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“El Bateo”/”La Revoltosa”: de la corrala a los “fondos buitre”


 Manuel Espín 


 Las partituras del ‘género chico’ podían ser cortas en cuanto a duración porque los teatros de hace un siglo ofrecían diversas funciones al día,  pero grandes respecto a su calidad musical. ‘La Revoltosa’ de Chapí estrenada en 1897 se ha convertido en referencia de ese género, mientras ‘El bateo’ de Chueca que vio la luz en 1901 tiene una inspirada partitura afortunadamente completa en esta producción. El libreto de la primera de ellas, de Antonio Paso y Antonio Domínguez es costumbrista y transmite una frescura muy típica del momento en que el público de la época la conoció.  

Respecto a ‘El bateo’ de Juan Luis López Silva y Carlos Fernández Shaw responde plenamente al sainete cómico con un cruce de acción chispeante, y las partes musicales muchas de las cuales llegaron a ser muy populares. Con una duración de 60 minutos más 75 se compone un espectáculo de casi tres horas estrenado en el Teatro de La Zarzuela sobre obras que se han mantenido a lo largo del tiempo dentro del repertorio, y que como en ‘La Revoltosa’ se han llevado cuatro veces al cine.   

Oliver Díaz como director musical entiende perfectamente ese tono vibrante a ratos, sentimental en otros, y fresco en varios, en un trabajo impecable al frente de la Orquesta Sinfónica de la Comunidad de Madrid. Donde cuenta con voces de cantantes que además brillan como actores con soltura escénica, especialmente Gerardo Bullón, Jose Manuel Zapata y Milagros Martín, veterana que sigue manteniendo una buena voz  con la seguridad que da haber hecho el papel en versiones anteriores, sobresaliente tanto en ‘La Valeriana’ como en ‘Jorgina’. Están entre lo mejor de este programa doble, donde sin embargo hay elementos que cojean. 

La dirección teatral de Juan Echanove en su segundo trabajo dentro del género tras ‘Pan y toros’ (2022) que proponía un enfoque original respecto a una partitura y un tema que admite otra relectura temática, toma en este caso la  decisión de traspasar los argumentos a nuestros días. Así ‘El bateo’ que no deja de ser un sainete costumbrista sobre un bautizo y varios personajes pintorescos se ubica en una destartalada casa del Lavapiés de hoy, donde aparecen carteles contra la especulación inmobiliaria, los fondos buitre, la gentrificación y los pisos turísticos, con un grupo de tipos de fondo que podrían ser okupas. Donde no se ven mantones de Manila ni madrileñas con trajes de lunares sino miembros  de tribus urbanas. 

De esta manera hay una distorsión que por momentos parece forzada y que se salva gracias al excelente trabajo de Oliver Díaz y de varios de los miembros del reparto de cantantes-actores, en un decorado de andamios no precisamente estimulante como tampoco el vestuario. Las condiciones del decorado apelmazan a los numerosos cantantes, bailarines, actores y miembros del coro en el espacio escénico  de ‘El bateo’ donde aparecen vallas de obras dejando poco sitio para que puedan moverse y ‘respirar’.. 

Mientras en ‘La Revoltosa’ la corrala se convierte en la barra de un pub del mismo nombre y se habla de la verbena sin llegar a verse. La reinterpretación es discutible: hay aspectos aceptablemente resueltos como son los números de danza más cerca de la contemporánea acrobática que del mundo castizo, pero en otros la  producción se queda en el limbo. 

Evitar las conservadoras lecturas reverenciales de las zarzuelas o trasvasar sus argumentos, como ocurre con muchas operas, lejos del historicismo,  es una positiva opción mientras el salto no chirríe. En esta ocasión en lugar de la elegante depuración de Nuria Castejón sobre ‘La verbena de La Paloma’ un excelente montaje estrenado en La Zarzuela meses atrás con unas coreografias y diseño de personajes nada nostálgicos y una visión de espectáculo heredada del musical de Broadway, o la brillante contextualización de Emilio Sagi para ‘La del manejo de rosas’, se ha obligado a piezas de Chapí y Chueca a hacer un salto al vacío, con una forzada relectura y una ‘actualización’ (?) donde se ha perdido elegancia.  

Las producciones se salvan gracias al excelente trabajo de Oliver Díaz, de una buena parte de los cantantes-actores que dan categoría y seguridad a lo que se representa, lo mismo que las coreografías. Escenicamente hay alguna buena idea aislada (las proyecciones de sombras en acción) pero el conjunto chirría en este plano y carece de la elegancia que mostraban las últimas ‘Verbena de La Paloma’ o ‘La del manojo de rosas’  vistas en este mismo escenario.   

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