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El retorno de los emperadores autócratas

Resumen del artículo del coronel  Pedro Sánchez Herráez. Documento de Análisis del Instituto Español de Estudios Estratégicos. IEEE 58/2026 

Ante esa situación, ante ese miedo a la incertidumbre, ante esa falta de confianza en las instituciones, ante esa sensación de aislamiento y desprotección se ha recurrido a mantras, eslóganes, ideas fuerza y líderes poderosos casi mesiánicos, a «nuevos emperadores» que cambien incertidumbres por certezas, que cambien amenazas por seguridad, que cambien aislamiento por sentimiento grupal e identitario y que marquen un camino. Y por ello consiguen tener éxito.

Por eso — entre otras cuestiones— surgió Putin en el año 2000 como líder de Rusia, como nuevo «emperador”. Trump emplea sistemáticamente el acrónimo MAGA15 —Make America Great Again, hacer que Estados Unidos sea grande de nuevo—, abundando en la restauración de la grandeza, riqueza y poder global de los Estados Unidos por medio de la recuperación de los valores tradicionales, la renovación del poder industrial y la expansión de fronteras y zonas de influencia… de manera muy similar, aunque con los matices derivados de las diferentes culturas, a lo señalado por Xi Jingping con el denominado «sueño chino».

O por Putin, que desde que ganó las elecciones del año 2000 con el partido «Rusia Unida», sus eslóganes siempre marchan en esa línea —«no abandonamos a los nuestros», «un presidente fuerte, una Rusia fuerte» 

Nuevas para reforzar su poder

Los «aspirantes a emperador», que pretenden concentrar el poder, ser el centro del poder absoluto, intentan minorar y degradar constantemente el de las instituciones generadas, durante décadas o siglos, al efecto, y crear unas nuevas para reforzar su poder. Por ello, Putin realiza purgas en el Servicio Federal de Seguridad, en las Fuerzas Armadas tras la rebelión del grupo Wagner o buscando una mayor efectividad en el campo de batalla frente a Ucrania, purgas relacionadas con el cesado ministro de Defensa y su clan, aparentemente vinculado con el complejo industrial militar.

Trump, en el seno de una denominada reorganización, realiza un amplio elenco de destituciones en todas las instituciones del Estado, desde las Fuerzas Armadas al director de la Agencia de Seguridad Nacional, o al fiscal general de los Estados Unidos, e incluso emplea las normas bancarias como un arma frente a sus contrincantes, emulando plenamente las prácticas de los líderes autoritarios. Y el líder chino purga las instituciones del Estado, buscando un control férreo y absoluto hasta el punto de que se habla de la «purga perpetua» de Xi Jinping. 

Eliminar cualquier elemento alternativo de poder

Se justifican en la lucha contra la corrupción o la falta de eficacia, pero lo que se pretende realmente es eliminar cualquier elemento alternativo de poder o de disidencia. Obviamente, hay que eliminar a los potenciales rivales, pues nadie mejor que ellos mismos, que los propios emperadores, para seguir al timón de sus naciones; y para ello, además, se modifican, si es preciso, las limitaciones constitucionales o legales, para seguir en el poder

Así, Putin está al frente de Rusia desde el año 2000, salvo un período (2008-2012) en el que Dimitri Medvédev fue presidente de Rusia —y designó a Putin como primer ministro durante ese período, lo mismo que Putin, una vez de nuevo presidente, le designó como primer ministro hasta que en el año 2020 Medvédev dimitió para que Putin pudiera cambiar la Constitución y perpetuarse en el poder—; Xi Jinping ostenta el liderazgo de China desde el año 2013, tras eliminarse el límite de mandatos en el 2018, y Donald Trump bromea —o no— con la supresión del mandato constitucional para ejercer tres mandatos —«lo volveré a hacer en 2028», señala —. 

La importancia de la iconografía del poder

El impacto visual de imágenes, acciones y eventos es capital; la construcción de un salón de baile en el Capitolio —a modo del gran salón de un palacio «imperial» de antaño—, la «Nueva ruta de la seda» de Xi Jinping o el puente de Kerch que une Crimea con el continente por encima del estrecho del mismo nombre, construido a un altísimo coste cuatro años después de la anexión de la península por parte de Moscú, y en cuya inauguración, ostentosa y televisada, una caravana de camiones, uno de ellos conducido por el propio Putin portando una bandera rusa, lo cruzaba, constituyen, entre otras muchas, pruebas fehacientes de esta realidad.

De hecho, son constantes las referencias a la existencia de una tercera ola de autocracia en el planeta —la primera se produjo tras la Primera Guerra Mundial, con el ascenso del nazismo, del fascismo y del comunismo; la segunda durante la Guerra Fría, de los años 60 a medidos de los 70, que se materializó en multitud de golpes de Estado en los países en vías de desarrollo—, la reiteración del retroceso de la democracia o, incluso, del planteamiento del final de esta. 

La dinámica política y vital de los emperadores, autócratas que no toleran el disenso, tiende a crear un sistema poderosamente personalista, rodeado de personas de su cuerda, cuyo bagaje esencial es la fidelidad al líder más que la eficacia en la gestión, dado que el emperador (autócrata) toma decisiones en todos los ámbitos de la política y el poder. 

