Escrito por 7:40 pm Tribuna Internacional

EL NUEVO «RUSIANISMO». CÓMO RUSIA ESTÁ COLONIZANDO ÁFRICA 

Ignacio Fuente Cobo Coronel de Artillería. Analista Principal del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE). Documento de Análisis IEEE 43/2024. 

Resumen:

El nuevo «rusianismo» es el proyecto neocolonial patrocinado por Rusia para reforzar su influencia en África por medio del control del mayor número posible de Estados africanos. Este proyecto se encuadra dentro de la visión del presidente Putin de un nuevo orden mundial multipolar alternativo y su finalidad última sería apropiarse de los recursos naturales africanos, romper el régimen de sanciones y expulsar a las potencias occidentales del continente. 

Rusia estaría utilizando África como esfuerzo colateral en la feroz competencia geopolítica que mantiene con Occidente. La eliminación de su influencia en la región del Sahel sería un efecto secundario, deliberado, e inesperado del apoyo europeo y norteamericano a Ucrania. 

El éxito de esta estrategia resultaría inherentemente desestabilizador para los países africanos y preocupante para las potencias occidentales, abriendo la posibilidad de un nuevo frente en el sur cuyo próximo campo de batalla bien podrían ser los Estados costeros de África occidental. En el mejor interés de europeos y norteamericanos está el evitar que ello ocurra.

Introducción

El Concepto de política exterior de la Federación Rusa aprobado el 31 de marzo de 2023, caracteriza el orden mundial como una «imposición de reglas, estándares y normas que han sido desarrollados sin la participación equitativa de todos los Estados interesados». En este documento —que debe leerse como su estrategia de seguridad nacional—, Rusia entiende que la situación ha cambiado y que «el modelo desequilibrado de desarrollo mundial, que durante siglos ha garantizado un crecimiento económico acelerado de las potencias coloniales mediante la apropiación de recursos de territorios y Estados dependientes en Asia, África y Occidente, se está desvaneciendo irrevocablemente». 

Sin embargo, los cambios que se están produciendo y que Rusia favorece no son bien recibidos por los Estados occidentales «acostumbrados a la lógica del dominio global y del neocolonialismo». Por ello, la doctrina rusa preconiza la necesidad de que se forme «una percepción objetiva de Rusia en el exterior» contrarrestando lo que entiende como «una campaña coordinada de propaganda antirrusa llevada a cabo de manera sistemática por Estados hostiles y que implica desinformación, difamación e incitación al odio».

Esta visión va en la línea de la intervención, en el Foro Económico de San Petersburgo en junio de 2022, del presidente Vladimir Putin quien afirmó que Occidente todavía está influenciado por sus propios conceptos erróneos sobre los Estados situados fuera de los llamados «mil millones de oro», que son aquellos que consideran a todos los demás como «su patio trasero» al que tratar como colonias, y a las personas que viven allí, como «gente de segunda clase». 

Es más, en lo que respecta a África, Rusia entiende que la desigualdad social y económica estaría aumentando debido «a las sofisticadas políticas neocoloniales de algunos Estados desarrollados». Se trata de una visión casi apocalíptica de un entorno internacional que Occidente ha convertido en hostil y en la que Rusia como nación providencial tiene «una misión histórica única destinada a mantener el equilibrio de poder global y construir un sistema internacional multipolar» equitativo y sostenible y, por tanto, la obligación solidaria de «apoyar la soberanía y la independencia de los Estados africanos» frente al apetito colonial de Occidente. 

El resultado es la aparición de una forma renovada de colonialismo de corte ruso que debe entenderse como una estrategia deliberada, más allá de Ucrania, para ampliar su influencia en África, evadir la contención y las sanciones, provocar el repliegue occidental en la región y desestabilizar y perturbar a sus adversarios. 

El nuevo «rusianismo» se ha convertido para Rusia en una inversión estratégica cuyo objetivo final sería la creación de un numeroso grupo de Estados en África sometidos a su influencia, los cuales contribuirían activamente a los esfuerzos rusos de perjudicar los intereses de Occidente utilizando para ello métodos no convencionales. 

Resulta sorprendente comprobar como con una economía del tamaño de Corea del Sur o España, y con pocos productos que sean atractivos para los mercados africanos —lo que se traduce en un nivel modesto de comercio—, Rusia ha sido capaz de ganar una enorme influencia en África en los últimos años. Y ello a pesar de que tampoco Rusia ofrece un modelo ideológico, social o cultural que resulte convincente para muchos gobiernos en África. 

