Este análisis, “El Ártico como espacio de conflicto, Documento de Análisis IEEE 36/2026. enlace web IEEE”, forma parte del Cuaderno de estrategia: Panorama Geopolítico de los Conflictos 2025. Editado en diciembre de 2025
Son sus autores los analistas del IEEE: Abel Romero Junquera, capitán de navío de la Armada; Federico Aznar Fernández-Montesinos, capitán de fragata de la Armada, doctor en Ciencias Políticas, Luis V. Pérez Gil, teniente reservista voluntario del Ejército de Tierra, doctor en Derecho.
El Ártico fue, durante mucho tiempo, un territorio lejano, inhóspito y difícil para la vida humana. Históricamente, ha sido una frontera final y ha llegado a convertirse en una zona de separación entre las superpotencias durante la Guerra Fría. En ese período, comenzó su explotación a gran escala, que fue en aumento de forma progresiva debido al descubrimiento de nuevos yacimientos de hidrocarburos, de minerales y las pesquerías.
Con el fin del enfrentamiento bipolar, perdió interés estratégico y se acuñó la expresión de «excepcionalismo ártico», para destacar su escaso peso en la geopolítica global. No obstante, tras reponerse de una profunda crisis interna, Rusia comenzó a recuperar posiciones en la región.
La explotación de los recursos, las nuevas rutas marítimas y el control de los mares y las rutas aéreas están configurando el Ártico como un espacio de cooperación, pero también de conflicto, entre grandes potencias en su lucha por la hegemonía mundial.
Se considera que ocupa unos 14 050 000 kilómetros cuadrados, equivalente a un 8 % de la superficie terrestre. Se está ante una región política y geográficamente diversa, pero que también es un Mediterráneo, esto es, una porción de mar rodeada por completo por los continentes euroasiático y americano que la delimitan físicamente (López Ibor et al., 2014).
Estos factores hacen que este espacio, en todos los sentidos extremos, actúe como una juntura estratégica. En efecto, el Ártico es una juntura estratégica, porque quien lo controla está dominando un espacio en el que concurren tres continentes a los que se tiene acceso simultáneamente.
Es el nexo de dos océanos y el entorno inmediato de dos grandes potencias nucleares, su control contribuye, así, a tomar la medida del balance de poderes entre ambas (Aznar, 2023). Ocupan su litoral Rusia, Canadá, Dinamarca (por las islas Feroe y Groenlandia), Noruega y Estados Unidos. A ellos habría que añadir Islandia, Finlandia y Suecia que, sin disponer de litoral oceánico, son parte de este espacio geográfico. Entre estos ocho países se encuentran dos potencias nucleares y siete miembros de la OTAN, lo que divide este mar entre bloques.
El Ártico se comunica con el Atlántico en el paso denominado por la OTAN como GIUK (acrónimo de Groenlandia, Islandia y Reino Unido) o GIN (Groenlandia, Islandia y Noruega), con centro en las islas Svalbard (Spitsbergen). Estos pasos fueron de gran interés estratégico durante la Guerra Fría pues, en caso de conflicto armado, estaba previsto su bloqueo para impedir la salida de los submarinos soviéticos al Atlántico y, de este modo, ejercer un dominio negativo de este océano e interrumpir el enlace entre Europa y Estados Unidos. Dinamarca con las Feroe a medio camino entre Islandia, Noruega y Escocia complementa el control danés tanto sobre el GIUK como sobre el GIN. Los imperativos geográficos permanecen. La península escandinava se interpone entre el noroeste de Rusia y las aguas libres del Atlántico, de modo que proporciona el control de los accesos marítimos del noroeste ruso (mares de Barents y Báltico). Este carácter de cuña, espolón o avanzada explica las presiones que soporta Noruega de su vecino ruso.
La desaparición de los hielos trae consigo también la mejora de la accesibilidad de los recursos y la apertura de nuevas rutas de navegación. Y esa confluencia ha tenido como consecuencia la aparición de nuevos actores en la región como China e India. En el caso de China, el 46 % de su PIB depende del tráfico marítimo y el 80 % del petróleo que importa atraviesa Malaca, con lo que contar con una ruta alternativa es de su máximo interés.
