Escrito por • 12:16 pm• Tribunas

El reencuentro con México

Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta de Mexico

En su momento, muchos españoles sentimos profundamente  la cuasi ruptura con México provocada por una extemporánea salida de tono del anterior presidente del país, Andrés Manuel López Obrador, un progresista de ejecutoria intachable que, súbitamente y en tono exageradamente desabrido, instó por carta al Rey de España a reconocer los supuestos, imaginarios o reales atropellos que los españoles  cometieron durante la conquista de América y a pedir perdón por ellos. El Gobierno español reaccionó a la misiva mediante un certero comunicado en el que lamentaba  profundamente la publicación de la misiva y rechazaba con firmeza el argumento de la misma. El asunto era serio y afectaba a la relación entre dos países hermanos; aún está cerca en la memoria de muchos españoles el vehemente y admirable socorro prestado por el país azteca a los republicanos derrotados en nuestra última guerra civil.

La Conquista llevada a cabo por los europeos —no solo los españoles— de los territorios americanos a partir de finales del siglo XV fue un choque de dos culturas que se habían desarrollado durante muchos siglos en continentes que se desconocían mutuamente entre sí hasta el célebre viaje de Colón en 1942. Aquella incomunicación describe por sí sola el atraso tecnológico de ambas civilizaciones, que vivían de espaldas entre sí por sus grandes carencias, aunque los europeos estuviesen más adelantados que los de ultramar, que no disponían siquiera de escritura.

Aquel choque brutal fue trágico en grado sumo y ha pasado lógicamente a los anales más dramáticos de la historia de la humanidad, pero es muy dudoso que se pueda justificar con fundamento que cinco siglos después sea causa de una enemistad entre dos democracias que han llegado a un elevado grado de intercomunicación y cuyos pueblos comparten hoy los fundamentos intelectuales, incluida la lengua de cultura. Por ello, para ser racional y equilibrado, el análisis de la llamada Conquista debe tener en cuenta una serie de axiomas que caen por su propio peso.

En primer lugar, es evidente que no tiene sentido valorar unos hechos del siglo XV con la mentalidad actual sin trasponer también los respectivos bagajes ideológicos. Sin una cabal relativización, la comparación es espuria. Así por ejemplo, en 1495, los Reyes Católicos prohibieron la esclavitud de los nativos, pero Inglaterra y otras potencias impusieron sistemas de servidumbre a los indígenas de sus colonias y confeccionaron un régimen esclavista que se extendió a las civilizaciones americanas, asiáticas, europeas y africanas, que se basaba materialmente  en el secuestro de personas en África y su traslado forzoso a América como mano de obra y población colonizadora. En cambio, desde el inicio del asentamiento español en América, la Corona hispánica legisló la protección de los habitantes indígenas, la primera de la historia, un concepto inaudito para aquella época. También el papa Paulo III promulgó en 1537 la bula Sublimus Dei, donde establecía el derecho a la libertad de los indígenas, y su prohibición de esclavizarlos (el mismo papa confirmó en 1548 el derecho a tener esclavos, incluso por miembros de la iglesia, pero reafirmó que los «indios» no lo eran, por lo que tenían derecho a ser libres). ]​ Asimismo, el Libro VI, Título II, de las Leyes españolas llamadas de Indias de 1525, decía textualmente: «En conformidad de lo que está dispuesto sobre la Libertad de los Indios, es Nuestra Voluntad y mandamos, que ningún Adelantado, Governador, Capitán, Alcalde, ni otra persona de cualquier estado, dignidad, oficio, que sea en tiempo y ocasión de paz o guerra, aunque justa … sea osado de cautivar indios naturales de nuestras Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano … ni tenerlos por esclavos … o los matar, prender o cautivar excepto en los casos y nociones que por las leyes de este título estuviere dispuesto y permitido».

