Escrito por 7:19 am Política

El inútil ejercicio de vincular la guerra de Oriente Medio a la situación política española

por Manuel Espín


En febrero de 2022 la injusta invasión rusa sobre Ucrania entronizó con justicia a Putin en ‘malo de la película’ dentro del imaginario social hispano, con borrado de anteriores imágenes complacientes y ‘fotos de familia’ con quien de forma súbita se convertía en apestado; algo similar a las instantáneas del viaje oficial a España de Sadam Hussein en la agonía del franquismo. En la carrera por desembarazarse de los instagram con Putin se sucedieron las supuestas vinculaciones al adversario político: hay que recordar la insistencia de Esperanza Aguirre en presentar al jerarca del Kremlin como ‘comunista’ (sic). En otros imaginarios sociales de países iberoamericanos la guerra de Ucrania adquiere medida diferente: gobiernos en el poder se aferraron en atribuir el disparo de la inflación y la elevación del precio de los alimentos a las secuelas del conflicto mientras los partidos de oposición minimizaron el impacto exterior y lo atribuyeron a la mala gestión del ejecutivo.

 Estos días con la guerra en Oriente Medio se producen en la vida pública española expresiones que causan sonrojo. Terrible que parlamentos autonómicos no hayan sido capaces de suscribir una declaración institucional sobre el conflicto, cuando bajo lecturas broncas y superficiales se ha tratado de asociar la imagen de Hamas a… ¡Pedro Sánchez!, que una diputada acuse a los informativos de RTVE de «ofrecer solo las versiones palestinas», y de forma totalmente maniquea se pongan en evidencia súbitas afinidades y rechazos a los bandos en conflicto.

 Por ello resulta especialmente frívolo que en un atolladero de tan larga duración en el tiempo, con tal enconamiento de posiciones y de elevado riesgo mundial se juegue a los bandos extremos como si esto fuera un juego de rol o una partida en una consola. Cuando se está hablando de centenares, de miles de muertos en la otra orilla del Mediterráneo, y debe llevar a posicionarse ante una guerra de estas dimensiones con un sentido más prudente y equilibrado de la realidad. Se olvida un hecho que se repite en cada uno de los conflictos mundiales del XXI: su impacto externo más allá de los muertos y las destrucciones de infraestructuras adquiere dimensiones añadidas: la catástrofe ambiental y la económica. Aquí se repiten: en pocas horas ha aumentado el precio de la energía y por consiguiente se volverá a fracasar en el control de la inflación.

 Siempre se dice que en toda guerra la primera victima es la verdad, y la historia lo constata. Lo desagradable es el uso que se está tratando de hacer de la guerra en clave de política interna española en términos  demagógicos. Nadie duda de la condena a Hamas por desatar una acción suicida ni pone en tela de juicio el derecho de Israel a su existencia como estado y al mantenimiento de su seguridad interior. Pero a la vez la comunidad internacional, y en este caso la opinión pública española, deben ser conscientes de la situación de los palestinos especialmente en la franja de Gaza donde una gran población sobrevive en un territorio mínimo sin la menor posibilidad de tener una vida digna y con un futuro cercenado entre ‘muros de la vergüenza’. Identificar a Hamas con Palestina en su conjunto sería como hacerlo entre ETA y el País Vasco.

 La guerra favorece las posiciones más intransigentes, y a sus beneficiarios, empezando por Irán.  Mientras consolida a nivel interno de Israel a una ultraderecha que antes de la insensata aventura de Hamás estaba en tela de juicio por poner en riesgo la división de poderes. A golpe de comentario en las redes, de macutazo se generan opiniones de urgencia a cargo de responsables políticos españoles tratando de atar esos ‘flashes’ a la política interna. Con una tendencia preocupante: opinar a través de las redes sin reflexionar con base a rumores, sospechosas fuentes, o bulos en internet

 La galería de los horrores del conflicto es infinita y no vale la artificial división entre ‘buenos’ y ‘malos’ por cuanto hay infinidad de víctimas también civiles en los dos bandos. Una matanza es repugnante la cometa un grupo terrorista o de uniformados; el catálogo de indignidades es infinito, y el súbito alineamiento de posiciones azuzando el conflicto deja de ser frívolo para convertirse en suicida. 

 En estas circunstancias se echa de menos entre la clase política española una actitud más realista reconociendo el fracaso de las agencias internacionales y de las grandes potencias en la resolución de un conflicto enquistado a lo largo de más de setenta y cinco años, incapaces de garantizar tanto la integridad y seguridad del estado de Israel como del reconocimiento de un estado palestino en el que sus ciudadanos sean capaces de vivir con dignidad y plenitud de derechos. Generar condiciones en las esferas internacionales (y pienso en la actual presidencia semestral de la UE) para que ese tipo de acuerdos sea posible debía ser el objetivo para un estado de dimensiones medias en el contexto internacional que aspire a posicionarse  en una acera de prestigio, gobierne quien gobierne en el Palacio de La Moncloa. El penoso espectáculo de la política española donde tanto la pequeña anécdota como la tragedia de una guerra tan destructiva y dañina como la del Mediterráneo oriental se utilizan en clave doméstica y bajo tonos de insultante maniqueísmo produce escalofríos porque toca la fibra de la sensibilidad. No todo vale para la legítima discrepancia política.

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