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El artículo de oro *

El segundo jinete del Apocalipsis

Por Francisco José Dacoba Cerviño,  General de Brigada,  director del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE)  @fran_dacoba
Publicado en el Boletín de Novedades del IEEE el 21/12/2023


“Y vi aparecer otro caballo, rojo como el fuego. Su jinete recibió el poder de desterrar la paz de la tierra, para que los hombres se mataran entre sí; y se le dio una gran espada”.
Apocalipsis, 6:4 

Al finalizar cada año, en el Instituto Español de Estudios Estratégicos hacemos balance del número de conflictos armados activos, y también de aquellos focos de tensión que puedan derivar en lo anterior. Y de entre los muchos casos que jalonan el mapamundi, nos vemos obligados a seleccionar solo una mínima parte, los más graves o los más cercanos, incluso los más olvidados, para analizarlos en detalle y ofrecérselos a ustedes en nuestra publicación anual Panorama Geopolítico de los Conflictos. En la presente ocasión, la edición correspondiente a este 2023 que finaliza. 

El escenario de conflictividad global en 2023, monopolizado por la guerra en Ucrania, se ha visto sacudido en la recta final del año por la sorpresiva incursión de combatientes palestinos de Hamás en territorio israelí y la posterior reacción de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) contra la franja de Gaza. 

La guerra en Ucrania había venido concitando la atención mundial durante los últimos meses, pero corre ahora el riesgo de pasar a un segundo plano de la actualidad ante los acontecimientos en Oriente Medio, lo cual es una pésima noticia para Kiev. Además, el fracaso inicial de la invasión de Ucrania desencadenada el pasado 24 de febrero de 2022, que pretendía la toma de control de la totalidad del país, avoca a la cronificación del conflicto. 

Sea mayoritariamente en formato de combates convencionales, como hasta ahora, o de confrontación híbrida, la guerra en Ucrania seguirá tensionando el entorno europeo, aun cuando vaya gradualmente desapareciendo de los titulares informativos. El conflicto se encuentra en un callejón sin salida, convertido en una guerra de desgaste, que ninguna de las partes se puede permitir perder.

Esta guerra afecta de manera directa a Europa y, por lo tanto, a España. Porque supone un shock energético, económico, migratorio y político, por el riesgo de escalada, consecuencia de lo anterior, y por focalizar todo el interés de la Unión Europea y de la Alianza Atlántica en el este de Europa. 

Esta atención casi exclusiva a lo que sucede en Ucrania, y ahora además a los acontecimientos en Oriente Medio, relega, en la práctica, a la cada vez más inestable vecindad magrebí y saheliana. 

El Sur también existe, pero… Las repercusiones de ambos conflictos, Ucrania y Palestina, son de orden global y afectan en mayor o menor medida a los demás, presentes o probables, por lejanos que se encuentren. El más preocupante es, sin duda alguna, el de las aguas del estrecho de Formosa, que vienen siendo lugar propicio para incidentes entre formaciones navales o aéreas de la República Popular China y de los Estados Unidos. 

Las manifestaciones de los dirigentes de ambas potencias y de otros actores regionales, así como las iniciativas lideradas por Norteamérica para desarrollar una incipiente estructura de seguridad en el Indopacífico (AUKUS, QUAD, Five Eyes, acuerdos bilaterales…), no hacen sino incrementar la sensación de que una guerra por Taiwán podría ser una posibilidad no tan inverosímil, aunque no en el corto plazo. 

Más probable parece que se profundice en la political warfare en curso, en particular en el conflicto en los ámbitos cibernético y de la información, y que la situación siga siendo de un equilibrio inestable, como ha sucedido durante los últimos cincuenta años. 

La repercusión de una intervención militar china en Taiwán sería imprevisible y el primer gran perjudicado podría ser la propia China, a la que no interesa asumir graves consecuencias comerciales o económicas. China dispone de buenas cartas y, si tiene paciencia y las juega bien, Taiwán verá comprometida su independencia de facto, en algún momento futuro.