En segundo lugar, la confrontación entre las culturas que colisionaban no se limitó a los hechos propiamente de conquista.  Tras la emancipación de las repúblicas americanas, algunos gobiernos de las naciones independizadas como Argentina, Brasil, Estados Unidos, Uruguay o Chile denominaron “salvajes” o “indios” a los nativos y emprendieron acciones “civilizatorias” o “pacificadoras” contra sus poblaciones autóctonas durante los siglos XIX y XX, incurriendo en desmanes de  limpieza étnica y de genocidio. Son dignos de reseñar la Conquista del Oeste emprendida por los Estados Unidos, y las denominadas Conquista del Desierto y Pacificación de la Araucanía en Argentina y Chile, mediante las cuales se conquistaron las tierras y se sometió al pueblo Mapuche. Igualmente, en países como Colombia, Venezuela, Brasil y Perú se registraron casos de colonos blancos que desposeyeron a los pueblos aborígenes de sus territorios de manera violenta.

En tercer lugar, y enlazando con este último relato, parece lógico pensar que los abusos contra la población nativa en etapas tardías de la hispanización de Latinoamérica no fueron cometidos por los españoles que llegaban de Europa sino por los descendientes de los conquistadores, ya convenientemente «nacionalizados» americanos. Sin duda, el estado español que llevó a cabo la conquista —en el que un decreto del rey Felipe II de 1570 prohibió que los actos de conquista se llamaran de esta manera, y exigió que se denominaran actos de pacificación— cometió a su llegada las brutalidades propias de una guerra, pero a partir de un cierto momento los lazos entre los conquistadores y la metrópoli fueron debilitándose, por lo que los ‘conquistadores’ actuaron en nombre propio.

Poco tuvo que ver en todo caso España con lo que sucedió en México tras la proclamación de su independencia en 1810, cuando el joven país aceleró el proceso de conquista de los territorios pertenecientes a las naciones indígenas que quedaron dentro de sus fronteras y los sucesivos gobiernos liberales desconocieron legalmente a las comunidades nativas, a las que les negaron su derecho de propiedad. Así fue como, bajo el gobierno independiente mexicano, los pueblos indígenas de México perdieron el derecho a la tierra que el régimen colonial español les había respetado. ​Una especial virulencia alcanzó la lucha contra los apaches, calificada por algún autor como una verdadera guerra de exterminio. En cualquier caso, si se traspusiera el concepto moderno de genocidio al proceso de formación de la América actual, habría que mirar en muy diversas direcciones para describir la realidad con una mínima ecuanimidad. 

En un panorama tan complejo, es imprudente, en fin, señalar a un solo actor cuando se somete a discusión y enjuiciamiento un fenómeno tan extenso e intenso como el descubrimiento, la conquista y la civilización de las tierras americanas, a cargo de las potencias europeas.  Es francamente impropio que descendientes directos de españoles —el abuelo materno de López Obrador llegó a México procedente de Ampuero, en Cantabria, ​ y su abuela materna era hija de españoles provenientes de Asturias— o de otros inmigrantes europeos de raíces culturales muy distintas de las españolas —Claudia Sheinbaum Pardo nació en la Ciudad de México, en el seno de una familia judía de origen lituano y búlgaro; fue fruto del matrimonio del químico Carlos Sheinbaum Yoselevitz y de la bióloga Annie Pardo Cemo;​ Carlos Sheinbaum formaba parte de la comunidad judía asquenazí originaria de Lituania que llegó a México en la década de 1920, y Annie Pardo, la madre de Claudia, procedía de una familia de judíos sefardíes búlgaros asimilados—. En este gran melting pot, es muy difícil distribuir elogios y críticas, bendiciones y maldiciones, y depurar cuál era en cada momento el germen civilizador o el nativo abusado.

Así las cosas, debería bastar el gesto discreto realizado por el ministro de Asuntos Exteriores español para que la presidenta Sheinbaum diera por zanjado el asunto en un marco de tolerancia, comprensión, defensa de los derechos humanos y pragmatismo. No se entendería que un asunto tan controvertible y manipulable fuera causa de una gran y duradera enemistad entre dos grandes países unidos por tantos hilos de fraternidad. 

Antonio Papell

↑
Close