Escrito por 5:13 pm Tribunas

El elevado riesgo de los homenajes y la concesión de calles «en caliente»


Por Manuel Espín


 Para cualquier administración pública es imprescindible la adopción de respuestas con prontitud porque están al servicio de la ciudadanía y ‘se les elige y paga’ para que resuelvan los problemas no para que los creen o generen con decisiones de dudoso raciocinio creadas a golpe de oportunismo. Como aquellas que tienen que ver con homenajes, compromisos, menciones o actos dictados por la urgencia, que pueden acabar siendo vidriosas, incómodas y perfectamente prescindibles, Hay una marcada tendencia a tomar decisiones express en función de titulares de prensa, hechos emocionales o eufóricas simpatías oportunistas que con el tiempo derivan en crasos errores que ponen en evidencia a quienes impulsaron posturas dictadas ‘en caliente’. Un riesgo a asumir cuando se ofrece como homenaje la concesión de una calle a un personaje con mucha vida por delante, cuyo posterior sesgo vital puede chirriar en demasía. Se ha visto con el quita y pon por una opinión ‘a la contra’ de un hombre del deporte al que hace años se le dio la oportunidad de presidir con su nombre el estadio del Leganés. 

 Por lo que en principio habría que establecer como norma general (aunque con consabidas excepciones) evitando poner el nombre de calles a personajes todavía vivos, y los homenajes súbitos influidos por euforias inmediatas, de las que con el tiempo se acabará con el sentimiento del paso en falso.

 Más allá de la larga discusión sobre la aplicación de la Memoria Democrática en la ciudad de Madrid sigue habiendo en el callejero multitud de incongruencias difíciles de explicar, como la repetición de ignotos nombres a los que se dedicó una placa o una calle en tiempo remoto frente a la ausencia clamorosa de personajes de relieve y con una biografía acabada. 

 Veamos un ejemplo de esa extravagancia por llamarlo en plan fino. En una ciudad que no tiene una gran avenida dedicada a Teresa de Jesús (y no vamos a sugerir un hombre laico para que nadie se escandalice) saliendo del paseo de la Castellana hay una vía dedicada a un ‘Carlos Maurras’, castellanización forzada de la posguerra franquista de los años de plomo bajo la que se agazapa Charles Maurras (1868-1952). En plena euforia nacional-sindicalista a este representante de la más ‘ultra’ de las derechas europeas se le dedicó una calle en los tiempos en los que se abría la Castellana (antigua Avenida del Generalísimo) y adyacentes. 

 Mantener hoy esa nomenclatura en una ciudad que se pretende democrática es una incongruencia, no por el personaje en sí sino por la probable ignorancia que representa la continuidad en el tiempo de ese nombre en una calle. Maurras además de poeta fue el ideólogo de Acción Francesa, grupo antiliberal, antiparlamentario, monárquico absolutista, nacionalista radical, que osciló del ultra-catolicismo integrista al agnosticismo para retornar al final de su vida al espacio católico. Para más sugerentes recovecos del personaje parte de sus obras habían sido incluidas por Pio XI en el Índice de libros prohibidos, del que fue rescatado en 1939 por Pío XII tras haber sido elegido miembro de la Academia Francesa.

 Pero Maurras tiene otra trascendencia todavía más hiriente: fue un feroz antisemita que denunció al gobierno colaboracionista de Vichy por ser ‘demasiado blando’ en su acción contra los judíos. En los primeros 40 cuando se supone que el ayuntamiento de Madrid le concedió la calle bajo la fascinación por los nazifascismos y el monarquismo antiparlamentario ya se sabía lo que el personaje representaba (por cierto, no tenía vinculación alguna con la capital de España). Las tornas cambiaron tras la liberación de Francia por los aliados cuando Maurras fue juzgado y condenado a muerte por colaboracionista siendo conmutada su pena a cadena perpetua por su elevada edad; además de ser expulsado de la Academia. Durante más de setenta y cinco años ese personaje ha venido formando parte del callejero madrileño disfrazado en su denominación españolizada sin que la mayoría, incluidos quienes residen en esa calle, sepan a quien se le dedica. 

 Profesores franceses de visita por Madrid se llevaban las manos a la cabeza al saber a quien se le sigue recordando en una céntrica vía; algo imposible de encontrar en el callejero galo. Opinión que he transmitido a algún concejal de la corporación, pero la referencia queda fuera del alcance de la ley de Memoria Democrática y parece que da miedo entrar en el expurgo del callejero.

 A lo que voy: tomar decisiones a golpes de titular del telediario o de la subida de temperatura de la euforia acaba por pasar factura cuando los personajes o situaciones a las que se pretende homenajear tienen muchas páginas que llenar. Hay una parte de las medallas que obedecen a los rituales de cortesía diplomáticos o las atenciones que encierran un interés comercial o estratégico oportunista. Como las que recibió Hassan Hussein presidente de Irak acogido con todos los honores por Franco y Juan Carlos a título de sucesor en 1974 con Arias en la presidencia; pero también en 1978 al serle otorgado el collar de orden del Mérito Civil por el presidente Suarez. Años más tarde Hussein era considerado el ‘apestado’ de la política mundial.

 Ahora se ha vuelto a repetir esa toma de posición  ‘en caliente’ con la concesión a Israel de la medalla de oro de Madrid por su ayuntamiento con los votos de PP y Vox, frente a la crítica de la oposición. Las prisas de vértigo a plazo medio pueden provocar sonrojos y situaciones embarazosas porque la realidad de la política y de la opinión internacional es cambiante y está sometida a una constante dinámica en la que las euforias de situación pueden quedar tan en evidencia como las opiniones escritas en las redes sociales, viejas antes de anochecer con los consiguientes bochornos que dan lugar a las forzadas rectificaciones y enmiendas. 

 En estas condiciones lo más realista es enfriar las euforias sin caer en el juego de la momentánea adulación o el gratuito homenaje que transita de carcajada a gesto siniestro a nada que cambian las circunstancias. Sorprende ese homenaje madrileño a Israel con la persistencia en el callejero de un personaje que en otro tiempo abogó por las medidas más duras contra los judíos en la Francia de Vichy. A lo mejor el mejor gesto del ayuntamiento podría haber sido un homenaje a las víctimas del Holocausto y del antisemitismo retirando del callejero a un personaje que intelectualmente representó esa persecución,  y poniendo el nombre de alguien mucho más presentable y con más merecimientos. Como la propia Teresa de Jesús sin ir más lejos, que por cierto, pudo tener ancestros judíos..    

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