Porque África interesa a Rusia

El interés de Rusia en África empezó a manifestarse en 2014 y lo hizo como una forma de romper el aislamiento de Moscú tras su anexión de Crimea y su intervención en el este de Ucrania. Este interés se ha acentuado con la invasión de Ucrania de 2022. 

Su fundamento es esencialmente geopolítico, pero está también dotado de una fuerte carga ideológica. Se basa en la visión rusa de un orden internacional posliberal, que no está basado en las normas democráticas, los principios y las reglas que actualmente lo rigen y que Rusia entiende han sido impuestas por Occidente. 

Más que ofrecer un modelo alternativo, como ocurre en la visión autoritaria de China, la doctrina rusa apunta la idea de que los sistemas políticos distintos a la democracia ofrecen una forma de gobierno más eficaz, equitativa, transparente, o inclusiva y que, por tanto, tienen al menos la misma equivalencia moral que el modelo occidental. 

El nuevo «rusianismo» tiene un enorme atractivo, por su carácter legitimador, en los gobiernos africanos que han surgido de golpes de Estado. Pero además de las consideraciones ideológicas, Rusia se mueve por razones prácticas. Rusia necesita a África y sus cincuenta y cuatro votos en la Asamblea General de las Naciones Unidas para lograr la legitimación diplomática de su guerra en Ucrania. 

En un momento en que muchos Estados occidentales intentan aislar económicamente a Rusia, el desarrollo de vínculos políticos, económicos y militares con África es para Rusia un medio para protegerse de las sanciones. Se trata de buscar mercados alternativos al mismo tiempo que se dañan, incluso agresivamente, los intereses de Occidente.

Para ello, se beneficia de la falta de controles y equilibrios internos de muchos países africanos que a menudo se encuentran aislados internacionalmente y son, por lo tanto, susceptibles de caer bajo su influencia desplazando a aquellos Estados occidentales, normalmente europeos, que tradicionalmente la han ejercido. 

Los gobiernos africanos también se benefician del peso de Rusia en las Naciones Unidas, cuyo veto en el Consejo de Seguridad de la ONU es muy importante para ellos. Rusia a menudo se pone del lado de los gobiernos autocráticos africanos como ocurrió, por ejemplo, en octubre de 2019, después de que Omar al-Bashir, el expresidente de Sudán fuera derrocado mediante un golpe de Estado. Rusia bloqueó el llamamiento de la ONU para condenarlo. 

La invasión de Ucrania y el fracaso en lograr una rápida victoria ha acentuado esta doble dependencia entre Rusia y África. Rusia necesita ahora a África para superar el aislamiento internacional al que le ha sometido Occidente adquiriendo mercados alternativos a las economías de Europa y de Estados Unidos de los que ha sido excluida. Ello le ha obligado a reforzar su política dirigida a reducir su propia vulnerabilidad a las sanciones, mediante el control de los recursos críticos que se encuentran en África. 

Los gobiernos africanos, por su parte, son conscientes de que, en un contexto de guerra en Europa donde las prioridades estratégicas y financieras están en Ucrania, tienen ahora la posibilidad de elegir entre diferentes socios, más allá de Europa o los Estados Unidos, a diferencia de épocas anteriores. 

Ello revaloriza su peso geopolítico y les permite cambiar las relaciones de poder demostrando que cuentan con Rusia como una opción alternativa atractiva. Un ejemplo de esta nueva actitud africana más asertiva se produjo en la votación de la Asamblea General de la ONU de febrero de 2023 cuando se exigió a Rusia que se retirara inmediatamente de Ucrania. Varios países africanos se abstuvieron (Etiopía, Guinea, Mozambique, Sudáfrica, Sudán, Uganda, Zimbabue y la República del Congo), poniendo así de manifiesto la existencia de profundas divisiones en su seno y poniendo a prueba sus relaciones con Europa. 

Cómo Rusia ha sabido aprovechar los errores de Occidente

El resentimiento hacia el comportamiento colonial de las potencias occidentales, especialmente en el Sahel francés y en África central, se ha hecho actualmente más evidente que nunca. Rusia ha sabido hábilmente aprovechar esta situación creando un entorno favorable a su intervención. Rusia se presenta, de alguna manera, como la heredera del apoyo que la Unión Soviética proporcionó a los movimientos independentistas durante la Guerra Fría. 

