigo de nuestros vecinos portugueses colocando en segundo/tercer lugar de su parlamento a un partido ultra (Chega) que inventa un problema, los gitanos, donde no lo hay, hurgando en los tópicos y las heces revenidas para alimentar un conflicto inexistente puesto que el odio es un  buen combustible para ganar votos: no hay que pensar..    

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