Frente a la zarzuela de otra época en la que quienes permanecían en escena quedaban literalmente ‘plantados’ escuchando a una voz solista, en esta ocasión se insufla acción escénica, aunque respetuosa hacia el componente musical que parece el más mimado de esta producción.
Manuel Espín
A diferencia de distintos libretos de títulos clásicos del repertorio de zarzuela, el de ‘Marina’ original de Francisco Camprodón, basado en una antigua ópera cómica francesa de principios del XIX, no chirría por el exceso de costumbrismo o la comicidad sainetera pasada de moda, sino por su anodina historia sentimental en torno a una chica del puerto pretendida por tres hombres muy distintos donde apenas hay drama y el juego de equívocos es mínimo. Esa característica que nunca llega a irritar pero tampoco genera entusiasmo por su originalidad ha quedado soslayada en esta nueva producción que inaugura la temporada 24-25 del Teatro de La Zarzuela.
Lo mejor que se puede decir de ella es que todos los elementos están puestos al servicio de una partitura del maestro Arrieta que sigue teniendo una fuerza deslumbrante. En su formato de zarzuela se estrenó en 1844, y en 1871 lo hizo como ópera con libreto de Ramos Carrión en un momento en el que hubo intentos de desarrollar una modalidad española frente al apabullante peso de la italiana y la alemana. A lo largo de los años y especialmente en las últimas décadas se ha venido representando en versión de zarzuela con parlamentos hablados. Por eso puede constituir una sorpresa la recuperación a cargo del Instituto Complutense de Ciencias Musicales de una ‘Marina’ en versión puramente operística y completa, donde no hay fragmentos hablados, ni situaciones que interrumpan el discurso musical.
la dirección teatral de Bárbara Lluch está volcada al servicio de esa partitura en la que la parte escénica se ha depurado al máximo a través de una estilización que respeta la época sin hacer alardes para buscar ‘originalidad’ a cualquier precio.

Aunque todavía hay más: la dirección teatral de Bárbara Lluch está volcada al servicio de esa partitura en la que la parte escénica se ha depurado al máximo a través de una estilización que respeta la época sin hacer alardes para buscar ‘originalidad’ a cualquier precio. Apenas hay elementos costumbristas o folklóricos que si estaban muy presentes en otros originales de esta historia que transcurre en un idealizado Lloret de Mar.
Dicha estilización se pone de relieve en el espacio escénico de Daniel Bianco donde un gran ciclorama de fondo proyecta un video dentro de un escenario con un buen manejo de luces de Alberto Faura, y un vestuario de Clara Deluffo Valentini en el mismo tono de ausencia de abigarrada guardarropía.
Lluch está supeditada a la parte musical pero no se puede decir que su mirada sea pasiva. Es capaz de superar momentos musicales donde apenas hay posibilidad de generar acción escénica; como el final del segundo acto donde desarrolla una coreografía de acción que da mucha vida a lo que se está escuchando. Un tipo de situación que se repite: frente a la zarzuela de otra época en la que quienes permanecían en escena quedaban literalmente ‘plantados’ escuchando a una voz solista, en esta ocasión se insufla acción escénica, aunque respetuosa hacia el componente musical que parece el más mimado de esta producción.

Desde ese perfil esta ‘Marina’ brilla a partir de un reparto en el que tanto el primero como el segundo aparecen varios de los nombres más destacados del arte lírico español contemporáneo, por lo que hay que valorar el esfuerzo para componer este ‘cast’ nada común, porque sus voces por separado suelen estar presentes tanto en La Zarzuela como en el Real, y en los grandes circuitos operísticos del mundo.
En el reparto b) al que asistimos destacaron por encima de todos en una labor de buen nivel en su conjunto, Sabina Puértolas, que estuvo magnífica, y especialmente el barítono Juan Jesús Rodríguez, casi indispensable en las temporadas de La Zarzuela, al que además en esta ‘Marina’ se permite hacer casi un ‘chiste privado’: entonando un fragmento con deje flamenco, dado que Rodríguez además de formidable en ópera y zarzuela tiene una querencia hacia el más popular de los cantes andaluces. Ismael Jordi y Rubén Amoretti muy seguros aunque quienes se llevan de bolsillo a la platea son Puértolas y Rodriguez. También destacan según otras opiniones el trabajo de Marina Monzó y Celso Albelo dentro de un reparto b) que podría ser perfectamente el primero.
Bajo un planteamiento de Lluch que quiere ensalzar la partitura de Arrieta, bien resuelta desde el foso por el director musical José Miguel Pérez-Sierra sacando todo el partido de la Orquesta Sinfónica de Madrid reforzada con bandurrias y solistas de viento con la seguridad habitual del Coro Titular de La Zarzuela en todos sus trabajos. Respetuoso el tratamiento de la directora escénica donde la única transgresión es reducir los decibelios de un costumbrismo folklórico del que apenas hay rastro; siempre contando con una partitura excepcional donde se pueden escuchar ecos del espíritu de Donizetti pero también aires de lírica española incluida la romanza y la habanera. Más allá de ‘A beber…’ que ha pasado al acervo de la memoria popular ‘Marina’ tiene una gran partitura a la que esta producción en versión de ópera recupera bajo tratamiento estilizado sin querer ser rompedor.


