
José Garcia Abad
Enrique Sánchez de León, con 90 años bien llevados, es de los pocos constituyentes que siguen vivos, él lo fue de UCD, devoto de Alfonso Suárez, que le nombró ministro de Sanidad y Seguridad Social.
Ex activo y activista franquista, como consejero nacional del Movimiento, el más alto organismo del Régimen, cree percibir, según lo expresa en el ABC del pasado 19 de agosto, que “una parte cada vez más presente del puñetero pueblo español, se pregunta si nuestro Rey sirve o no vale para algo útil o necesario a España” y opta por que se reforme la Constitución para dotarla de verdaderos poderes, más allá del moderador y de la facultad de arbitrar que indefine la Norma Fundamental. “¿Qué es eso de arbitrar? se pregunta el veterano político a quien le parece bien poca cosa “alguna doctrina constitucionalista” que admite entre las funciones del poder moderador, las de advertir, animar y recibir información.
El rey, protagonismo indeseado

La verdad es que el rey lamenta que se haya convertido en una pieza de controversia entre una derecha que le reclama una posición contraria al Gobierno, algo que no puede ni debe hacer, y una amplia parroquia progresista que se divide entre quienes reclaman cambios en la Constitución que van más allá de la eliminación de la preferencia del varón en la línea de sucesión, basados en la experiencia del comportamiento de Juan Carlos I en lo que se refiere a la irresponsabilidad jurídica del monarca y en lo que respecta a la naturaleza de algunos poderes como el de mando supremo de las Fuerzas Armadas; y aquellos que pretenden que se haga un referéndum sobre monarquía o república que evitó cuando la Constitución del 78.
El extremeño se sitúa a contrapelo de la actitud de una derecha, o ultraderecha de utilizar al rey contra el Gobierno y, por supuesto, contra la opción republicana pero reclama cambios constitucionales que dote de poderes efectivos al monarca.
Un golpe de autoridad
Se pregunta el veterano político pacense, si la “aparente inoperante o pasividad Real, en el grado en que cada uno lo aprecie, ¿es lo que provoca e impera la Constitución Española del 78? Y sostiene que “en principio negar o desconocer que España está viviendo un sibilino, aunque cada vez más descarado, “proceso constituyente” de signo revisionista de nuestra CE-78, es vendar, con un apósito tóxico e inservible, una realidad de crisis política revocadora, y, por tanto, peligrosa” y que esa realidad lleva a un reiterado conjunto de actos despreciativos hacía el rey, la Corona y la monarquía “protagonizados en todos los niveles políticos y administrativos”.
Cavila el autor del artículo en “La Tercera” de ABC si cabe en la Constitución el ejercicio de una auctoritas efectiva, además de la supuesta potestas de la Corona y si cabría “un golpe de autoridad” y se contesta que “si cabe un gesto de este tipo”. Y lo justifica señalando que “En España, pueblo libertario por excelencia, es frecuente la violencia política, lo que hoy se llama “polarización” que conduce, muy frecuentemente, a legitimar lo indeseable. Entonces se impone para su corrección el orden jurídico. Y quien sino el Rey, es decir el jefe del Estado, el que debería ser quien deba actuar”.

Concluye que “no puede culparse al Rey de inutilidad e inoperancia, si ni siquiera se le permite ejercer, con prudencia infinita, la defensa de la “indisoluble unidad de España” y se propicia o tolera todo intento de atacar su representación y dignidad”.
Falangista sin adscripciones emocionales
Asegura Sánchez de León que no es de derechas ni de izquierdas, como afirmaba la Falange. De hecho no niega su condición de “hombre del régimen” y acepta la calificación de “falangista sin adscripciones emocionales” con lo que le define Ramón Tamames en el prólogo del libro firmado por Enrique Sánchez de León y escrito por Soriano, Barriga, Correa y Lorenzana :“Esos impertinentes reformistas de la Transición, publicado por Almazara, 2024”.
Sostiene Tamames que con su adscripción como “falangista sin adscripciones emocionales” Sánchez de León quiere destacar que sería más apropiada su definición de “joseantoniano” como decía Alfonso Suárez de si mismo.
Cuando Sánchez de León se presenta en Badajoz, en el año 1971, a consejero nacional del Movimiento y procurador en Cortes, frente a una candidatura, oficial, la del capitán general de Cataluña, avalada por el propio Movimiento, por el Gobierno y por parte de algunos militares del Ejército español, en la que él salió sorprendente vencedor.
Fueron consejeros nacionales del Movimiento además de Sánchez de León: Rodolfo Martín Villa, José Miguel Ortí Bordás, Marcelino Oreja, Rafael Ruiz Gallardón, y Gabriel Cisnero entre otros, que, como cuenta Marcelino Oreja en sus “Memorias y Esperanza”, la Esfera de los Libros, 2011, constituyeron un grupo informal que denominaron “Núñez de Balboa” porque se reunían en el despacho de Rafael Ruiz Gallardón en esa calle.

De izquierda a derecha: Adolfo Suárez, Rodolfo Martín Villa y Enrique Sánchez de León
Como resalta Óscar Alzaga en su libro “La conquista de la transición”, Marcial Pons/2021, en las primeras elecciones democráticas, las del 15 de junio de 1977, los amigos de Suárez provenientes del régimen anterior, eran los que habían obtenidos más escaños con las siglas de la coalición UCD con cuatro diputados y dos senadores de la Acción Regional Extremeña de Sánchez de León. Óscar Alzaga llega a la conclusión de que “en los grupos parlamentarios de UCD, quienes proveníamos de la oposición al franquismo no pasábamos en el Congreso de 48 y en el Senado de 29. Los restantes eran franquistas reconvertidos en centristas, en unos casos por evolución sincera y en otros muchos por pragmatismo”.
El 28 de octubre de 1982, después de casi trece años de activismo, dio por terminado su vida política de partido dimitiendo de UCD tras ser derrotado en las elecciones generales. Ya en la vida privada rechazó la oferta de José María Aznar, quien a través de Martín Villa le ofreció puestos directivos y puso, con sus hijos, un bufete jurídico, donde permaneció hasta que cumplió 88 años.
Experiencia empresarial. Presidente de Campsa
En 1983 se reincorporó a Bankunión donde estaba en excedencia con distintos cargos directivos tras haber sido secretario general entre 1974 y 1976; aceptó la presidencia de la Clínica Nuestra Señora de América y juró que: “No volveré a la política de partido porque es demasiado complicada y sucia”.
En la empresa pública fue consejero de Ensidesa y Bazàn y, entre 1979 y 1982 fue presidente de CAMPSA, entonces la primera empresa española en facturación donde se encontró con la sorpresa de que estuviera de consejero Alfonso de Borbón. Su entusiasmo desmejoró ante el inamistoso alejamiento del vicepresidente económico del Gobierno, Fernando Abril, del ministro de Hacienda y Función Pública, Jaime García Añoveros y la oposición de la UCD de Extremadura.
El entonces presidente de Campsa explica en su libro citado que la inutilidad y lejanía de Calvo Sotelo, a la sazón ministro de relaciones con la Comunidad Económica Europea hizo que no se ocupara de la tesitura de Campsa como monopolio a despuntar. Lamenta que “siendo Calvo Sotelo presidente del Gobierno, en octubre de 1982, y a pesar de que yo había presentado mi dimisión con anterioridad, me reprochó en público no haberlo hecho, como crítica a mi posición en el “conflicto extremeño”.