Y esa camarilla también va envejeciendo —salvo los que son purgados, con razón o sin ella—, por lo que el paso de los años no solo afecta al emperador, sino al sistema en su conjunto, que observa cómo las instituciones y las estructuras, esas que en otros sistemas teóricamente permiten, por separación de poderes, salvaguardar la actividad —o, al menos, la inercia— del Estado, van quedando atrás y atrasadas, ante las dificultades para el cambio e, incluso, para la natural renovación generacional que paulatinamente ha de producirse en cualquier estructura para que no sufra estancamiento… o incluso una descomposición total. 

Pierden la percepción de la realidad

Una de las circunstancias que suelen constituir una constante en los regímenes autoritarios, un error frecuente en los emperadores —derivado de la concentración extrema de poder y la eliminación de la disidencia y del hecho de rodearse de teóricos asesores, pero cuyo principal bagaje es la lealtad al líder— es que se pierde, en parte, la percepción de la realidad, al vivir en una especie de burbuja, lo cual lleva a que las decisiones estén cada vez más alejadas de la realidad y de la propia necesidad social, embarcado el emperador en proyectos que pueden no tener posibilidad de éxito o ser extremadamente costosos, reiterando errores, y ante lo cual su corte de aduladores no dice nada… cualquiera lo hace, si el pago es ser purgado. Para evitar esta situación, en épocas pretéritas, los reyes y emperadores contaban con bufones, personajes que normalmente se asocian al entretenimiento, a hacer reír al líder y a la Corte… pero que, curiosamente —o no—, tenían otro cometido mucho más importante: decirle la verdad al rey, contar la realidad de lo que estaba pasando y el sentir de la sociedad, dicho de una manera jocosa y con gracia, pues los asesores y el personal de la Corte temían por sus puestos —o por su vida— si le decían la verdad al soberano. 

La necesidad de no distanciarse en exceso de la realidad constituye un serio problema para aquel que no tolera la disidencia ni otras formas de pensar. Los nuevos emperadores, los autócratas, tienden a no consentir «bufones» y también a censurar o eliminar a los medios que no son afines… con lo cual, esa pérdida de visión de la auténtica realidad los lleva a tomar finalmente malas decisiones y reiterar errores. 

«Decadencia sostenible»

Ante esa situación, las sociedades ricas detienen o ralentizan su avance, y el estancamiento económico, combinado con la parálisis política, el declive demográfico y el agotamiento cultural, entre otros, llevan a una suerte de «decadencia sostenible» en la que no se admite plenamente esa decadencia, pero se augura, en ocasiones, la posibilidad de catástrofe, mientras no se hace nada y se sigue languideciendo. 

Y las que no son ricas y a las que la planificación a largo plazo y unas medidas contundentes —con potenciales efectos demoledores a largo plazo (caso de la política del hijo único en China), pero con brillantes resultados en el medio— han hecho prosperar, olvidan — no se les recuerda desde la cúpula— que el crecimiento económico no puede ser ininterrumpido, y que todo aquello a lo que han renunciado a cambio de ese crecimiento económico —el llamado «dilema económico —, como la libertad en este caso, no lo obtendrán «mágicamente» cuando la situación empeore. 

No solo se genera una decadencia de toda la estructura, sino que ninguna persona es físicamente eterna, lo cual acaba conduciendo a una serie de luchas por el poder una vez desaparecido el emperador. Por ello, las cuestiones sucesorias siempre son complicadas, muy complicadas. 

Baste recordar el caso de la Yugoeslavia «de» Tito, que pasó de ser un país referente en el mundo a caer, tras la muerte del líder en el año 1980, en una sucesión de guerras internas atroces, como no se pensaba podría ocurrir en plena Europa

Un vacío de poder tras la muerte de un longevo autócrata 

Es grande este vacío como grande suele ser el afán de personas y grupos por ocupar todo o parte del poder, y en muchos casos, de nuevo, con narrativas y argumentos de bienestar y ventajas para toda la población. 

Siguiendo con los recuerdos —con la fuerza de los hechos—el impacto que tuvo la crisis yugoslava en Europa y, en conjunto, en el mundo fue brutal, pero sobre todo fue brutal, traumático y demoledor para los antiguos yugoslavos; desde la pérdida de prestigio de las organizaciones internacionales —incapaces de poner o imponer la paz en un territorio asolado por la guerra y la barbarie— a la pugna de actores internacionales por hacerse con algún pedazo del otrora orgulloso país.

Utilizaron fuerzas delegadas y aliados sobre el terreno para ello, sin olvidar que, aún hoy, quedan graves diferendos y potenciales fuentes de conflicto activas en la región —Bosnia, Kosovo, etc.—, amén de rencores y rencillas irredentas. 

Y si ese cúmulo de problemas y dificultades se crea tras la desaparición de un emperador de un país de tamaño medio —algo más de la mitad de la extensión de España—… ¿qué no puede acontecer ante un entorno similar de fractura de naciones del tamaño y poder de Rusia, China o Estados Unidos?

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