Resumen del documento de análisis IEEE 40/2025 realizado por el general de brigada Victor Mario Bados Nieto director del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE). Enlace web IEEE
Un sistema internacional, que durante décadas ofrecía una cierta previsibilidad basada en equilibrios de poder, normas compartidas y principios liberales, está siendo deconstruido ante nuestros ojos. La disruptiva llegada de Donald Trump a la presidencia estadounidense en su regreso en 2025, ha acelerado esta transición, cuestionando los compromisos tradicionales con la OTAN y abriendo una fase de viraje estratégico norteamericano que apunta decididamente hacia el Indo-Pacífico.
Frente a este nuevo contexto, marcado por la volatilidad, la ambigüedad y la fragmentación —la “modernidad líquida” que preconizaba Bauman—, Europa en general y España en particular, se enfrentan al reto inaplazable de construir una cierta autonomía estratégica que les permita afrontar con garantías los desafíos crecientes de un nuevo entorno internacional.
Nos adentramos, así, en un escenario global donde resurgen los elementos hobbesianos del estado de naturaleza: la anarquía internacional, la primacía de los intereses nacionales, la fuerza como argumento y los realineamientos imprevisibles.
La competencia por la hegemonía entre EE. UU. y China, el acercamiento estratégico de Washington a Moscú para acelerar una paz en Ucrania, la entrada con fuerza en el tablero geopolítico de actores que se suman al desafío del orden existente como Irán o Corea del Norte, y el creciente protagonismo y asertividad de potencias no occidentales como India o Turquía, apuntan a un orden internacional no ya bipolar, sino potencialmente tripolar o incluso policéntrico.
Deconstruyendo lo construido
La crisis financiera de 2008, el ascenso del nacionalismo económico, la pandemia de COVID-19 y la guerra en Ucrania han dado lugar a lo que numerosos autores denominan “desglobalización”. Este término no se refiere simplemente a una pausa coyuntural del proceso globalizador, sino a una transformación estructural que redefine la organización del sistema internacional.
El McKinsey Global Institute ha documentado cómo muchas empresas multinacionales están redibujando sus mapas de producción, para reducir su dependencia de ciertos mercados, en particular de China. Este nuevo ciclo de confrontación económica con China incluye no solo medidas tarifarias, sino también restricciones tecnológicas, controles de inversiones y sanciones a empresas consideradas “no fiables”.

En este contexto, el Alto Representante Josep Borrell propuso el concepto de “autonomía estratégica abierta” para la UE, una fórmula que busca compatibilizar la resiliencia con la interdependencia, aunque no sin contradicciones. La noción de seguridad económica comienza a desplazar a la eficiencia como principio rector de las políticas internacionales, una transformación que podría consolidar un orden mundial multipolar, menos integrado, pero más cauteloso frente a los riesgos sistémicos.
Aumenta la conflictividad
El año 2024 ostenta el triste récord de haber sido el año con el mayor número y aumento de conflictos desde la finalización de la II Guerra Mundial, es decir desde 1945. Según el PRIO (Peace Research Institute of Oslo) el año pasado los conflictos armados subieron a 59 en el mundo, arrojando un balance de 223.000 muertos, un 37% más que el año anterior. Se calcula que hay más de 50 países con conflictos activos, es decir, una de cada 8 personas en el mundo está expuesta a un conflicto, figurando Oriente Medio como la Región más conflictiva, si bien no la que más víctimas ha provocado, al haber sido el Conflicto de Ucrania el más sangriento. ACNUR, la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados, como resultado de estos enfrentamientos armados, arroja la cifra de 123 millones las personas forzadas a huir de sus hogares a causa del conflicto o la persecución, alcanzando los 305 millones los seres humanos que necesitaran este año ayuda humanitaria para poder sobrevivir.
Son desde luego números estremecedores. Si miramos al número de misiones de mantenimiento de la Paz, la tendencia es justo la contraria. De los casi 100.000 cascos azules o tropas en misiones de paz de 2016, hemos pasado a 69.000 en 2024, como consecuencia del aumento de los conflictos interestatales a diferencia de los intraestatales, que eran los más habituales durante los años 90, consecuencia de la caída de la Unión Soviética y la eclosión de las misiones de paz al estar desbloqueado el CSPNU.
