José Garcia Abad
Murió, finalmente, Edgar Morín, francés de nacimiento y español de trámite desde que Felipe González le ofreció la nacionalidad española, un trámite que le acompañó hasta la muerte. Murió a quien creíamos inmorible, en mayo de 2026 a sus 104 años después de haber meditado mucho sobre la muerte como refleja en su obra magna “El hombre y la muerte”, editado en español por Kairós.
La verdad es que el autodenominado literariamente como “Morin” desdeñaba su nacionalidad a la que denominaba “adjetivo”, acogiéndose a su condición de “ser humano”. “Soy, aclara, francés, de origen sefardí, parcialmente italiano y español, ampliamente mediterráneo, culturalmente europeo, ciudadano del mundo e hijo de la Tierra-Patria”.
Sus padres, inmigrantes, no tenían identidad nacional. Tenían una identidad etnorreligiosa sefardí y una identidad de ciudad, Tesalónica, un oasis apacible en el Imperio otomano desde 1492, donde la mayoría de la población era judía. La burguesía sefardí de Tesalónica hablaba francés, además del viejo castellano que de puertas adentro se llamaba djidio y de puertas afuera, judeoespañol. “Yo nací en Francia, reconoce, y no heredé ninguna nacionalidad extranjera”.
Expulsado por Isabel la Católica
“Sentí, confiesa, mucha alegría al poder practicar el castellano en España y en América Latina. Eso despertó en mí, que me creía descendiente directo de los expulsados de 1492 por Isabel la Católica, una identidad española, que por cierto puedo reivindicar legalmente, lo cual ha sido objeto de una propuesta oficial”.
Reconoce que la dominación de Israel sobre el pueblo árabe de Palestina le implicó como judío, “pero como uno de los últimos intelectuales judíos universalistas y anticoloniales y, por consiguiente, hostiles a la colonización de la Palestina árabe”. Los artículos que escribió en Le Monde, donde no ponía en absoluto en cuestión la existencia de Israel, le valieron ser tratado de traidor y hasta de antisemita.
Se considera judío del pueblo maldito, y no del pueblo elegido, y se define como posmarrano, es decir, como hijo de Montaigne (de ascendencia judía) y del Spinoza anatemizado por la sinagoga. “Mi identidad española, aclara, viene del viejo castellano hablado en mi familia, de mi amor por el teatro y la literatura del Siglo de Oro, por García Lorca y Antonio Machado y particularmente en Andalucía, donde volví a encontrar unos alimentos matriciales”.
Frente al retroceso democrático
Y concluye: “Mi tiempo vivido en los siglos XX Y XXI está en mí. La especie humana está biológicamente en mí. El linaje de los mamíferos, los vertebrados, los animales y los pluricelulares está en mí. La vida, fenómeno terrestre, está en mí. Y como todo ser vivo está constituido por moléculas, que son un ensamblaje de átomos, que a su vez son uniones de partículas, todo el mundo físico y la historia del universo están en mí. Soy un todo para mí, siendo a la vez casi nada para el todo. Soy un humano entre ocho mil millones, soy un individuo singular y cualquiera, diferente y semejante a los demás. Soy el producto de acontecimientos y encuentros improbables, aleatorios, ambivalentes, sorprendentes e inesperados. Y al mismo tiempo soy yo, un individuo concreto, dotado de una máquina hipercompleja autoecoorganizadora que es mi organismo, una máquina no trivial, capaz de responder a lo inesperado y de crear algo inesperado”.
Los últimos años de su vida estuvieron orientados a un llamamiento a la conciencia civil frente a los riesgos del “retroceso democrático”. Su último libro, aparecido en 2022, se titula ¡Despertemos! en él afirma: “seguimos los acontecimientos como si fuéramos sonámbulos”

