Manuel Espín
Imaginemos una silueta en un escenario, un brillante Santiago Sánchez capaz de sostener con su única presencia y palabra, con la aportación del pianista Víctor Lucas tocando el teclado en directo, un espectáculo de 75 minutos que se hace extremadamente corto donde no hay la más mínima alusión en clave sexual, sin referencias políticas (tan solo se mencionan las palabras ‘Trump`, Ucrania, Gaza’, hay una alusión a los ‘muertos en el Mediterráneo’ y a las 229 víctimas de la Dana) que se sostiene de manera rotunda sobre un actor, unos textos brillantes donde se habla de dónde venimos y hacia dónde vamos, se reivindica la plaza pública -es decir, la posibilidad de hablar, de oír y de construir- y se apuesta decididamente por la mirada del otro, por la recuperación de la palabra frente al obsceno griterío y el insulto, del momento compartido aunque se trate de seres extremamente distintos en lo social y lo cultural.
L’Om Imprebís es un grupo teatral valenciano de larga trayectoria y extrema versatilidad en sus miembros. Santiago Sánchez, con cuatro décadas de trayectoria profesional sobre los escenarios al que hemos conocido en su faceta de director de amplio espectro tanto en el teatro de texto como en la zarzuela se ha sentido tentado por pisar de nuevo las tablas como comediante. Su aliado en esta ocasión es Hassane Kouyalé, actor/director/autor de Burkina Fasso y referente en el espacio cultural de la francofonía. De la mano de ambos se construye `¿De dónde venimos?’, un monólogo donde se citan textos y palabras de autores tan variados como Eduardo Galeano, Pepe Mújica, Cervantes, José Hierro, Lorca…, se escucha una canción completa de Serrat, hay un tango y se recita el calderoniano ‘La vida es sueño’ con una dicción perfecta y una arrolladora naturalidad. El monólogo producido por L’Om Imprebís con el Centro Internacional de Teatro Actual y que se puede ver hasta el 25 de enero en los Teatros del Canal, está repleto de técnica teatral, con un uso no solo de la voz y el gesto sino de la expresión corporal; pero con la suficiente habilidad para que ese dominio de una base técnica no se convierta en una barrera invisible entre la platea y el conductor.

Hay espectáculos unipersonales en los que el protagonista se muestra ácido, irónico o histriónico, apareciendo en la actitud de dar lecciones al público, como si se tratara de una clase magistral o de una conferencia. Ninguno de esos rasgos aparece en esa demostración de recursos de Santiago Sánchez que parecen hechos para que estén presentes pero que no se noten.
Las interacciones con los espectadores, especialmente los viejos refranes que se completan, están bien llevadas y Sánchez emplea un tono equilibrado, sin querer aparecer como el ‘más gracioso’ del corral de comedias o el que ‘dice cosas más divertidas’ típico de muchos espectáculos de monólogo. En esta ocasión el tono de aparente levedad encierra una profundidad lírica en la que una poesía sin retórica cruza constantemente por el espacio escénico, e incluso los contados momentos para la burla -singularmente el de la confesión ante el cura- están expresados en un tono dramaticamente medido y con un tono que coloca esta función en una especie de limbo entre el agresivo discurso que se escucha a diario en la calle, los medios y las redes.
ay un factor a destacar en esa producción como es la facilidad de Santiago Sánchez para decir o recitar textos en un precioso castellano carente de engolamiento, sin voces impostadas, ni tonos del añejo rapsoda o de los atildados monólogos de cómico de vieja escuela.
Para cualquier colegio o instituto este espectáculo aparentemente ‘blanco’ pero profundo su supuesta levedad hay toda una lección de como utilizar las palabras para escucharnos unos a los otros, no para gritar ni proferir o recibir voces destempladas o los vociferantes insultos que se oyen en cada momento desde los espacios públicos. Unido a un elemento que subyace en su propósito: la reivindicación de la sabiduría popular desde espacios y culturas muy diferentes. En este sentido el ‘one men show’ se transforma en un reconfortante paréntesis en el que la platea sale satisfecha sin necesidad de convencionalismos ni moralinas.