El desarrollo de nuevas tecnologías, como los drones, la inteligencia artificial y la ciberguerra, ha reducido las barreras para que actores estatales y no estatales participen en conflictos, permitiendo que grupos más pequeños y menos estructurados tengan capacidad de desestabilizar regiones enteras. La proliferación de información y desinformación a través de redes sociales y plataformas digitales ha amplificado tensiones, facilitando la movilización de extremismos y la propagación de ideologías radicales más allá de las fronteras tradicionales Además, el cambio climático y la escasez de recursos naturales son factores que aparecen como elementos que están elevando la competencia por agua, tierras cultivables y materias primas estratégicas, generando nuevas tensiones, especialmente en regiones donde sus efectos son más severos y las instituciones estatales son débiles o corruptas.
A todo ello se une una tendencia preocupante que es la proliferación nuclear, pues como postulan Carlos Aragón Gil de la Serna y Raquel Sanz Pascasio, la erosión del régimen de no proliferación, el cuestionamiento de los tratados existentes y la aparición de nuevas potencias nucleares están generando un entorno en el que la proliferación nuclear vuelve a ser una amenaza real y creciente, alejándonos del objetivo de un mundo libre de armas nucleares.
De este modo China está incrementando su arsenal nuclear estando previsto alcance las 1000 ojivas para 2030 lo que resulta de todas luces muy inquietante, máxime si las tensiones geopolíticas están rolando hacia esa parte del globo.
La desmultilateralizacion. Se acabó la cooperación
El sistema multilateral, basado en reglas y acuerdos colectivos, se encuentra hoy en crisis. Las instituciones globales como la Organización Mundial del Comercio y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas han perdido peso y eficacia, en parte por el aumento de los vetos y el proteccionismo, y porque las grandes potencias, como Estados Unidos y China, han optado por la competencia geopolítica y la protección de sus propias economías, incluso mediante guerras de subsidios. Esta fragmentación se traduce en una mayor dificultad para alcanzar consensos y responder a desafíos globales como el cambio climático, la seguridad internacional o la regulación del comercio digital.
En resumen, el mundo se está “desmultilateralizando”, y Estados Unidos ha sido uno de los principales motores de este proceso, apostando por el unilateralismo y la defensa de sus intereses nacionales, lo que debilita el sistema multilateral y dificulta la acción colectiva frente a los grandes retos globales.
En las últimas décadas, el escenario internacional ha sido testigo de un proceso acelerado de desoccidentalización, especialmente visible en el denominado Sur Global. Este fenómeno, lejos de ser una simple reacción coyuntural, responde a una transformación estructural en la que países de Asia, África y América Latina buscan redefinir su papel en el orden mundial, alejándose de los marcos normativos, económicos y culturales impuestos históricamente por Occidente.
El mundo, que en los últimos siglos se había ido occidentalizando al ritmo que se globalizaba, ha iniciado la fase de “desoccidentalización” con signos claros, con expresión clara en el grupo de los BRICS, que ha pasado de grupo aspiracional a una realidad geopolítica. No en vano son ya 11 miembros quienes lo conforman y hay muchos más a la espera de formar parte de éste, con países que tradicionalmente han estado alineados con Occidente como Turquía.

Otro signo claro de esa desoccidentalización que sufre el mundo está en el rechazo a Francia en varios países del Sahel y otros de su francofonía como Senegal. Países que no se sienten ni compelidos, ni atraídos, por los valores que encarnan lo que conocemos como Occidente y su pesada carga colonial de explotación. Así, la retirada de tropas francesas de países como Mali, Burkina Faso y Níger, junto con la ruptura de acuerdos de defensa y el auge de movimientos que promueven lenguas locales o el inglés en detrimento del francés, ilustran un claro distanciamiento respecto a la antigua metrópoli.
La desoccidentalización del Sur Global se traduce en una serie de movimientos concretos que reflejan el rechazo creciente a la hegemonía occidental y la búsqueda de nuevos equilibrios internacionales. La desoccidentalización no es un fenómeno abstracto, sino un proceso tangible que se despliega a través de decisiones políticas, económicas y culturales, y que redefine el papel del Sur Global como actor proactivo y no meramente reactivo en el sistema internacional.