De esta manera, ha conseguido librarse del estigma del colonialismo, a pesar de que la Rusia de hoy poco tiene que ver con los objetivos y valores soviéticos. El resultado es que numerosos gobiernos y una parte mayoritaria de la opinión pública africana creen hoy en día que la asistencia de la Federación Rusa es más altruista y pragmática que la Occidental. 

Al mismo tiempo, Rusia ha sabido aprovechar en su beneficio el cambio en las prioridades estratégicas de las potencias occidentales. Con los Estados Unidos cada vez más obsesionado con el Indo-pacífico y la atención europea saturada por la guerra en Ucrania y pendiente de lo que pueda ocurrir en Gaza, las preocupaciones de seguridad referidas a África se han convertido para norteamericanos y europeos en asuntos secundarios a los que se ha prestado una atención menor dada la necesidad de priorizar esfuerzos y economizar fuerzas. 

Las viejas herramientas, como la operación antiterrorista Barkhane de Francia, se han saldado con un rotundo fracaso, mientras la presencia militar norteamericana en países como Yibuti, Kenia y particularmente Níger, donde los drones y los elementos de inteligencia estadounidenses han desempeñado un papel importante en las operaciones antiterroristas regionales, nunca ha pasado de un modesto nivel y hay pocos deseos de que la huella militar estadounidense en el continente siga creciendo.

La controvertida presencia en su territorio de algunos Estados europeos que vienen apoyando a gobiernos disfuncionales, ayuda a una mejor percepción de Rusia en África al minar la confianza de la población africana, especialmente de su sector más joven, en las verdaderas intenciones europeas. 

Al mismo tiempo, el hecho de que la UE haya sido tradicionalmente reacia a apoyar a gobiernos africanos con un mal registro en la gestión de los derechos humanos ha favorecido la penetración rusa para quienes las lecciones sobre buena gobernanza y los debates sobre valores y reglas morales han quedado completamente eliminados del contenido de la cooperación. 

De manera similar, el aparente contraste en el lenguaje y la actitud entre cómo europeos y norteamericanos abordan la invasión rusa de Ucrania y como justifican la invasión israelí de Gaza, unos conflictos que presidentes, como el ugandés Yoweri Museveni, consideran estar impulsados ideológicamente y no ser más que «unos desperdiciadores de tiempo y oportunidades», han llevado a los países africanos a la conclusión de que europeos y norteamericanos no tienen en cuenta las preocupaciones africanas sobre la seguridad en el continente, sino las propias. 

La disparidad en la asignación de recursos y la mayor atención prestada a Ucrania o Gaza en comparación con los problemas de seguridad en el Sahel, el Cuerno de África o el golfo de Guinea ha dejado en las opiniones públicas africanas una sensación amarga en cuanto a la jerarquía de las preocupaciones occidentales, que en el caso de Europa no parece ser capaz de superar lo que Carlos Lopes, alto representante de la Unión Africana en las negociaciones con la UE, define como la «fijación» de sus países con la «amenaza migratoria». 

La cooperación sigue estando basada en una relación asimétrica, en la que Occidente habla mucho de asociación, pero no parece dispuesta a cumplir sus promesas, y menos a hacer concesiones. Muchos africanos en el continente perciben la necesidad de cumplir determinadas normas de comportamiento basadas en valores, como un acto de hipocresía en función de a quién se apliquen. 

Por el contrario, el lenguaje ruso utilizado es, casi siempre, de soberanía y el mensaje que transmite es que, a diferencia de europeos y norteamericanos, Rusia no impone restricciones ideológicas, consideraciones éticas, o limitaciones operativas a su política de cooperación en África. 

El apoyo militar de Rusia a los gobiernos de Mali, Burkina Faso, Níger e incluso Chad (sin olvidar la República Centroafricana) es una prueba de los beneficios prácticos que ofrece a regímenes autoritarios la cooperación rusa, al reemplazar la presencia occidental en esos países por «operadores militares privados» no sujetos a las restricciones operativas o éticas de las fuerzas occidentales. 

Igualmente, la ampliación del club BRICS el 24 de agosto a Egipto y Etiopía, además de Sudáfrica, formaría igualmente parte de la nueva política rusa dirigida a «desacoplar» el continente africano de las alianzas y amistades occidentales y alinear a estos países con el nuevo orden alternativo que propugna Rusia. 

