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Como es la nueva derecha española

Feijóo y Jimenez Losantos./ Fotos de Europapress


por José García Abad.


Como se sabe, el concepto político de Derecha e Izquierda nace en la Revolución Francesa. A la derecha se sentaban los que pretendían mantener el absolutismo del rey y a la izquierda los que exigían la limitación de dichos poderes, hasta que tras cortar la cabeza a Luis XVI la derecha postulada por la burguesía, optó por la igualdad de derechos de todos los ciudadanos frente a los privilegios de la nobleza

La derecha española fue diferente de la que predominaba en el resto de Europa, exhibiendo el predominio de la religión católica frente a la visión europea que entendía que la religión formaba parte del ámbito privado.

Tras el Vaticano II, la derecha española rebajó un tanto la confesionalidad del Estado. Cuando la constitución de 1978 estableció la monarquía parlamentaria dictando que el rey reinara pero no gobernara, la derecha española mantuvo su apoyo a la monarquía frente a los republicanos, si bien la institución se apoyó mayormente en el PSOE  y en el PCE de Santiago Carrillo.

La derecha actual se diferencia por la resistencia al cambio y al ideal igualitario manteniendo cierto elitismo, o sea el predominio de unas minorías sobre las masas. La meritocracia. Al mismo tiempo se viste de “centro”, algo que según Pedro Carlos González Cuevas, profesor de la Universidad a distancia, en su libro: “Historia de la derecha española de la ilustración a la actualidad“, el centro, a un nivel de pensamiento político, carece de operatividad. Y es que el centro no es una doctrina, sino un coyuntural derivado de otras”, lo que en mi opinión se debe a cierta vergüenza de definirse como derecha.

Me parece muy interesante este libro publicado por Espasa en el que el autor, al que se adivina una actitud más bien derechista, muestra la honradez intelectual del historiador al que hay que exigir neutralidad en sus juicios. Señala González Cuevas que la derecha exhibe su sensibilidad social asumiendo la “mitología del pobre”. Se refiere el profesor a la anécdota del “Siente a un pobre a su mesa” que aparece en la película “Placido” de Luis García-Berlanga.

Un análisis demoscópico 

Es especialmente interesante el libro “Izquierda y Derecha en España” de Lucia Medina, investigadora del Institut de Ciencies Politiques i Socials y profesora asociada de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Barcelona, publicado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en 2015. Sostiene Medina: “Durante la Transición, el extremismo de izquierdas se asociaba con la lucha de clases y el extremismo de derechas con la defensa del orden y la Iglesia. Por el contrario, las posiciones más moderadas se relacionaban con la transformación o el mantenimiento del statu quo, en clara alusión a las circunstancias de cambio de régimen. Sin embargo, una década después, y en un escenario de normalización democrática, las posiciones más cercanas al centro se “vacían” de significados, pasando la división izquierda-derecha a convertirse en la herramienta con la que representar y articular el escenario de la competencia y la elección partidistas”.

Y matiza: “Al inicio de la Transición las etiquetas ideológicas aludían al antiguo régimen, a la defensa de la democracia y a los modelos políticos y económicos asociados a la izquierda y a la derecha desde la ortodoxia ideológica, mientras que a finales de los años ochenta, y ya en un escenario de normalización democrática, varios de estos contenidos se diluyeron o quedaron relegados al extremismo ideológico”. 

Observa Medina que la proximidad con un partido es más fuerte que las predisposiciones individuales de la clase social a la que pertenecen y de las orientaciones ideológicas generales de los electores.

En su opinión “los años de hegemonía socialista coincidieron con una mayoría del segmento de centro-izquierda. La victoria de los populares en 1996 se fraguó a partir del crecimiento constante de las posiciones de centro y centro-derecha moderada. La recuperación del espacio de centro-izquierda propició el retorno del PSOE al gobierno en 2004. Y el triunfo electoral del PP en las elecciones generales de noviembre de 2011 se basó en el aumento del centro y de su capacidad para penetrar en ese espacio ideológico”.  

La visión de Jiménez Losantos

En propiedad hay que hablar de derechas, en plural, incluso excluyendo la ultraderecha y los populismos que no son objeto de este análisis. En la actualidad creo que puede atribuirse a Federico Jiménez Losantos la condición de intelectual orgánico predominante de la nueva derecha española como lo fue en su día, salvando las distancias Manuel Fraga, una condición que en el terreno del “agitpro” comparte con Carlos Herrera.

En opinión de Losantos, en su libro “El retorno de la Derecha: Entre la esperanza y la desesperación” publicado en Espasa  hay distintos motivos por los que la derecha social no ha podido o querido mantener los partidos que, desde 1977, la representaron políticamente. Pero tal vez porque su historia coincide con la de la democracia, ya que los grandes partidos de derecha en la II República —el Radical y la CEDA— desaparecieron, ha sabido cambiar con facilidad de partidos siempre que estos defendieran los mismos principios: unidad nacional, propiedad privada, igualdad ante la ley, familia, religión católica, tradiciones populares como los toros y, cada vez más, la monarquía como símbolo de unidad y continuidad de España.

Que sus partidos hayan cambiado tanto pero que el voto de derechas se haya mantenido prácticamente intacto frente a la izquierda, pese a sufrir por la ley electoral todas las consecuencias de sus crisis y desuniones, demuestra, a mi juicio, un problema estructural entre representantes y representados de la derecha que cabe resumir así: los representantes no se sienten a gusto con sus representados y los representados se sienten aún más a disgusto con sus representantes. Al revés que la izquierda, que ha mantenido un voto fijo al PSOE y disperso a los comunistas —PCE, Izquierda Unida, Podemos y separatistas—, la derecha nunca se ha sentido atada a unas siglas ni a un líder. Abandonó a Suárez por Fraga; a Fraga por Aznar; y a Rajoy, sucesor elegido por Aznar, lo abandonó dos veces: por Rivera y por Abascal. Ambos problemas, el de la organización y el del liderazgo, se manifestaron crudamente tras la caída de Rajoy. El de liderazgo, con la delirante caída de Pablo Casado y su espantada sustitución por Alberto Núñez Feijóo. El de organización, por la dificultad de asumir la caída de Ciudadanos. 