Como dijo el ministro de Asuntos Exteriores de la India Subrahmanyam Jaishankar: “Cuando hay una crisis en Europa, es un problema mundial. Pero cuando nos enfrentamos a una crisis en África o en la India, entonces es solo un problema de África o de la India”.
La desdolarización. El dólar pierde fuerza
La desdolarización es un proceso que ha cobrado protagonismo en la economía global del siglo XXI, impulsado por la creciente voluntad de países y bloques económicos de reducir su dependencia del dólar estadounidense tanto en reservas internacionales como en transacciones comerciales.
Esta tendencia responde, en gran medida, al uso intensivo de sanciones financieras por parte de Estados Unidos y sus aliados, que ha puesto de manifiesto el poder que Washington ejerce sobre el sistema financiero internacional a través del control del dólar y plataformas como SWIFT. Está siendo el resultado de usar el dólar como arma de presión y herramienta coercitiva. Y frente a ese riesgo de exclusión, países como Rusia, China, India y otros miembros de los BRICS han promovido acuerdos en monedas locales, diversificado sus reservas y explorado la creación de sistemas de pago alternativos, buscando mayor autonomía y protección ante crisis externas.

El papel del FMI y el Banco Mundial, históricamente dominantes como prestamistas globales, ha sido cuestionado por su condicionalidad política y económica, mientras que China emerge como un prestamista alternativo, ofreciendo financiamiento sin exigir reformas políticas y promoviendo el uso internacional del yuan.
En 1973 el dólar representaba sobre el 85% en las reservas monetarias, pasó al 73% en el año 2001 y actualmente a pesar de seguir siendo la moneda dominante, ha bajado al 58% de las reservas globales y el 88% de las transacciones internacionales.
Su hegemonía muestra signos de erosión: desde 2015, su uso como reserva ha caído alrededor de un 6%, mientras que el euro y el yuan ganan terreno, aunque aún de forma limitada. La desdolarización implica beneficios, como una mayor autonomía monetaria y menor vulnerabilidad a sanciones, pero también riesgos, incluyendo volatilidad cambiaria y la ausencia de instituciones globales robustas para gestionar la transición. Si bien el desenlace es incierto, el proceso ya está alterando el equilibrio de poder global y la manera en que los países gestionan sus relaciones económicas y financieras.
La desneocolonización. China nuevo hegemón colonial

Durante gran parte del siglo XX, la independencia política de las antiguas colonias africanas y asiáticas no se tradujo en una emancipación económica real, ya que persistieron estructuras neocoloniales que permitieron a empresas y multinacionales occidentales mantener el control sobre recursos, infraestructuras y mercados del Sur Global.
Este fenómeno de neocolonialismo perpetuó la dependencia y las asimetrías heredadas del colonialismo, condicionando el desarrollo de estos países. Sin embargo, en las últimas décadas, este patrón ha comenzado a transformarse con la irrupción de empresas chinas y, en menor medida, de otras potencias emergentes como India, Turquía o Brasil, que han asumido un papel cada vez más relevante en la economía y la inversión internacional en África, América Latina y el Sudeste Asiático.
Las consecuencias de la desneocolonización empresarial son ambivalentes. Por un lado, la expansión de empresas chinas ha impulsado la construcción de infraestructuras, la industrialización y la inserción en cadenas de valor globales, otorgando a los países del Sur Global un mayor margen de maniobra y capacidad de negociación. Por otro, han surgido nuevas formas de dependencia, preocupaciones sobre el endeudamiento, la falta de transparencia y la limitada transferencia tecnológica, así como tensiones laborales y sociales derivadas de la presencia masiva de empresas y trabajadores extranjeros.
En conclusión, la desneocolonización no es lineal ni exenta de contradicciones; representa una oportunidad para diversificar alianzas y fortalecer la autonomía del Sur Global, pero plantea nuevos desafíos en términos de sostenibilidad, gobernanza y desarrollo inclusivo.
La desdemocratización. Un mundo que se autocratiza
En los últimos años, el avance de regímenes autocráticos y el retroceso de las libertades democráticas se han convertido en una realidad global. Este proceso, conocido como autocratización, está transformando el panorama político internacional y plantea desafíos fundamentales para el futuro de la gobernanza mundial.