El Sur también existe, pero…

El entorno de seguridad en la vecina región del Magreb/Sahel no cesa de deteriorarse. La guerra de Libia y catorce golpes de Estado, exitosos o no, desde 2019 en la franja subsahariana son buena prueba de ello. En la última década, las intervenciones europeas, con un papel preponderante de Francia, han tenido un resultado decepcionante, del que es ejemplo la expulsión de la antigua metrópoli de países francófonos como Malí y Burkina Faso. El hueco dejado está siendo rápidamente ocupado por Rusia y por otras potencias; China especialmente, pero no solo, también Turquía, Israel, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, India… 

El último golpe de Estado, al menos en el momento de escribir estas líneas, se produjo, si no exactamente en el Sahel, sí en sus proximidades, en Gabón, en agosto de 2023. Unas semanas antes, en Níger, fue el propio responsable de la guardia presidencial quien depuso a su protegido, el presidente Mohamed Bazoum, mientras las calles se llenaban, como en ocasiones anteriores en países vecinos, de manifestaciones de apoyo a Rusia y ataques a la delegación diplomática francesa. 

Este golpe de Estado en Níger no es uno más tras los de Malí (2020, 2021), Burkina Faso (2022) y Guinea-Conakri (2021). Y no lo es por el riesgo de desestabilizar, aún más, toda la región. Mientras los militares se centran en la toma del poder, los terroristas yihadistas presionan a la población y controlan cada vez más territorio. 

Por otro lado, esta crisis nigerina ha sacado a la luz la ardua batalla de posicionamiento estratégico que se está llevando a cabo en el Sahel. Más allá de las divergencias dentro de la CEDEAO y de la Unión Africana, las potencias extranjeras pugnan por la influencia que redibujará un nuevo equilibrio de poder en la región. Todas las miradas están puestas ahora en el Chad: ¿Será esta la siguiente pieza del tablero subsahariano en cambiar el bando proeuropeo por el más prometedor de los mercenarios de Wagner?

Burkina Faso ha pasado ya por este trance, cada vez más frecuente, del cambio de alianzas geopolíticas. El país se enfrenta, desde hace algunos años, a un conflicto marcado por la creciente violencia yihadista e intercomunitaria, especialmente en las regiones limítrofes con Malí y Níger. A ello hay que añadir los golpes militares de enero y septiembre de 2022, que no han hecho más que empeorar la situación en unos momentos en los que la salida de Francia del país ha venido acompañada por una mayor presencia de Rusia. 

Encontrar una solución definitiva a este conflicto, más allá de la respuesta militar, y evitar que la situación de Burkina Faso se desborde por los países vecinos exige tener en cuenta las raíces locales y sociales de la crisis, que transcienden su dimensión de seguridad. Solo una acción internacional concertada y enérgica que tenga en cuenta estos factores y que priorice la cooperación regional y el desarrollo de la población podrá dar respuesta a un conflicto convertido en el epicentro de la crisis de seguridad que está desestabilizando el Sahel. 

Alejado también de los titulares de la actualidad se encuentra Sudán, país en el que, tras el prometedor derrocamiento del longevo dictador Al Bashir, se ha desatado ahora la guerra entre dos fuerzas militares que no hacen sino dejar en agua de borrajas las felices perspectivas que el apartamiento del antiguo presidente había desatado. 

La situación no deja de deteriorarse, poniendo en riesgo la estabilidad de una zona ya muy inestable, con no pocos conflictos en otros puntos cercanos. La crueldad y las atrocidades habituales en una guerra civil provocan un gran número de desplazados y refugiados, las repercusiones de la situación en Ucrania hacen prever una alarmante inseguridad alimentaria debida a la escasez de grano procedente del mar Negro y no se vislumbra una intervención internacional, auspiciada por las Naciones Unidas, que pueda poner fin al conflicto. 

Muy al contrario, la injerencia de terceras potencias anuncia un probable empeoramiento de la situación al cerrar las puertas a un posible entendimiento entre las partes. Dos escenarios más merecen especial atención: el golfo de Guinea y la República Democrática del Congo. La crisis de seguridad que atraviesa el Sahel se está expandiendo a los países costeros al norte del golfo de Guinea: Benín, Togo, Costa de Marfil y Ghana, además del ya citado golpe de Estado en Gabón. 

