Escrito por • 11:13 am• Política

¿El fin de la democracia liberal?

No estamos ante una anomalía democrática circunstancial y pasajera, sino ante una opción vital abrazada por una clara mayoría de la nación más poderosa, libre y culta de la tierra.

Antonio Papell

La primera victoria de Trump en 2016 abrió claramente paso a la descarada proliferación del iliberalismo autoritario en Occidente, y en la práctica aquel cuatrienio representó un cambio en los fundamentos ideológicos de las sociedades dotadas de sistemas pluralistas. Tras la estela del sociópata y megalómano multimillonario, que trocó la clásica compasión conservadora por dosis indigestas de xenofobia y de misoginia, la ultraderecha se afianzó también en Europa, hasta extremos que justifican el fundado temor de que se derrumbe todo el edificio cultural en que habitamos. Italia ya está en manos de la ultraderecha, Francia no se halla lejos del inquietante punto de inflexión, en Alemania acaba de fracasar definitivamente la fórmula tripartita que aislaba a la extrema derecha de AfD y nadie sabe lo que puede suceder en las siguientes elecciones… En España, aunque la democracia se mantiene firme, la política ha adquirido el tono agraz que imponen los radicalismos sin control y el escenario es un lodazal intransitable que está desacreditando la política hasta extremos quizá irreversibles.

El retorno de Trump, tras el anodino cuatrienio de Biden, lanza un doble y terrible mensaje: de una parte, el estado de derecho ha decaído en USA puesto que el intento de golpe de Estado de 2020 y los demás delitos comunes atribuidos a Trump por diversas causas (ya se ha producido la primera condena) no han podido impedir que este sospechoso se pusiera de nuevo al frente del Estado americano. El aparato político-judicial ha fracasado y el imperio de la ley ha cedido paso a la voluntad inorgánica de las muchedumbres vociferantes.

De otra parte, la reincidencia de los americanos al elegir a un agresivo mentiroso compulsivo reafirma el mensaje lanzado por los electores la primera vez: aquella victoria de Trump no fue fruto de la desorientación, de la inexperiencia. Quienes lo llevaron entonces a la Casa Blanca y lo han restituido ahora querían efectivamente un retroceso brutal de los derechos humanos que dignifican las democracias, unas políticas demográficas racistas, unas fronteras bien clausuradas para evitar la contaminación exterior, la negación del cambio climático y de las medidas tendentes a la descarbonización, el aislamiento internacional de los Estados Unidos salvo en la defensa de su propio y directo interés, la renuncia a una globalización con reglas y la adopción de un pragmatismo sin principios, como el que seguramente se usará para poner fin a la guerra de Ucrania: la legitimidad de Putin no es la misma que la de Trump pero los dos están dispuestos a un trueque estratégico de espaldas a los propios ucranianos. Netanyahu, por su parte, ya no recibirás más advertencias de Washington para que no internacionalice demasiado el conflicto y se abstenga de seguir masacrando sistemáticamente a los palestinos en una indecente «shoah» a la inversa.

No estamos en definitiva ante una anomalía democrática circunstancial y pasajera, ante una gripe política que pasará cuando desaparezca el virus, sino ante una opción vital abrazada por una clara mayoría de la nación más poderosa, libre y culta de la tierra. La nación que hace ochenta años libró al mundo de la embriaguez totalitaria de un enajenado que quería hacer de Alemania el gran imperio ario que impusiera su hegemonía global sobre los cadáveres de los millones de disidentes, heterodoxos y seres de “razas inferiores”.

Es muy cierto que la inconsistencia política de los miembros del americano Partido Demócrata ha facilitado grandemente el trabajo a Trump. La edad demasiado provecta de Biden y la inanidad de Kamala Harris, una vicepresidenta que se caracterizó durante todo su mandato por estar sistemáticamente desaparecida del primer plano de la política, pusieron la victoria en bandeja a Trump, quien de hecho ya ganó las elecciones aquel 27 de junio pasado cuando Biden perdió el sentido de la orientación en el curso de su primer y único debate con su antagonista.

Ante esta crisis de identidad occidental, parece lógico sugerir que Europa se recomponga, afirme su identidad y su vocación democrática y trate de mantener la figura ante la decadencia política y moral del socio americano. Pero el entusiasmo de los líderes europeos parece en estos momentos limitado y francamente descriptible. El cordón sanitario que durante décadas han mantenido los partidos democráticos para aislar a la ultraderecha se debilita a ojos vista, el problema que crean los flujos de migrantes que huyen de la miseria y de la guerra se quiere resolver manu militari, los derechos individuales y colectivos que ha conquistado la denostada cultura «woke» en nuestros países vuelven a pender de un hilo. 

Así las cosas, todos tenemos la obligación de efectuar una reflexión interior. No hay futuro si no ponemos en común principios e ideas, si no nos dotamos de la fuerza intelectual y material que nos permita recuperar el liderazgo intelectual  basado en la dignidad de los seres humanos, en la lucha contra la injusticia y en un sentimiento universal de pertenencia que nos obliga a unir nuestro destino al de nuestros semejantes.

Antonio Papell

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