Escrito por 6:11 pm Cultura

‘DOÑA FRANCISQUITA’ REVIVE EN UN GRAN ESPECTÁCULO.

 Manuel Espín

 El estreno en mayo de 2019 en el Teatro de La Zarzuela de la ‘versión libérrima’ de ‘Doña Francisquita’, otro de los pocos títulos referenciales del género, adaptada y dirigida escenicamente por Lluis Pasqual dio lugar a una de las más sonadas protestas de un sector muy tradicional del público para quienes cualquier cambio es una provocación. Creo recordar, sin embargo, que esa ‘Doña Francisquita’ despojada de su libreto original que se ‘cuenta’ a través de tres actos, situados en una grabación musical en los años de la República, en una grabación de TVE durante 1862, y en un ensayo precisamente el día en el que representa ante el público de hoy, en aquella ocasión pudo generar al que firma cierta confusión de ideas, sin dejar de reconocer que se trataba de una original propuesta.

 Ahora, cinco años más tarde esta coproducción de La Zarzuela con el Liceu de Barcelona y la ópera de Lausanne (Suiza) ha ganado en ritmo y brillantez, con el retoque de alguno de sus diálogos, acentuándose especialmente en el primer y segundo acto una técnica evidente de ‘teatro dentro del teatro’, ironizando sobre la propia obra y su contexto, papel en el que la excelente Milagros Martín que es una magnífica actriz y no solo cantante, se erige casi en portavoz de ese público añoso que habría esperado una ‘Doña Francisquita’ de museo, y no una proyección hacia el futuro de un clásico; que como les ocurre a todos, de Lope a Shakeaspeare, de Cervantes a Moliére. necesitan ser constantemente renovados y revitalizados. En en sus representaciones en el Liceu de Barcelona esta versión de Lluis Pasqual no suscitó la protesta ni los gritos airados de un sector de público de Madrid que la consideró una profanación.

 Contemplada un lustro después de su estreno de 2019 esta producción emerge con esos pequeños recortes del nuevo texto y una producción brillante. Como le ocurre a otros grandes títulos del género el tiempo ha sido implacable para de los libretos que se han quedado anticuados (algunos incluso ‘casposos’) anclados en tiempos periclitados de valores tan distintos a los nuestros. Frente a unas partituras fascinantes de fuerza arrolladora en todos los sentidos. Se trata de un caso similar al de otra obra de Vives, ‘Maruxa’ cuyo bucólico argumento galaico a base de pastorcillas y criaditas chirría en nuestros tiempos; lo que obligó a Paco Azorín en su versión para La Zarzuela en llevar con acierto el argumento a los tiempos del ‘Prestige’.

 Esos factores están presentes en ‘Doña Francisquita’ que contiene una de las excelsas partituras del género donde se asumen con brillantez las corrientes musicales de hace un siglo, del post-Puccini sinfónico a los más variados tonos del andalucismo orquestal moderno. Porque Amadeu Vives (1871-1932) era un gran músico y hombre culto con un sensacional ‘oído’ para incorporar tanto la lírica más sofisticada como los ecos populares. El libreto de Fernández Shaw y Federico Romero se inspira en ‘La discreta enamorada’ de Lope de Vega y lleva la historia al idealizado Madrid de mediados del XIX con un enredo sentimental que da pie a escenas como el carnaval o los pasacalles de estudiantes y modistillas. Algo que hoy sonaría a nostalgia ‘camp’ de resultado museístico.

 La paradoja es que esta ‘Doña Francisquita’  tan españolista y cosmopolita  de dos catalanes (Amadeu Vives y Lluis Pasqual) bajo la entusiasta y brillante dirección de orquesta de Guillermo García Calvo -uno de los recientes mejores fichajes del Teatro de La Zarzuela-, contiene alguno de los números más ‘madrileñistas’ y ‘andalucistas’ del repertorio lirico, y de la mano de esta ‘pasada’ de Pasqual se convierte en otra cosa distinta a esa ‘Doña Francisquita’ evocadora del pasado que todavía se sigue representando en escenarios españoles (y madrileños), pero a su vez proyecta nuevas lecturas sobre el género reconvertido ahora al espectáculo más absoluto.

 Esta relectura argumental de ‘Doña Francisquita’ potencia la música de Vives y de la mano de un inspirado García Calvo al frente de la Orquesta Sinfónica de Madrid (¡cómo suenan esas cuerdas españolas, las bandurrias de lujo!, ‘!qué delicia¡) trae unas voces de primera. Ismael Jordi que también la hizo un lustro atrás se confirma como figura esencial de la lírica actual, lo mismo que Sabina Puértolas/Marina Monzó, Alejandro del Cerro, Ana Ibarra, María Rodríguez, Enrique Ferrer/Manuel de Diego, Santos Ariño, Isaac Galán (en algunos casos bajo el doble reparto según días de esta producción), más la seguridad escénica de una todoterreno como Milagros Martín. En dicho aspecto el trabajo tanto de los solistas como del coro del Teatro dirigido por Antonio Fauró es competente.

 Esta versión tiene otros atípicos componentes en escena. El actor Gonzalo de Castro omnipresente a lo largo de los tres actos aporta seguridad escénica, irónica, comicidad, en un peculiar papel de ‘enlace’ entre escenas, relator argumental, conductor de la función en un juego desde el punto de vista dramático que le alza como referente de esta producción. Junto a la estrella invitada de lujo de Lucero Tena a sus ochenta y muchos años para interpretar el ‘fandango’ orquestal con el añadido de unas castañuelas de concierto que elevan por unos instantes la función al olimpo. 

 No hay que dejar pasar por alto otros detalles empezando por una maquinaria escénica utilizada en toda su extensión, el juego de proyecciones sobre la gran pantalla (¡esa cámara cenital proyectada en horizontal donde se contempla a los bailarines desde el techo en un sucedáneo del cine de Busby Berkeley de los años 30!). Además de una escenografía y diseño de vestuario de Alejandro Andújar que huye de los colorines y la purpurina, con un uso de atrezzo en función de las variadas épocas en las que sucede la acción a lo largo de un siglo.

 Y de nuevo destacar quien se está convirtiendo un referente de La Zarzuela: las coreografías de Nuria Castejón (que brilló semanas atrás con directora escénica en ‘La verbena de La Paloma’). En este caso con una coreografía de danza española de rotunda presencia interpretada por un gran conjunto de bailarines (varios habituales en este escenario de la mano de ella). Puede que vuelva a haber ruido en torno a esta producción, que se rasguen algunas vestiduras como en 2019, pero en eco menguante… Lo incuestionable es que esta ‘Doña Francisquita’ es singular, y más allá de prejuicios y estereotipos se sale del teatro con una sensación de reconciliación o descubrimiento hacia una maravillosa partitura y unos artistas de hoy que lejos de la nostalgia reviven una obra estrenada hace un siglo. Una sugerencia para la actual directora de La Zarzuela, Isamay Benavente: la recuperación de títulos referenciales de producciones recientes de este teatro ha de ser una constante a lo largo de las próximas temporadas alternando con las nuevas. El público de la zarzuela, y del teatro, son diversos, y caben tanto las visiones más apegadas a las estéticas tradicionales como las transgresoras. 

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