En definitiva, Rusia ha sabido aprovecharse de las inestables democracias africanas, de sus gobiernos fáciles de ser influidos o controlados y del resentimiento antioccidental predominante para asegurarse de que sus programas de desestabilización son calurosamente acogidos por las dictaduras militares, especialmente en la zona del Sahel, aunque ello suponga destruir el frágil tejido social de muchas sociedades africanas que quedan sometidas a un estado de inestabilidad permanente. 

El empleo ruso de procedimientos no convencionales 

Tradicionalmente, la forma rusa de hacer la guerra ha oscilado entre el empleo de procedimientos convencionales y no convencionales, dado que Rusia considera que tanto los unos como los otros son herramientas de poder nacional y los aplica por separado o en combinación. 

Desde la invasión rusa a gran escala de Ucrania en 2022, el énfasis se ha desplazado a la amenaza convencional que Rusia entiende representa la OTAN. Son a través de procedimiento de guerra convencional como Rusia está tratando de conseguir la victoria en Ucrania y es la amenaza convencional de escalada cuyo escalón último sería el empleo de armas nucleares, lo que disuade a la OTAN de intervenir directamente en el conflicto. 

Sin embargo, en África, son las operaciones no convencionales rusas las que buscan establecer las condiciones para la aplicación exitosa de una estrategia encaminada a expulsar a las potencias occidentales del continente y consolidar su presencia en el mismo. No es un procedimiento nuevo, ya que las operaciones no convencionales con fines de desestabilización política e incluso de cambio de gobierno, han sido un elemento  clásico de las intervenciones rusas en terceros países desde el golpe bolchevique de 1917. 

La premisa misma de la ideología política rusa se ha fundamentado tradicionalmente en la idea soviética de que la toma exitosa del poder y posterior control de Moscú sobre terceros Estados, es poco probable que se logre mediante revoluciones populares, salvo que estas estén instigadas por acciones disciplinadas, bien dirigidas y encubiertas. 

Así, la doctrina rusa de guerra no convencional pone un mayor énfasis en la interrelación entre la subversión a través de la propaganda y la inteligencia humana y su explotación a través de la desestabilización violenta por parte de elementos externos al país objeto de las apetencias rusas, lo cuales actúan en beneficio de los intereses de Moscú. 

De esta manera, los esfuerzos no convencionales de Rusia en los frágiles Estados africanos van dirigidos fundamentalmente al debilitamiento de sus gobiernos legítimos, la captación de líderes, el fomento de la retórica antioccidental a través de campañas de desinformación y el apoyo a cambios de poder logrados por medio de golpes de Estado a cuyos líderes se ofrece asistencia militar. 

Al mismo tiempo, la presencia militar rusa a lo largo de muchas de las rutas migratorias transaharianas que atraviesan estos países aumenta sus oportunidades para utilizar los flujos migratorios irregulares desde África como un procedimiento no convencional para desestabilizar Europa colapsando sus sistemas de acogida y socavando la solidaridad europea hacia Ucrania al tener que desviar sus gobiernos su atención, espoleados por sus opiniones públicas, hacia los problemas que le vienen del sur. 

Un ejemplo paradigmático de como Rusia está empleando esta estrategia no convencional sería Níger, un país donde los mercenarios rusos están contribuyendo a impulsar a niveles récord una migración transahariana que en 2023 supuso 380.000 inmigrantes intentando cruzar a Europa desde Libia. En diciembre de 2023, Rusia logró que sus socios de la junta nigerina anulasen una ley de emigración respaldada por la UE que tenía como objetivo detener los flujos migratorios hacia Europa, lo que se ha traducido en un aumento considerable de los mismos. 

El grupo Wagner como herramienta del nuevo colonialismo ruso Junto con las campañas de desinformación, el empleo de mercenarios ha sido la principal herramienta no convencional utilizada por Rusia en África, dando lugar a una de las operaciones de influencia más rápidas y más exitosas de la historia. 

El empleo de las capacidades de guerra no convencional del nuevo «rusianismo» está íntimamente ligado a la evolución del Grupo Wagner, una compañía militar privada (PMC) surgida durante la guerra del Dombás en Ucrania, donde ayudó a las fuerzas prorrusas en 2014. Desde entonces, ha sido utilizada por el Estado ruso como una herramienta para avanzar sus intereses. No obstante, Wagner ha sabido al mismo tiempo perseguir una agenda independiente. 