El informe V-Dem 2025, uno de los más reconocidos a nivel internacional para el análisis de la calidad democrática, ofrece cifras contundentes: por primera vez desde 2001, el número de autocracias supera al de democracias en el mundo; el 72% de la población mundial vive bajo regímenes autocráticos, el mayor porcentaje desde 1978; el 46% del PIB mundial es generado por autocracias, frente al 75% que correspondía a las democracias al final de la Guerra Fría; y en 2024, 45 países experimentan un declive democrático sostenido, frente a solo 18 que muestran avances.
Estos datos reflejan un cambio de ciclo histórico: la democracia ya no es el modelo en expansión, sino un sistema en retroceso. El auge de China y Rusia está poniendo de manifiesto que es posible alcanzar altos niveles de desarrollo económico, si bien no trasladado al bienestar de la población, con relevante proyección internacional, sin la necesidad de adoptar el modelo democrático liberal.
China, en particular, ha promovido con éxito un modelo de “modernización autoritaria” que combina crecimiento económico, control social y estabilidad política. Como señala Steven Levitsky, “el atractivo de China reside en su capacidad de ofrecer prosperidad sin democracia, lo que debilita el argumento de que la libertad política es condición indispensable para el desarrollo”.
Estos países han creado redes de apoyo y cooperación entre regímenes autocráticos, compartiendo tecnologías de vigilancia, estrategias de censura y tácticas para neutralizar la oposición. Muchos procesos de autocratización no surgen de golpes de Estado, sino de la erosión gradual de las instituciones democráticas desde dentro.
Líderes electos democráticamente aprovechan la polarización, la desinformación y el desencanto ciudadano para debilitar los contrapesos, controlar los medios y restringir la sociedad civil. El caso de Hungría bajo Viktor Orbán es paradigmático.
Reformas constitucionales han limitado la independencia judicial, se ha controlado a los medios de comunicación y se han impuesto restricciones a ONGs y a la oposición. Este patrón se repite en otros países, donde la democracia se vacía de contenido sin necesidad de abolir formalmente las elecciones.
La democracia enfrenta una crisis de legitimidad
El aumento de la desigualdad, la corrupción, el desempleo y la inseguridad generan frustración y desconfianza. Según el Latinobarómetro 2023, solo el 48% de los latinoamericanos apoya la democracia como sistema preferido, el nivel más bajo en dos décadas. Esta insatisfacción abre la puerta a líderes autoritarios que prometen orden y soluciones rápidas, aunque sea a costa de los derechos y libertades. Esto ha dado margen a las autocracias para consolidarse y apoyarse mutuamente, sin temor a sanciones o aislamiento diplomático.
La revolución digital ha dotado a los regímenes autoritarios de herramientas sin precedentes para el control social: sistemas de vigilancia masiva como el “sistema de crédito social” en China, manipulación de la información y censura en redes sociales, y uso de inteligencia artificial para identificar y reprimir la disidencia.
Como advierte Freedom House, “la tecnología, que alguna vez fue vista como una fuerza democratizadora, ahora es utilizada por los autócratas para consolidar su poder y sofocar la libertad”. Los procesos de autocratización suelen comenzar con ataques a la libertad de prensa y la sociedad civil, seguidos de la represión de la oposición y la limitación de derechos fundamentales.
Así, según Reporteros Sin Fronteras, la libertad de prensa está “gravemente amenazada” en más de 70 países. La concentración de poder en el Ejecutivo y la manipulación de sistemas judiciales y electorales erosionan el Estado de Derecho y la rendición de cuentas, facilitando la corrupción y el abuso de poder, como se ha visto en Venezuela, Nicaragua y Rusia.
Aunque los regímenes autoritarios prometen orden y estabilidad, la ausencia de canales democráticos para expresar el descontento puede derivar en protestas masivas, represión violenta y crisis políticas, como muestran los casos recientes de Bielorrusia, Irán y Myanmar.
A largo plazo, las democracias tienden a ofrecer mejores resultados en bienestar, educación y salud, mientras el retroceso democrático afecta negativamente el desarrollo humano y la calidad de vida, especialmente en países con instituciones débiles. La defensa de la democracia requiere hoy más que nunca de un esfuerzo colectivo, innovador y adaptado a los desafíos del siglo XXI.