Hasta hace poco, los expertos en contraterrorismo desconfiaban de la capacidad de los yihadistas para expandirse por el litoral del África occidental, porque estos Estados, a diferencia de sus vecinos, son más estables políticamente y tenían un mayor control de sus fronteras. Aunque los países de la costa no son tan frágiles como los del interior, presentan vulnerabilidades estructurales, perpetuadas por una división norte-sur en cuanto a desarrollo y oportunidades económicas. 

A estas circunstancias se añade el factor religioso: a diferencia del Sahel, los países del golfo de Guinea cuentan con una población cristiana numerosa y unas élites que a veces han tendido a marginar a los musulmanes. De esta manera, los grupos yihadistas están siendo muy eficaces a la hora de explotar el resentimiento contra el Estado entre las comunidades fronterizas y de reclutar a jóvenes musulmanes al sur del Sahel. 

La República Democrática del Congo, por su parte, lleva décadas sufriendo un conflicto que, si en principio se podía achacar a causas endógenas, combinadas con la interferencia de Estados vecinos, fundamentalmente Ruanda, ha acabado dependiendo casi exclusivamente de factores externos. 

Las mutaciones que el conflicto ha sufrido han generado una casta política y militar cuyos intereses coadyuvan a la continuación de las tensiones en los territorios del este, sin que el enorme esfuerzo que la ayuda exterior ha llevado a cabo (la misión más numerosa de la ONU, primero MONUC y luego MONUSCO, y la ingente cantidad de dinero y ayudas de los Estados donantes) haya sido capaz de romper el círculo vicioso de política y violencia que se ha instalado en el país, para sufrimiento de la población.

Los «olvidados»… 

Con todos los ojos puestos en Palestina y en Ucrania, son casi relegados al olvido otros conflictos que en su momento llamaron nuestra atención. Tal es el caso de la guerra en Yemen, de la situación interna en Myanmar, El Salvador, Colombia, Bosnia y Herzegovina y Sinkiang, donde los uigures siguen siendo víctimas de la represión china. 

El conflicto armado yemení, activo durante más de ocho años, es una guerra periférica dentro de lo que se conoce como la «guerra fría de Oriente Medio», propiciada por los intereses antagónicos de Irán y Arabia Saudita. Su impacto es devastador y ha originado la mayor crisis humanitaria que se recuerda. Sin embargo, la intervención decisiva de China para tratar de reducir las tensiones entre ambas potencias regionales, así como el preocupante desarrollo de los acontecimientos en Palestina, ha introducido parámetros nuevos que requieren actualizar la situación en el escenario yemení. 

Se están produciendo intensas negociaciones diplomáticas para conseguir una desescalada, pero lo cierto es que la búsqueda de un acuerdo de paz está resultando difícil. El último periodo de tregua, renovado dos veces y prolongado durante seis meses, terminó en fracaso y los combates han vuelto a intensificarse. 

Sin resolver se encuentra también el conflicto civil en Myanmar, lo que hace necesaria una actualización, ya que el país está inmerso en una situación de inestabilidad compleja y multifacética. Desde el golpe de Estado de febrero de 2021, el conflicto ha ido evolucionando hasta devenir en una guerra civil en la que están interviniendo múltiples actores. A los opositores prodemocracia se han unido los numerosos grupos étnicos del país que tradicionalmente se han opuesto de manera violenta al gobierno central. 

La violencia continúa, el proceso electoral prometido por la Junta Militar se ha retrasado y tanto China como los Estados Unidos comienzan a influir en el conflicto apoyando, cómo no, a bandos distintos. Por otro lado, las potencias regionales, principalmente en el entorno de la ASEAN, se encuentran divididas entre las que promueven un diálogo entre las partes para acabar con el conflicto y las que prefieren una política de no injerencia en asuntos internos de los países miembros. 

En la República de El Salvador nos encontramos a un controvertido presidente, Nayib Bukele. Algunos lo consideran el dirigente más destacado en décadas, mientras que otros lo ven como un líder autoritario más. En marzo de 2022, Bukele lanzó una ofensiva contra las pandillas que habían aterrorizado a la población durante años. Esto llevó a la detención y encarcelamiento de más de 75.000 personas, muchas de ellas acusadas de homicidio. Para iniciar esta campaña se declaró el estado de excepción y se limitaron derechos fundamentales, como la presunción de inocencia. Se ha informado de detenciones ilegales, alegaciones de tortura y un alto número de muertes relacionadas con la operación, según diversas organizaciones de derechos humanos a nivel nacional e internacional. 