Presente en África desde 2017, Wagner ha apoyado a regímenes favorables a Rusia en las guerras civiles de Libia, Sudán o la República Centroafricana a cambio de la transferencia de contratos de minería, principalmente de oro y diamantes a empresas rusas. Pero fue en Malí donde Rusia tuvo su primera oportunidad para poner en práctica la nueva estrategia no convencional de emplear a Wagner para desplazar militarmente a sus rivales occidentales. 

En este país Rusia actuó de una forma oportunista, lo que va muy en la línea con su estrategia no convencional. A pesar de la firma en 2015 entre el gobierno de Malí y los tuaregs y el consecuente despliegue de fuerzas de mantenimiento de la paz de la ONU, el ejército maliense se mostró incapaz de hacer frente a los grupos terroristas ligados a Al Qaeda. 

Estos grupos lograron cooptar la insurgencia en toda la zona de la triple frontera con Burkina Faso y Níger amenazando peligrosamente las capitales. 

Por otra parte, la estrategia occidental liderada por Francia, la cual se basaba en la realización de acciones antiterroristas en conjunción con el grupo G5 de Estados del Sahel, no estaba dando los resultados esperados. 

La falta de éxito militar y progreso político y el consiguiente estancamiento económico produjeron un profundo malestar en la población local, la cual empezó a asumir — espoleada por una inteligente campaña de desinformación rusa—, que las operaciones antiterroristas francesas tenían como objetivo fundamental proteger a Europa y no a ellos. 

El resultado fueron una serie de golpes de Estado en toda la franja saheliana que, entre otras cosas, cuestionaban el sentido de una estrategia que no ofrecía perspectivas de paz y en la que el ejército maliense, insuficientemente apoyado por las naciones occidentales, se mostraba incapaz de revertir la situación. 

Esta dinámica perversa abrió una primera oportunidad a la intervención rusa en Malí que la compañía Wagner supo aprovechar, convenciendo a las autoridades malienses de la necesidad de reclamar la soberanía militar de manos de sus socios occidentales. 

Si el primer golpe de Estado del 18 de agosto de 2020, orquestado por un grupo de coroneles, dos de los cuales acababan de regresar de recibir entrenamiento en Rusia, no logró impulsar los cambios que la población demandaba, el segundo golpe de Estado, el 24 de mayo de 2021 sentó las bases para que Rusia, de la mano de los mercenarios de Wagner, entrara definitivamente en Malí. 

El acuerdo consistía en que Rusia proporcionaba soldados y equipamiento militar a las fuerzas armadas de Malí para atacar agresivamente a los grupos terroristas y, a cambio, conseguía la expulsión de las fuerza de la MINUSMA, testigo incómodo de las atrocidades rusas, así como de los franceses de la operación Barkhane que estaban presentes en el país desde el 2014. 

El éxito de esta estrategia en Malí permitió a Rusia  reemplazar a Occidente, e hizo que replicase su oferta en los países vecinos de Burkina Faso y Níger. Pero junto con el despliegue de mercenarios, Wagner diseño un sofisticado mecanismo de financiación que le permitía apropiarse de importantes recursos económicos de los Estados en los que intervenía. 

En 2018, el líder de Wagner, Prigozhin, estableció el «Back Office Africa»23, inicialmente una célula de inteligencia y planificación para la prestación de apoyo y las operaciones de Wagner en África, pero que poco a poco fue ampliando su radio de acción negociando las concesiones o compensaciones reclamadas al gobierno apoyado, las cuales se concedían normalmente a través de una empresa paralela. 

El procedimiento era bastante sencillo: los países del Sahel y otros países africanos abundantes en riquezas minerales que rara vez revertían en sus poblaciones, solicitaban el apoyo de Wagner frente a insurgencias locales y la PMC se lo proporcionaba protegiendo a los regímenes militares, tanto de la insurgencia como de su propio pueblo para, en quid pro quo, obtener acceso a metales preciosos, principalmente el oro y los diamantes. 

Estos recursos servían para sostener las operaciones rusas en el país y para financiar su expansión por nuevos Estados africanos. Al mismo tiempo, el oro del Sahel, como producto fácil de lavar en los mercados internacionales, proporcionaba a Rusia dinero en efectivo para comprar material militar en los mercados internacionales de armas soslayando las sanciones internacionales por la guerra de Ucrania. 