Tiempo de Trampas
Así tenemos como la famosa trampa del realismo, por ejemplo, advierte sobre la tendencia a interpretar el escenario internacional exclusivamente bajo la lógica de la competencia y el poder, obviando factores normativos, económicos o sociales que también moldean el orden global.
La Trampa de los dividendos de la paz. Tras el colapso de la Unión Soviética, muchas democracias liberales abrazaron la idea de que el mundo había entrado en una nueva era de estabilidad y cooperación internacional. Este optimismo se tradujo en una reducción sustancial del gasto militar, justificada por el llamado dividendo de la paz, entendido como el beneficio económico derivado del fin de las grandes amenazas interestatales.
Esta desmovilización estratégica fue impulsada por un exceso de idealismo, particularmente influido por la visión kantiana de una paz perpetua alcanzable mediante el comercio, el derecho internacional y la expansión democrática.
En ese contexto, Estados Unidos asumió el papel de garante último de la seguridad en Europa, proporcionando un paraguas estratégico mediante la OTAN que permitió a muchos países europeos externalizar su defensa. Al confiar en la disuasión estadounidense como escudo estructural, Europa consolidó un modelo de seguridad dependiente, sin desarrollar plenamente su autonomía estratégica.
Trump ha exigido mayores contribuciones a la OTAN y ha cuestionado las garantías de seguridad tradicionales, dejando a Europa atrapada en la trampa de los dividendos de la paz, desprovista de capacidades propias por años de desinversión, pero ya sin poder contar con el garante externo que hacía viable esa política.
El dividendo de la paz se convirtió rápidamente en una carga para la paz, ya que las fuerzas armadas europeas sufrieron de una crónica falta de inversión, disminución de la preparación y miopía estratégica. Lo que antes parecía una ganancia ha mutado en vulnerabilidad estructural.
Hoy, con una Rusia revanchista, una China más asertiva y un Estados Unidos menos comprometido, Europa se enfrenta al coste político y estratégico de haber vivido bajo una ilusión. Sven Biscop lo resume así: “el dividendo de la paz se ha convertido en un déficit de seguridad; Europa ya no es autónoma estratégicamente, sino vulnerable estratégicamente”.
Europa reacciona
Es por ello que la Unión Europea ha lanzado el ambicioso Plan ReArm Europe/Readiness 2030 y ha presentado un nuevo Libro Blanco de la Defensa para fortalecer su autonomía estratégica. El Plan ReArm propone elevar el gasto en defensa de los Estados miembros hasta el 3% del PIB, facilitar la financiación mediante la flexibilización de las reglas fiscales europeas y crear instrumentos como el SAFE, capaces de movilizar hasta 150.000 millones de euros para inversiones en capacidades militares.
Estas iniciativas buscan subsanar las carencias críticas en la base industrial y tecnológica de defensa europea, reducir la dependencia de proveedores externos y garantizar la preparación ante amenazas como la agresión rusa, especialmente en un contexto de incertidumbre sobre el apoyo militar estadounidense a Ucrania.
En el mismo sentido se elaboró el nuevo Libro Blanco de la Defensa Europea establece una hoja de ruta para la cooperación en adquisiciones, el desarrollo de grandes proyectos paneuropeos y la coordinación de recursos y planeamientos colectivos, alineando los objetivos de la OTAN y la UE. Además, subraya la necesidad de reforzar asociaciones estratégicas con aliados extracomunitarios y de simplificar la regulación para ampliar el mercado único de defensa. En conjunto, estas medidas marcan un giro estratégico hacia una Europa más autónoma en materia de seguridad, capaz de asumir un papel de liderazgo en su propia defensa y en el apoyo a socios como Ucrania, ante la posible reducción del compromiso estadounidense en la región.
La trampa de Tucídides y el nuevo eje estratégico hacia el Indo-Pacífico
En este marco, el concepto de la trampa de Tucídides ha ganado centralidad en el análisis estratégico. Rescatada por el politólogo Graham Allison, esta idea se remonta a Tucídides, quien en su relato de la Guerra del Peloponeso afirmaba que fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra. Allison aplicó esta lógica a 16 casos históricos, concluyendo que, en 12 de ellos, cuando una potencia ascendente desafió a una establecida, el desenlace fue el conflicto armado.
