Escrito por • 6:05 pm• Política

Cuando perdemos todos

Antonio Maillo, coordinador general de IU

Inmaculada Sánchez

Antes, tras unas elecciones había quien ganaba y quien perdía: o ganaba el PSOE o ganaba el PP. Tras el 15M y el estallido del bipartidismo ahora hay quien gana sólo un poco y quien pierde, pero no tanto. Los vencedores tienen diferentes categorías y los derrotados, también. Y no se gana sólo por sí mismo sino por el nivel de pérdidas y ganancias de los demás, y de las sumas y restas que resulten. En los tres procesos electorales a los que llevamos asistiendo desde hace cuatro meses el gran vencedor ha sido la ultraderecha de Vox, por mucho que el PP haya ganado en votos y escaños. Y la gran derrotada, la izquierda. Con ella, no solo pierden extremeños, aragoneses y castellano leoneses. También se desvanece la esperanza de frenar la locura de mundo al que nos está llevando Donald Trump y su política de matón de colegio.

Cada voto a Vox en Extremadura, Aragón o Castilla y León ha puesto su granito de arena en que nuestro país se acerque y parezca a lo que hoy es Estados Unidos: a que se encierre, expulse o mate a inmigrantes, o a españoles que se solidaricen con ellos, a que nos metamos en guerras ilegales y desvastadoras y a que no se permita criticar al Gobierno y se insulte o despida a periodistas y se denigre a las mujeres. Todo eso y mucho más anida tras cada voto al partido de Santiago Abascal, que se mantiene tercero en las tres autonomías que han pasado por las urnas pero que ha crecido desmesuradamente y ha reforzado su capacidad de arrastre del PP hacia sus peligrosos postulados.

A la izquierda, por el contrario, el balance no puede ser más desolador, Por mucho que un candidato tan solvente, pegado al territorio y escasamente contaminado por la política nacional como Carlos Martínez haya mitigado en Castilla y León el cariz de las sucesivas debacles que venía encajando el PSOE, la capacidad para revertir la marcha triunfal a La Moncloa de Feijóo y Abascal se presenta cada vez más insuficiente. La atomización de candidaturas a la izquierda de los socialistas ha expulsado de las Cortes de Aragón y de Castilla y León a Izquierda Unida, a Sumar, a Podemos y a sus distintos aliados Verdes. Si no queremos que todos esos votos se pierdan definitivamente como las tristes lágrimas en la lluvia de Rutger Ahuer habrá que hacer algo más que lamentarlo. El ejemplo de Extremadura, donde la alianza de IU y Podemos, en ausencia de Sumar, logró duplicar sus apoyos parece señalar algún camino.

La decisión de Yolanda Díaz de apartarse, renunciando a liderar cualquier candidatura y a presentarse siquiera a las próximas elecciones generales, ha dejado todas las opciones abiertas y los nervios a flor de piel. Desde IU, su coordinador general Antonio Maíllo es quien más está achuchando para que la quimérica unidad avance. Sabiéndose descartado -él se presenta como candidato a las ya próximas elecciones andaluzas- ha urgido al bloque de Sumar, Más Madrid y los Comunes, con quien ratificó hace un mes su coalición, a que designen cuanto antes un sustituto de la ministra como líder y referencia. Y ha hablado de antes de mayo.

“Los espacios vacíos en política no son convenientes”, ha señalado el veterano político sabedor de que no tardan en ser ocupados por el adversario. Para evitar demoras y previsibles conflictos Maíllo renuncia incluso a las primarias y aboga ahora por un consenso entre las direcciones. El tiempo apremia y esta semana ya ha trascendido que se ha propuesto a Pablo Bustinduy, titular de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, para el puesto, como tan acertadamente adelantó Pepe García Abad en estas mismas páginas hace ya semanas. El ministro, sin embargo, ha declinado públicamente la oferta.

Será difícil encontrar un político más solvente y con menos enemigos en esta convulsa izquierda, incluso aceptable para el actual Podemos, con quien nunca quiso polemizar durante las cruentas batallas tras haber participado en su fundación, ni después de haberlo abandonado. También Rufián, cuando ha agitado las aguas de los aliados a la izquierda del Gobierno para evitar la derrota en las próximas generales, se ha referido a Bustinduy como un candidato “maravilloso”. La “autoexclusión preventiva” del ministro, como él mismo la ha calificado -”no es mi papel”, ha dicho- complica y reduce las posibilidades de no dispersar candidaturas a la izquierda del PSOE, pero aún queda tiempo para negociar y “reflexionar”, verbo al que se han apuntado, al menos, todos los interpelados tras asumir los catastróficos resultados electorales recientes.

Los tacticismos, la tentación de buscar sólo mantener posiciones, el miedo a verse diluido, a realizar ciertas renuncias, incluso a frustrar a cierta parte del electorado propio son los principales enemigos de las negociaciones que deberían estar ya desplegadas. Si no alumbran algún tipo de empeño común para evitar una histórica llegada al Gobierno de la ultraderecha no sólo perderán cada uno de ellos relevancia o escaños sino que todos perderemos todo.

↑
Close