Fue en Sudán, donde el Grupo Wagner comenzó a operar bajo esta fórmula aprovechando para ello la visita del presidente Omar Bashir a Moscú en 2017. Los acuerdos firmados con el gobierno ruso incluían, a cambio del apoyo de Wagner, el establecimiento de una base naval rusa en Port Sudan y una concesión a la firma rusa entonces cercana a Prigozhin para explotar minas de oro. 

Este formato se repetirá en otros Estados como RCA, Malí, o Burkina Faso, normalizando el modo de financiación local de las intervenciones rusas en África. Este procedimiento de actuación ofrece grandes ventajas. La principal es que permite a Rusia avanzar en sus objetivos y, al mismo tiempo recuperar los costes. También evita cualquier atribución de responsabilidades en operaciones en terceros Estados que muchas veces se traducen en crímenes de guerra o, simplemente, violan las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. 

Este fue el caso, por ejemplo, de la República Centroafricana donde existía una prohibición directa del Consejo de Seguridad para suministrar armas y equipo militar a las distintas partes, algo que los rusos no cumplieron. 

La nueva visión rusa de las intervenciones en África

La invasión de Ucrania en febrero de 2022 obligó a modificar esta forma de actuación que tan favorable estaba resultando para los intereses rusos. La falta de éxito militar exigió reutilizar Wagner, que se vio obligada en 2023 a proporcionar tropas para reforzar las fuerzas terrestres en el Dombás, debilitando así el frente africano. 

No obstante, a partir de junio las fuerzas de Wagner fueron retiradas en gran medida de Ucrania y redesplegadas de nuevo en el continente africano. Según la lógica del Kremlin, el Dombás y Crimea eran Rusia y, por tanto, cualquier actividad militar en esas regiones debía ser efectuada por fuerzas regulares rusas y no por mercenarios a su servicio. Ello implicaba la salida de Wagner de esas áreas para operar en otros lugares. 

El motín de su líder Prigozhin, y su posterior fallecimiento aceleraron el proceso de alinear a esta PMC con los intereses del Estado ruso. A finales de junio de 2023, la presidencia rusa tomó la decisión de desmantelar la dirección del grupo Wagner, de manera que los elementos militares quedaron bajo el control del servicio de inteligencia militar de las Fuerzas Armadas Rusas, (GRU), la rama más agresiva e intervencionista de la inteligencia rusa. 

Las actividades de Wagner en el GRU fueron divididas en dos componentes. Por una parte, se formó un Cuerpo de Voluntarios para las operaciones en Ucrania, el cual emplearía empresas pantalla como Redut para inscribir a los combatientes de Wagner. Estas empresas luego firmarían un contrato para prestar servicios al Ministerio de Defensa ruso, poniéndolos así bajo el control del ejército ruso. 

Al mismo tiempo, el GRU creó un cuerpo expedicionario muy orientado a las intervenciones en África, denominado Africa Corps, que también utilizaría una serie de compañías como Convoy, como fachada. La intención inicial era reclutar 40.000 soldados para el cuerpo expedicionario, pero, posteriormente, este objetivo se redujo a 20.000 efectivos a alcanzar para mediados de 2024, el cual debía ser complementado con fuerzas locales reclutadas, entrenadas y encuadradas por los rusos. 

Aunque es difícil evaluar el resultado de este ambicioso plan de reclutamiento para África, en unos momentos en los que Rusia prioriza reclutar nuevos voluntarios para luchar en Ucrania, el número final del Africa Corps será probablemente mucho más reducido. A principios de mayo de 2024 había alrededor de 6.000 personas enroladas, de las cuales unas 2.000 estaban desplegadas en Malí, más de 1.600 en la República Centroafricana, entre 100 y 300 en Burkina Faso y entre 100 y 200 efectivos en Níger. En Libia, ha aumentado el número de efectivos, pasando aproximadamente de 800 a 1.800. Pero son números lejos de los objetivos iniciales y parece razonable admitir que el Africa Corps quedará finalmente en torno a los 10.000 combatientes rusos, incluso un contingente más pequeño tendría un impacto mayor del que supuso la presencia de Wagner, que nunca superó algunos pocos miles de combatientes. 

Por otra parte, en enero de 2024, el Ministerio de Defensa ruso asumió directamente la responsabilidad del Africa Corps mediante acuerdos «gobierno a gobierno» y la recuperación de costos a través de la explotación de los recursos locales. De esta manera se evita desviar recursos de la «Operación Militar Especial» hacia África, al tiempo que se vincula económicamente a los países objetivo con Rusia. Así se ha hecho en Malí, donde el gobierno ruso ha conseguido la reforma de su código minero para permitir que empresas rusas se apropien de concesiones extranjeras.