No hay líder sin proyecto 

Conviene insistir en que la derecha no ha tropezado solo con los fulanismos inevitables de la vida política, inseparables de toda ambición personal; tampoco con la capacidad organizativa de los grupos que se han disputado el poder. Ha habido cuatro grandes crisis de la derecha: la de UCD en los ochenta; la de AP en los noventa; la de 2018, con la desoladora imagen del bolso de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría en el escaño vacío del aún presidente Rajoy, varado hasta entrada la noche en los bajíos de una sobremesa etílica; y la de 2022, con los votantes del PP tomando la calle Génova al grito de «¡Casado, no, Ayuso, sí!» y los barones y baronesas echando a Casado, en un aquelarre de deserciones retransmitido en directo.

Sostiene Losantos que quizá la máxima prueba del desprecio de la derecha política por su base social es el mantra, canonizado por Rajoy, de que el PP «debe estar a lo único importante, que es la economía». En rigor, el PP volvía al discurso populista de la AP del Fraga jefe de la oposición al PSOE: «Lo que le importa a la gente es el precio de los garbanzos». Algo zafio, inmoral, más propio de una dictadura que de una democracia; y, además, falso. No es verdad, como terminó diciendo Casado, mísero eco del Rajoy que vino a enterrar y acabó paseando como reliquia, que a «la gente», así a bulto, no le interesen las ideas, ni los valores, ni algo que debería ser sagrado: la palabra dada en política, que es el contrato del representante con el representado. 

Los valores tradicionales de la derecha española

Esos valores le interesan porque los paga y los vota y porque son suyos, porque representan su capacidad de discernimiento intelectual y moral y ningún gabinete de comunicación política tiene derecho a despreciarlos; y menos aún por miedo a la crítica de la mayoría mediática creada por una derecha que sí ve normal que la izquierda defienda sus ideas. Pero, en última instancia, ¿cuáles son esos valores tradicionales de la derecha española, cómo ha llegado a tenerlos y por qué los sigue conservando?

El 28 de enero de 2022 murió Pedro Arriola, sin duda el ideólogo más influyente en los partidos políticos de derecha durante más de treinta años. Luis María Anson, Pedro J. Ramírez o yo mismo hemos tenido, en distinto modo y distintos momentos, una influencia indudable en la política cotidiana de esos partidos desde que en 1982 Felipe González llegó al poder, pero la influencia decisiva, que llevó a subordinar siempre la defensa de las ideas a la conveniencia electoral, fue de Arriola. Era un hombre de rasgos finos, cabileños, como a propósito para llevarle la contraria a su mujer, la estrepitosa Celia Villalobos. Ambos procedían del entorno del PCE en la Transición y ese origen, paradójicamente, les favorecía en la derecha. Trabajó primero en las filas azul mahón de José María Cuevas, que pasó de funcionario del Sindicato Vertical a heredar la CEOE de Ferrer Salat. Y luego, en las siglas color azul purísima del PP antifelipista. Arriola, que sembraba en terreno abonado, acabó convirtiéndose en el abono mismo. Canalizó los complejos de la derecha, inducidos por la izquierda, de donde venía y a la que nunca renunció del todo, y los elevó a categoría sociológica, con pujos de científica. Los jóvenes aznaristas le llamaban «Profesor Bacterio», por el personaje de Mortadelo y Filemón

Pero ¿en qué consiste ideológicamente el arriolismo? Jorge Bustos publicó en El Mundo al día siguiente de la muerte de Arriola un obituario titulado «La hipótesis Arriola» que lo resumía con notable precisión: 

Primera, España es sociológicamente de izquierdas. Segunda, la derecha solo gana cuando la izquierda se queda en casa. Tercera, la derecha moviliza a la izquierda cuando intensifica los acentos conservadores de la batalla cultural. Cuarta, el votante de derechas es más disciplinado, sensible al voto útil aun con la nariz pinzada. Conclusión: solo un PP centrado puede ser un PP ganador.

Falta de respeto a su base social

El problema de fondo es siempre el mismo: la falta de respeto en la derecha de los profesionales de la política a su base social. El PP bate todas las marcas en el incumplimiento de sus promesas al electorado, y de no tomarse la molestia de explicarlo; unas veces porque no había explicación, fuera de la pereza, y otras porque la traición era tan grave, caso de la suelta de Bolinaga, que la explicación era autoacusación. Pero la esperanza de que este PP rectifique no tiene base alguna. Es desesperante que, pese a la evidencia histórica de que la base social de la derecha no perdona a los líderes que la traicionan, ni es incondicional de ningún partido, Feijóo no haya aprendido ni parece tener el más mínimo afán de aprender esa lección. 

Se dirá que en el esquema electoral actual para eso está Vox, dice Losantos. Que su función es complementar en escaños y corregir en leyes la tendencia del PP a no revocar la herencia legal, ideológica y política que deja la izquierda a su paso por el poder. Y hasta tal punto ha destruido Sánchez el orden constitucional, que cabía esperar de Vox esa seriedad en sumar y vigilar al PP. En no ser otra «derechita cobarde», como la que reprocha ser al PP. Es decir, en evitar los eternos complejos de la derecha ante la izquierda, el maricomplejinismo en el poder y en la oposición. 

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