Las llamadas Ruta del Noreste y la Ruta del Noroeste son pasos de una accesibilidad creciente. La segunda, de siete mil millas en el Ártico canadiense, une el Atlántico y el Pacífico y permitiría reducir la distancia entre Estados Unidos y Asia en un 15 %. La Ruta Noreste o Ruta Marítima del Norte (RMN) es la más fácil para la navegación, discurre a lo largo de la costa rusa y conecta el Pacífico y Atlántico sin necesidad de atravesar Suez, Panamá o Buena Esperanza.
Mas navegable desde el cambio climático
Esta segunda ruta solo era navegable durante parte del verano, pero el cambio climático está favoreciendo la progresiva ampliación de su uso. En verano de 2017 un buque mercante hizo la ruta hasta Corea del Sur en diecinueve días, un 30 % más rápido que por la ruta de Suez y sin escolta de un rompehielos. Un año después, en enero de 2018, otro buque ruso, el primero a mitad del invierno, realizó el trayecto entre Corea del Sur y Sabetta, en la península de Yamal.
Esta ruta es un 40 % más corta en distancia entre Europa y Extremo Oriente, unas 3900 millas, unos doce a quince días menos, si bien la adversa climatología que cabe esperarse y los peligros para la navegación reducen la ventaja a un 30 %. La distancia entre Tokio y Nueva York, por dar otra referencia, se reduce en 3700 millas.
El resultado es que en 2018 se transportaron dieciocho millones de toneladas a lo largo del litoral ruso, un 80 % más que el año anterior; en 2019, fueron veintiséis millones y, en 2024, alcanzaron los 37,9 millones. Se estima que en 2035 serán ciento treinta millones de toneladas (Pérez Gil, 2025a: 535-557).
El Ártico es un área rica en recursos
En este espacio de indefinición y concurrencia de las grandes potencias, se estima que se ubican alrededor de un 30 % de reservas de gas y entre un 13 % y un 20 % del petróleo mundial. A ello se suman los recursos minerales, en porcentaje mundial 40 % de paladio, 26,8 % de los diamantes, 15 % del platino, 11 % del cobalto, 10,6 % del níquel, 9 % del tungsteno y 8 % del zinc.
Luego están las tierras raras presentes en grandes cantidades en Groenlandia y Suecia, que son de especial interés chino. Además, las pesquerías suponen entre un 4 y 5 % de las capturas mundiales. Estas riquezas, en su mayoría, aún son de difícil de acceso, aunque en algunas zonas comparativamente más cálidas, como el mar de Barents, ya se está logrando.
La Convención de las Naciones Unidas sobre Derecho del Mar (CNUDM o UNCLOS en inglés) de 1982 establece, con carácter general, un mar territorial de doce millas, que podía ampliarse a la extensión de la plataforma continental; cada una con sus correspondientes derechos y obligaciones.
Así, aproximadamente, la mitad del océano Ártico son aguas internacionales, por más que los Estados aleguen derechos sobre su plataforma continental. Esta es la continuación submarina de los continentes. Los cinco Estados circumpolares buscan extender su soberanía y su zona económica amparándose en esa normativa, así como en las singularidades que su situación e historia les ofrece. La CNUDM.
La norma vigente señala un plazo de diez años para presentar reclamaciones. Noruega la ratificó en 1996 y presentó sus reclamaciones en 2006; Rusia en 1997 y presentó su reclamación en 2001; Canadá la ratificó en 2003 y presentó sus reclamaciones en 2013; Dinamarca en 2004 y presentó una reclamación en 2014. Estados Unidos, por su parte, aún no la ha ratificado, aunque en 2025 presentó reclamaciones.
Consecuencias de la guerra de Ucrania
Y todo esto cuando la época de baja tensión en el Ártico ha llegado a su fin al no poder sustraerse de la dinámica de enfrentamiento suscitada con la guerra en Ucrania. Esta ha socavado un instrumento de gobernanza y consenso como era el Consejo Ártico, creado en 1996, rompiendo, además, con los equilibrios geopolíticos en la región tras incorporarse a la OTAN Finlandia y Suecia. Y la falta de gobernabilidad favorece las luchas de poder.
La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 supuso el punto de inflexión en las relaciones entre los A8, que provocó, entre otros resultados, la parálisis de facto del Consejo Ártico, al cortar los siete occidentales la cooperación con Rusia. De este modo, han regresado las tensiones geopolíticas y organizaciones como la OTAN están recuperando un protagonismo que habían perdido tras el final de la Guerra Fría.