El dinero que de otro modo habría ido a parar a empresas australianas irá ahora a las arcas rusas para pagar su apoyo militar, mientras que el gobierno de Malí seguirá recibiendo ayuda de Rusia y cobrando impuestos por las minas. En realidad, el cuerpo expedicionario, más que un cambio radical en la política exterior rusa debe ser considerado como una versión «Wagner 2.0» de lo anteriormente existente, dado que opera en los mismos países, utiliza el mismo equipamiento y, aparentemente, tiene el mismo objetivo final que su antecesor. 

Esta versión mejorada permitiría a Rusia ampliar las vías para la evasión de sanciones, aunque el precio a pagar sea la imposibilidad de negar su responsabilidad en cuanto a la intervención en el país y en cuanto a las atrocidades que se cometan. 

Esta es una diferencia sustancial con el Grupo Wagner de Prigozhin, que siempre había proporcionado a Rusia un nivel de negación plausible en sus operaciones en el extranjero. Ahora, Rusia estaría mandando el mensaje de que finalmente ha decidido desafiar de forma explícita y desacomplejada el sistema internacional, en lugar de acomodarse al mismo. 

Ahora bien, la naturaleza fundamentalmente colonial del proyecto ruso Rusia tiene el riesgo de caer en el mismo error del que acusa a las potencias occidentales. La apropiación descarada rusa de recursos económicos en los países africanos puede terminar por provocar una percepción de explotación económica y colonialismo, socavando el mensaje anticolonial de Moscú. 

Al mismo tiempo, las agresivas tácticas empleadas por el cuerpo expedicionario ruso que incluirían el uso de castigos colectivos, la toma de rehenes de figuras políticas locales, o las incursiones para eliminar a los insurgentes sin excesivas consideraciones con la población local, se están traduciendo en masacres y otras graves violaciones del derecho internacional. 

Estas tácticas puede que sean efectivas para derrotar a un grupo insurgente, o para acabar con los vínculos que los distintos países africanos tienen con Occidente, pero también dañan la imagen internacional y local de Rusia como un actor benevolente y difícilmente traen la paz al interior del país receptor. 

Rusia estaría demostrando con sus excesos y sus propias limitaciones, que resulta mucho más fácil sembrar el caos que construir estabilidad y fomentar el desarrollo. La solución que ofrece Rusia para reducir el daño a su reputación asociada con un proyecto que debe considerarse neocolonial, estaría en proporcionar a los dirigentes de los países objetivo un paquete integral de cooperación. 

Este paquete incluiría apoyo militar, protección económica y política frente a condenas internacionales, apoyo de técnicos en comunicación y propaganda, o servicio de protección a los líderes de países como Malí o RCA, lo que le permitiría utilizar esta proximidad para condicionar la toma de decisiones internas. 

También se incluiría realizar operaciones combinadas con fuerzas locales, o incluso reclutar localmente parte del personal militar para trabajar con ellos en África. Se trata de continuar con el precedente de Libia donde Wagner trajo consigo a combatientes sirios para combatir en apoyo del general Khalifa Hafter, un ejemplo que podría trasladarse a países como Burkina Faso, Níger o Chad, donde los contingentes rusos incluirían tropas tanto rusas como locales. 

La formación de la Alianza de los Estados del Sahel compuesta por Malí, Burkina y Níger se presenta como una oportunidad de oro para la política africana de Rusia, que debe ser apoyada y convertida en un éxito. De lograrlo, se crearía un núcleo central de Estados situados en una región crítica para Europa, que estarían orientados hacia Rusia y tendrían el tipo de gobernanza antioccidental que Rusia prefiere para sus socios. 

Para los países receptores africanos, el efecto a corto plazo de la ayuda de los mercenarios de Rusia es una mayor capacidad de ejercer su soberanía y un incremento sensible de la seguridad de sus líderes que quedan protegidos de los golpes de Estado. 

Sin embargo, también se vuelven dependientes y comienzan a perder acceso a proveedores de seguridad alternativos. En el medio y largo plazo, las concesiones económicas a Rusia corren el riesgo de crear una relación extremadamente desigual, en la que Moscú obtiene mucho más de lo que ofrece. 

