
Eduardo Parra / Europa Press
31/7/2024
Inmaculada Sánchez
Pedro Sánchez ha hecho hoy balance del curso político más arriesgado de cuantos lleva habitando La Moncloa. Decisiones cruciales, situaciones insólitas, pactos nunca vistos y una sensación de camino interminable para mantener en pie el primer gobierno de coalición progresista de nuestra reciente historia. Tras la costosa amnistía a los líderes del procés, ahora se embarca en un pacto fiscal con Cataluña que alumbraría un nuevo cupo similar al vasco y quebraría la caja común de Hacienda. Palabras mayores para un presidente que se erige en baluarte global de la izquierda y que habrá de explicar muy bien para que sus electores entiendan que sigue mereciendo la pena.
Los sucesivos gobiernos de Pedro Sánchez han supuesto un constante ejercicio de inmersión en la realidad política de una España que dejó atrás para siempre el plácido bipartidismo PP-PSOE. Militantes y votantes socialistas hubieron de ir asumiendo que un Pablo Iglesias, no su fundador sino el que les quería sustituir en el poder, fuera nombrado vicepresidente por su líder para poder gobernar. También que ‘su’ Ministerio de Igualdad se entregara a Podemos. Y que el duro discurso del 155 contra el intento de secesión catalana diera paso a la cultura de la solución política en favor de la convivencia.
A cambio, el PSOE ha resucitado y lleva más de seis años gobernando en España, aunque su amplio poder territorial haya quedado reducido a mínimos en autonomías y ayuntamientos. El acoso ha sido feroz, por tierra, mar y aire y con herramientas nunca antes utilizadas con tal saña, como una judicatura levantada en armas contra decisiones votadas en el Congreso de los Diputados o un juez de instrucción forzando una inútil cita como testigo al mismísimo presidente del Gobierno, presencial y grabada, para escarnio de su figura.
Este curso, que hoy oficiosamente da por concluido la comparecencia de Sánchez y el fin del periodo de sesiones ordinarias del Congreso, ha elevado aún más la apuesta y se ha convertido en el más arriesgado de todos. En él Sánchez ha conseguido aprobar uno de los sapos más difíciles de tragar por buena parte de la dirigencia socialista y su electorado: la ley de amnistía para los líderes del procés. El malestar y las críticas internas se neutralizaron con la amenaza de un gobierno de la derecha y la ultraderecha y el bálsamo del ‘mal menor’. Feijóo mantiene, frustrado, su condición de aspirante a La Moncloa y el Gobierno con sus aliados continúa reforzando el escudo social con medidas como el tope a los alquileres o las subvenciones al transporte público. Valió la pena, pues.
Ahora le toca el turno, sin embargo, a un pago por gobernar especialmente sensible para un Ejecutivo de izquierdas. Una herida y dividida ERC ha exigido, y conseguido, a falta de explicaciones en detalle del alcance real del pacto, un concierto fiscal propio para Cataluña que recaudaría el cien por cien de sus impuestos para compensar posteriormente al Estado por el coste de sus servicios y al resto de autonomías con un fondo solidario del que poco se sabe cómo funcionaría. Todo ello, para investir a Salvador Illa president de la Generalitat, el objetivo último de Sánchez que daría por concluido el procés, con los independentistas en minoría en el Parlament y con Cataluña, consolidando relación bilateral y privilegiada con el Estado español pero desactivada para cualquier posible desconexión.
Aún quedan muchas piezas que encajar para que el pacto funcione. La díscola militancia de ERC debe refrendarlo, el inminente regreso de Puigdemont, no torpedearlo, los socios parlamentarios del Gobierno, refrendar en el Congreso los cambios legislativos que exigirá, en contra de sus propios intereses territoriales en muchos casos… ¿Demasiadas variables a controlar para que Cataluña pase página y el Gobierno de Sánchez respire? ¿Un precio excesivamente elevado? ¿Inútil, si Junts contraataca en el Congreso y ahoga al Gobierno? Según un satisfecho Sánchez este martes “no hemos parado” y “no vamos a parar” en los tres años que quedan de legislatura. Y sentencia: “Malos tiempos para los agoreros” y “buenos tiempos para los optimistas”… como él.

