Inmaculada Sánchez
Todas las crisis de Gobierno, por reducidas que sean, cobijan un mensaje del presidente. La que acaba de elevar a un economista sin carné del PSOE a vicepresidente primero, también. Descifrarlo al completo suele ser tarea imposible pero el empeño de aproximarse a sus claves mantiene en alerta a Gobierno y partido. El mensaje oficial habla de un necesario refuerzo del área económica dadas las turbulencias mundiales. ¿Acaso para ejercer de freno de Yolanda Díaz en sus reclamaciones sociales?. ¿Tal vez para distanciar al Gobierno del vía crucis de escándalos que lleva meses atravesando Ferraz?. ¿Un Gabinete aligerado de perfil ideológico elevará en solitario la figura de Sánchez como referente de la izquierda mundial? ¿O asistiremos a una progresiva transformación de Carlos Cuerpo en un inesperado enemigo para la derecha, como sucedió en su día con Nadia Calviño o Pedro Solbes?
Siempre, más preguntas que respuestas en la interpretación de los nombramientos del presidente. Resulta recurrente, e irritante para electores y militantes socialistas, que los tres líderes del PSOE que llegaron a La Moncloa desde la Transición eligieran a reconocidos profesionales escasamente vinculados al partido, cuando no ajenos, para dirigir el área económica. Era una forma de ‘tranquilizar’ a los poderes del dinero, se decía en tiempos de Felipe González, pero también Zapatero, años después, contó con Pedro Solbes, primero, y con Elena Salgado como titulares de Economía y vicepresidentes. Y Sánchez, que ha sido capaz de exhumar los restos de Franco y de presumir de ser el secretario general del PSOE más de izquierdas de su historia reciente, optó en su día por una alta funcionaria bruselense, como era Nadia Calviño a su llegada al Gabinete, y más tarde por su segundo, otro economista sin carné del partido como Carlos Cuerpo, para sucederla en la cartera de Economía.
¿Todavía un gobierno socialista necesita apaciguar a los fondos de inversión y a los mercados internacionales cuando la economía española es la que más crece de la UE desde hace dos años? ¿No existen economistas solventes en la extensa militancia socialista? ¿O se trata de un juego de equilibrios y peleas internas que a todo presidente de Gobierno resulta rentable? El ascendido Cuerpo ha llegado a ser llamado por la vicepresidenta segunda “mala persona”, cuando puso pegas al calendario para reducir la jornada laboral que ella defendía proponiendo retrasarla para determinadas empresas y sectores. Este choque, que también se ha dado en otras ocasiones, alimenta el análisis de que Sánchez ha querido poner un dique a la ministra de Trabajo y a Sumar, que últimamente intenta resucitar sus expectativas electorales mostrando un perfil más rebelde como socio.
El reajuste de Sánchez tiene, sin embargo, mayor recorrido que el de frenar o domesticar a una Yolanda Díaz que, por otra parte, ya no jugará la partida de las próximas elecciones generales tras anunciar su retirada como candidata. Tampoco interesa al presidente restar aún más las menguantes posibilidades de los socios a su izquierda, a quienes necesita imperiosamente para mantenerse en el Gobierno tras la próxima cita electoral. Al margen del previsible espectáculo de futuros encontronazos Cuerpo-Díaz el alcance de esta minicrisis también alberga otros datos, como la apuesta de Sánchez en este momento por una gradual reducción de semblante ideológico en la cúpula de su Consejo de Ministros.
Las dos ministras que han salido hasta ahora del mismo, camino de inciertas competiciones electorales, cobijaban buena parte de la imagen ideológica del Gabinete. La primera, Pilar Alegría, al margen de su cartera de Educación, ocupaba nada menos que la Portavocía del Gobierno y, por tanto, sitio destacado en el núcleo duro sanchista. La más reciente, María Jesús Montero, es la número dos de Sánchez en el PSOE como vicesecretaria general, y ejercía también de su segunda en el Ejecutivo desde la vicepresidencia primera. Dejar en manos de Carlos Cuerpo la ocasional presidencia del Consejo de Ministros ante una ausencia de Sánchez no es un mensaje menor políticamente hablando. Esta ‘descapitalización’ gubernamental de dirigentes avezados en duras batallas contra la oposición la inició ya el presidente enviando a Oscar López a la secretaría general de Madrid tras la ‘crisis Lobato’ para hacer frente a Díaz Ayuso, lo que le resta presencia y esfuerzo en la defensa de Moncloa. Y en estos últimos meses se ha quedado, por decisión propia, sin Alegría y Montero conociendo las escasas posibilidades de triunfo de ambas. ¿Hasta dónde pretende llegar? Al menos mantiene a Félix Bolaños, otro de sus fieles escuderos y puente natural entre Moncloa y Ferraz, pero al que no ha querido hacer ahora vicepresidente. Puede que no lo necesite manteniendo despacho en el complejo de Presidencia y la especial cercanía al presidente que conlleva.
Al tiempo o al margen, o ambas cosas a la vez, Sánchez continúa trabajándose el traje de referente de la izquierda mundial. Sin escatimar osadas decisiones en contra de Israel y de la Administración Trump y poniendo en evidencia a países capitales de la misma Unión Europea está logrando un saldo claramente favorable para Moncloa en cuanto a revitalización de su electorado y apoyo de sus socios. Los próximos 17 y 18 de abril, incluso, ha convocado un encuentro internacional de alto nivel en Barcelona que se hace llamar la primera ‘Movilización Progresista Mundial’, con presencia del presidente de Brasil, Lula da Silva, del de Colombia, Gustavo Petro, o el del Consejo Europeo, Antonio Costa, además de otros destacados políticos como la congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez. No parece que nuestro presidente precise de ministros más ‘políticos’ para adornarse. Y las claves de su última crisis continuará sabiéndolas únicamente él.