Conclusiones

Rusia ha sabido capitalizar de manera oportunista la inestabilidad y la inseguridad en amplias regiones de África para expandir su influencia geopolítica con un bajo coste y, al mismo tiempo, socavar la influencia occidental aprovechando la gran oportunidad que le ofrece el sentimiento antioccidental para construir nuevas relaciones. 

Sus programas de desestabilización están aprovechando las ventajas adicionales que les proporcionan la existencia de dictaduras militares que reciben calurosamente su material militar ruso y su apoyo militar, para establecer estrechas conexiones con regímenes frágiles sometidos a tensiones sociales, terrorismo, crisis económicas, conflictos civiles y migraciones masivas. 

Esta estrategia está permitiendo a Rusia desempeñar un papel en el Sahel y en África que, en general, está muy por encima de los recursos que dedica a la región, en comparación con los Estados Unidos y Europa. Las compañías militares privadas (PMC), primero Wagner y desde 2023 el Africa Corps, estarían desempeñando un papel primordial como instrumento para la intervención, forjando relaciones de seguridad y económicas con las élites locales. 

Al mismo tiempo, la invasión rusa de Ucrania y su impacto en las relaciones de poder a nivel mundial están teniendo implicaciones significativas en la relación de África con El nuevo «rusianismo». Muchos gobiernos africanos entienden que Occidente les está marginalizando en una guerra tratada como un juego de suma cero en la que no son protagonistas, pero sí perdedores natos. 

La consecuencia es una ola de frustración antieuropea que recorre África en un contexto de incertidumbre geopolítica que está llevando a sus gobiernos a tomar decisiones basadas en el interés propio, lo que incluye forjar alianzas con países no occidentales como Rusia, a pesar de que las mismas estén demostrando no ser altruistas, ni beneficiosas. 

El resultado final es el desplazamiento de la tradicional dependencia africana de los países europeos y la conversión de África en un nuevo teatro de operaciones alternativo a Ucrania, desde donde Rusia puede actuar contra los países occidentales socavando sus intereses y creando oportunidades a largo plazo para la aparición de amenazas convencionales e irregulares que presionen estratégicamente a Europa. 

A diferencia de otros escenarios en los que la intervención es más complicada, estos esfuerzos de bajo coste y alta rentabilidad son, en la visión rusa, complementarios para lograr la victoria contra Ucrania. Rusia estaría utilizando África como esfuerzo colateral en el enfrentamiento que mantiene con Occidente. En este sentido, se puede afirmar que la desaparición de la influencia europea en la región del Sahel constituye un efecto secundario, involuntario e inesperado, del apoyo europeo y norteamericano a Ucrania. 

La realidad es que Rusia ha sabido jugar bien sus cartas empleando hábilmente una combinación de intervenciones mercenarias y de campañas de desinformación, para fomentar una imagen positiva el África y, al mismo tiempo, avanzar en su penetración en el continente en países como Libia, República Centroafricana, Sudán, Madagascar, Mozambique, Mali, Burkina Faso, o Níger, donde ha sido capaz de desplazar a las, hasta hace poco, dominantes potencias occidentales. 

La alianza informal de Rusia con un número creciente de gobiernos africanos muestra la incapacidad occidental para desafiar la intromisión rusa en sus espacios de influencia geopolítica tradicional, sin que los gobiernos europeos o norteamericano, o las instituciones como la OTAN o la UE hayan sido capaces de encontrar un método eficaz para contrarrestarla. 

En definitiva, la preferencia africana por nuevas alternativas al orden internacional tradicional está permitiendo a Rusia, más allá de Ucrania, ampliar su influencia en África, evadiendo la contención a la que pretende someterla Occidente y desestabilizando a sus adversarios de la OTAN. 

Rusia está redoblando su atención en la región reforzando su control sobre varios Estados del Sahel y buscando nuevos socios más lejos, siguiendo una estrategia expansionista que hasta ahora le ha dado excelentes dividendos. Queda así abierta la posibilidad de que Rusia configure un nuevo frente en el sur, cuyo próximo campo de batalla bien podrían ser los Estados costeros de África occidental. 

El éxito de esta estrategia resulta inherentemente desestabilizador para los gobiernos africanos y preocupante para las potencias occidentales. Más vale que todos ellos sean conscientes de la seria amenaza que supone para sus intereses la creciente huella de Rusia en África y estén a la altura de las respuestas que se necesitan para hacer frente al nuevo y amenazante «rusianismo» antes de que sea demasiado tarde. 

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