La adhesión de Finlandia en 2023 y Suecia en 2024 a la OTAN ha complicado el inestable equilibrio en el seno del Consejo Ártico, donde se pasó de cinco a siete miembros de OTAN por un lado y a Rusia por el otro. Por tanto, esa guerra ha provocado una fractura que ha cambiado el panorama de seguridad también en el Ártico.
Irrupción de la OTAN
De forma abrupta, la geopolítica vuelve a determinar las relaciones regionales y el Consejo Ártico cede protagonismo a la OTAN y, en menor medida, a la Unión Europea (UE). Si durante años las disputas y discrepancias entre los Estados árticos, particularmente, entre Rusia y Noruega, se mantuvieron en el ámbito bilateral, la nueva situación generada por la guerra en Europa ha supuesto la irrupción de OTAN en una región en la que, hasta entonces, había tenido un protagonismo limitado.
Esta presencia se ha producido, sobre todo, a petición de Noruega y Canadá, que con anterioridad abogaban por mantener a la Alianza alejada de las disputas árticas para, de este modo, facilitar cierto control sobre posibles tensiones geopolíticas regionales.
Como consecuencia de la baja prioridad del Ártico en la agenda exterior estadounidense durante décadas, no cuenta con los medios suficientes para afrontar el nuevo escenario geopolítico. Una muestra de esta realidad es la corta y envejecida flota de rompehielos estadounidenses (tres buques, pero solo dos operativos) frente a los casi cincuenta de Rusia, la insuficiente presencia militar en la región o la ausencia de infraestructuras marítimas adecuadas, como puertos de aguas profundas.
No ayuda la actitud de Trump
En este escenario poco favorable, la actitud de la nueva administración Trump, pone en peligro alianzas críticas en el Ártico, en particular con Dinamarca por la cuestión de Groenlandia y con Canadá, a quienes necesita si quiere competir con China y Rusia (Conley, 2025), como señala la Estrategia Ártica de 2024.
En este escenario ártico, caracterizado por una creciente tensión geopolítica, Estados Unidos está tomando medidas importantes como la reactivación de la 2.ª Flota con base en Norfolk (2018), que tiene como misión principal asegurar y defender la libertad de navegación en el Atlántico Norte, con especial énfasis en el High North y el Ártico.
De este modo, en 2018, se desplegó, por primera vez en veintisiete años en la zona, un portaaviones americano (USS Harry S. Truman) (Mizokami, 2018); presencia que se ha repetido, la más reciente en agosto y septiembre 2025 con el portaaviones más moderno de la US Navy (USS Gerald Ford), junto con otros buques de marinas aliadas.
Desde su creación en 1949, la OTAN se centró en la seguridad de Europa Occidental. No obstante, el Ártico fue una región de interés prioritario durante la Guerra Fría, un espacio clave para detener la expansión soviética hacia el oeste, así como para asegurar la defensa de Norteamérica y el norte de Europa.
Durante esa época, Noruega construyó importantes instalaciones militares en el norte del país para poder controlar los movimientos de la Flota soviética hacia el Atlántico. Islandia y Groenlandia también tuvieron un papel clave en la protección de la brecha marítima entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido (el GIUK), considerado un cuello de botella crítico para la seguridad de la OTAN.
Groenlandia era vital para los intereses estratégicos y de seguridad de la OTAN en el Atlántico Norte, lo que derivó en la firma en 1951 de un Acuerdo de Defensa entre Estados Unidos y Dinamarca sobre ese territorio, que permitió establecer bases (muchas de las cuales ya existían desde la Segunda Guerra Mundial) para las actividades de defensa de la OTAN y operar sin apenas restricciones (por ejemplo, la base aérea de Thule, hoy denominada Pituffik, que albergó bombarderos y una enorme estación radar) (Bykova, 2024).
La creciente militarización del Ártico, el aumento de la actividad de la Flota del Norte y la creciente presencia de sus submarinos nucleares han hecho que Occidente y, en particular, la OTAN, perciban la región como un espacio inestable.
El principal desafío al que se enfrenta es el pensamiento de suma cero ruso basado en el realismo político, ante una Rusia que busca que se reconozca el Ártico como parte de su zona de influencia (Piechowicz, 2025). Sin embargo, los países de la Alianza no están bien preparados para esta competición. La OTAN no tiene actualmente ni medios ni infraestructura crítica (buques con capacidad polar, sistemas de vigilancia, defensa antimisiles) para convertirse en una fuerza creíble en el Ártico y su enfoque continúa siendo más reactivo que estratégico.