A pesar de estas restricciones a las libertades, la población valora la posibilidad de vivir en un entorno más tranquilo. El programa conocido como Paz Total, lanzado por el presidente de Colombia, Gustavo Petro, se alinea con los planes y procesos de sus predecesores, a los que puede considerarse que, por su nivel de ambición, desborda. Precisamente por ello, su ejecución, aun en sus primeros estadios, está encontrando grandes dificultades. Para impulsarlo se requiere de un gran capital político, pero el disponible tras las elecciones de 2022 se está viendo laminado por diversos escándalos de corrupción, ajenos al proceso de normalización. 

Negociar con grupos criminales y de narcotraficantes presenta, de facto, grandes dificultades en términos jurídicos —ya sea a nivel nacional o internacional—, políticos, éticos…, y eso por no hablar de la fiabilidad del cumplimiento de lo acordado. Los Balcanes están lejos de solventar los diferendos que han quedado aletargados tras la forzada finalización del conflicto de los años noventa, con la firma de los Acuerdos de Dayton. 

En Bosnia y Herzegovina, concretamente, las soluciones imaginativas no están funcionando de manera adecuada. Un país, dos entidades, tres nacionalidades, tres religiones… Las buenas intenciones chocan con la realidad, y basar el futuro de un país tan complejo en, precisamente, gestionar la complejidad de su composición social y diluir al mismo tiempo lo que podría cohesionarlo no es lo deseable. Tras casi tres décadas y miles de millones de euros gastados por la comunidad internacional, la herida sigue abierta. 

Desde 1949 Pekín ha oscilado entre tolerar la autonomía de la comunidad uigur musulmana en la región de Sinkiang y su integración forzosa en el proyecto de unidad nacional. Los inicios del siglo XXI, en especial los sangrientos atentados yihadistas de 2014, marcaron el punto de partida de una política de «sinización» de los uigures que llega hasta la actualidad y es revestida de lucha contra el terrorismo. 

Factores como las denuncias de violaciones de los derechos humanos, la aplicación de sanciones internacionales, el riesgo de yihadismo en la región y el hecho de que Sinkiang alberga recursos naturales de interés estratégico para China perpetúan la represión de los uigures. Represión aún más férrea, si cabe, mediante el uso de recursos tecnológicos de control de la población por parte del Gobierno. 

Los «no cinéticos», de momento… 

Pero no solo de conflictos armados se alimenta la conflictividad generalizada a nivel global, por lo que es necesario considerar también otras áreas temáticas que, por su potencialidad de escalada y por su influencia presente o futura en el empleo de los sistemas de armas en el combate, merecen especial atención. 

El renovado orden nuclear al que el mundo se enfrenta no es más que la consecuencia de un nuevo orden global. Tras un período de reducción en los gastos militares al calor del final de la Guerra Fría, se viene produciendo en los últimos años un repunte muy significativo de los mismos, tanto en armamento convencional como nuclear. 

De vuelta al escenario ucraniano, es evidente que el hecho de que este país no disponga de armamento nuclear ha jugado en su contra a la hora de sufrir la invasión de la que ha sido objeto. O, dicho en otras palabras, si Ucrania no hubiera entregado en 1994 la parte del arsenal nuclear de la extinta Unión Soviética que permanecía en su territorio, más que probablemente la invasión no se hubiera producido. Tal asunción explica que países como Corea del Norte o Irán, u otros de manera más discreta, no cesen en sus esfuerzos por aumentar o alcanzar, en su caso, el acceso a esta tecnología. Mención aparte merece el caso de China, potencia que camina inexorablemente hacia la meta de disponer de un arsenal nuclear a la altura de sus ambiciones geopolíticas. Muchos son los conflictos que, inevitablemente, quedan fuera de esta edición de 2023. Pero tendremos, dentro de un año, ocasión de recuperarlos, de reincidir sobre los que susciten entonces mayor preocupación y de incluir aquellos que puedan surgir en los próximos meses. La conflictividad creciente, transversal y multiforme de ámbito global augura que trabajo no nos va a faltar.

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