Alguno de los casos en los que cruzándose una potencia emergente con una en declive no finalizó en guerra fue el de España tomando el relevo a Portugal, o los EEUU y el Reino Unido tras la II Guerra Mundial Hoy, China encarna la potencia en ascenso, con una expansión sostenida de su poder económico, capacidades militares y ambiciones geoestratégicas. Su proyección internacional se expresa en diversas dimensiones: desde el reforzamiento del control sobre el mar de China Meridional y las maniobras navales en torno a Taiwán, hasta la construcción de bases militares en el Índico y la iniciativa geoeconómica de la Nueva Ruta de la Seda (Belt and Road Initiative). A esto se suma una acelerada modernización de sus fuerzas armadas, con énfasis en capacidades cibernéticas, misiles hipersónicos y armamento nuclear de segunda generación.
Es por ello que los Estados Unidos ha decidido reorientar sus prioridades estratégicas hacia el Indo-Pacífico. Este pivote estratégico anunciado por Barack Obama con el llamado Pivot to Asia en 2011, que buscaba concentrar recursos diplomáticos, militares y económicos en una región identificada como el nuevo epicentro del poder global.
No obstante, fue durante la primera presidencia de Donald Trump cuando este giro adquirió un tono más frontal, unilateral y competitivo. Tras su regreso al poder en 2025, Trump ha intensificado esa lógica, apostando por una política de confrontación directa con China, centrada en la contención, la presión comercial y el fortalecimiento de alianzas bilaterales excluyentes.
El control del mar
Un elemento clave de esta estrategia es su dimensión marítima, inspirada en la doctrina del almirante Alfred Thayer Mahan, para quien el control del mar es la base de la hegemonía global. Trump ha asumido esta visión que viene de “lunga data” con una estrategia de estrangulamiento naval a China mediante dos líneas de bloqueo: la primera cadena de islas (que incluye Japón, Taiwán y Filipinas), y una segunda línea desde Guam hasta Australia, destinada a impedir que China proyecte libremente su poder hacia el Pacífico Occidental y acceda con normalidad a las aguas abiertas.
Como apunta James Holmes, “Estados Unidos está reeditando una estrategia clásica de confinamiento marítimo que impide a China convertirse en una potencia naval plenamente oceánica”. Entre las medidas recientes destacan el refuerzo de pactos como AUKUS (con Australia y Reino Unido), el incremento del despliegue naval en el Pacífico Occidental, y un endurecimiento del control sobre la transferencia de tecnologías sensibles.
Washington también ha intensificado su presión sobre países asiáticos clave, como Filipinas, Japón, India y Vietnam, para consolidar un cordón de alianzas anti China. A la vez, ha relanzado la retórica del desacoplamiento económico, limitando el acceso chino a semiconductores avanzados, inteligencia artificial y componentes estratégicos.
En el Indo-Pacífico
Como señala Hal Brands, la guerra fría de nuestros días se desarrolla en el Indo-Pacífico, el escenario donde se definirá el equilibrio global del poder. Esta declaración ilustra el cambio de eje: mientras Europa pierde relevancia relativa en la arquitectura de seguridad estadounidense, Asia se convierte en el nuevo epicentro de la competición sistémica.
Esta reconfiguración estratégica deja a los aliados europeos en una posición incómoda: dependen aún del paraguas de seguridad estadounidense, pero ya no figuran entre sus prioridades fundamentales. La estrategia de Trump acentúa el carácter transaccional del vínculo con Europa. Su renovada exigencia de incrementar el gasto en defensa, su cuestionamiento abierto al artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte y sus amenazas veladas de retirarse de la OTAN han reforzado la percepción de que Estados Unidos podría dejar a Europa a su suerte si esta no asume mayores responsabilidades.
El aumento del número de conflictos armados, la crisis de los mecanismos de mantenimiento de la paz y la erosión del multilateralismo refuerzan la idea de que la historia no ha llegado a su fin, sino que ha sido “reiniciada” bajo parámetros mucho más realistas y competitivos. Es como si las historias de las relaciones internacionales hubieran sufrido un reseteo y comenzáramos de cero.