La Unión Europea como actor secundario
De los Estados árticos, solo tres son miembros de la UE: Suecia, Finlandia y Dinamarca. Pero, además, los mares árticos solo bañan las costas de Groenlandia, región autónoma de Dinamarca, pero que formalmente no pertenece a la UE por decisión interna de ese país. De este modo, los condicionantes geográficos limitan el papel geopolítico de la UE en el Ártico, en particular, en su dimensión marítima.
En el documento Comunicación Conjunta 27/2021 sobre el Compromiso de la UE con el Ártico, aborda los retos que afectan al Ártico desde una visión amplia condicionada por el cambio climático y orientada, principalmente, a asuntos medioambientales, desarrollo sostenible, cooperación científica y cuestiones indígenas. Pero apenas aborda la dimensión geopolítica.
El documento establece que el cambio climático es una amenaza para la paz y seguridad globales y considera que la militarización del Ártico ruso aumenta los retos a la seguridad, por lo que muchos países y la propia OTAN, siguen de cerca esa situación con la idea de responder a la asertividad rusa en aguas y espacio aéreo ártico si fuese necesario.
Sin embargo, la UE no se involucra ni se proponen acciones para contrarrestar la pujanza rusa, que deja en manos de la OTAN. Esto permite inferir que la UE limita las acciones en el Ártico a su contribución a consolidar el papel de OTAN en seguridad y defensa, pero sin ninguna ambición por convertirse en actor geopolítico.
Conclusiones
Durante la última década, las grandes potencias han entrado en una nueva etapa de competición estratégica, que se ha mostrado claramente tras el estallido de la guerra en Ucrania. Se han configurado dos bloques antagónicos: Occidente, por un lado, y un bloque informal y escasamente estructurado, por otro, encabezado por Rusia y China, que pretende atraer a la mayoría del Sur Global.
Esta división se extiende de manera progresiva a todos los espacios de interés geopolítico, incluido el Ártico. En 2024, New New Shipping estableció una empresa conjunta con Rosatom registrada y bajo jurisdicción en China que tiene como finalidad explorar vías de colaboración en la RMN.
La creciente militarización rusa está provocando una situación clásica derivada del dilema de seguridad, en un escenario geopolítico regional y global donde la fuerza y la disuasión están sustituyendo a las reglas y a la cooperación.
Durante muchos años, la OTAN ha tenido un enfoque regional caracterizado por la fragmentación. Al tradicional desinterés estadounidense, se sumaba la cautela de algunos aliados que trataban de preservar sus relaciones con Rusia.
La consecuencia es que, a pesar de la importancia del Alto Norte, la OTAN continúa careciendo de una posición oficial para el Ártico, cuestión que es preciso corregir para poder abordar los retos que se plantearán en las próximas décadas.
Por su parte, la UE tiene un papel escaso acotado a la aplicación de políticas medioambientales y desarrollo sostenible, a pesar de las declaraciones oficiales como la propia Estrategia Global de la Unión de 2016.
En un escenario de creciente tensión, agravada por la escalada en Ucrania y con una China cada vez más presente, parece poco probable que gane protagonismo en la región.
Para Rusia, el Ártico es una pieza clave en su estrategia como país. A pesar de los problemas provocados por las sanciones occidentales, los dirigentes rusos mantienen sus planes a largo plazo.
El desarrollo de los territorios árticos se concibe como una carrera para los próximos cien años, que abarca desde el dominio de los mercados energéticos hasta el liderazgo científico y técnico en áreas como la energía nuclear.
Con esta visión, implementan su estrategia de expansión de la Ruta Marítima del Norte. Pero, además, esos planes forman parte de su estrategia de ejercer como gran potencia en el Pacífico, que se está convirtiendo progresivamente en el área principal de la lucha por la hegemonía mundial.
En este escenario, se plantean cuestiones complejas como son la reconfiguración de la gobernanza regional bien a través del Consejo Ártico (el directorio del Ártico) o mediante la creación de nuevos foros que den entrada a otras potencias no propiamente árticas, pero que tienen interés en la región, como China o India; o el mantenimiento de la Convención de las Naciones Unidas sobre Derecho del Mar, bastante respetada hasta ahora por los Estados árticos.
La vigencia de estas instituciones da estabilidad a la región, permite resolver diferencias de forma pacífica y resuelve la disyuntiva del conflicto a favor de las negociaciones. Porque para las grandes potencias, la alternativa para alcanzar sus intereses vitales suele ser el uso de la fuerza, la guerra.

