Escrito por 10:55 am Tribunas

El Sahel como amenaza para España 

Pese a que muchos llevamos años advirtiéndolo, la situación de esta región tan próxima a nuestro país va cada año peor, y mal hacemos si no la convertimos en una prioridad global de la misma manera que ahora lo son Ucrania y Gaza 

José Segura Clavell 
Director general de Casa África 

12 de abril de 2024 

He percibido mucha sorpresa en la ciudadanía por el hecho de que en el último informe de Análisis de Riesgos para España que elabora el Departamento de Seguridad Nacional (vinculado a Moncloa, a la Presidencia del Gobierno), el de 2023, la situación del Sahel es uno de los mayores riesgos actuales para la seguridad de nuestro país.  

En los últimos cinco años, hemos hecho el recuento estos días, habremos dedicado cerca de una treintena de artículos en los que he abordado la situación del Sahel. Desde Casa África, además de conferencias anuales (las jornadas #ÁfricaEsNoticia de seguridad), seminarios y actividades varias para hablar y que se hable de la región (hasta hemos acogido Reuniones de Alto Nivel o cumbres diplomáticas en colaboración con nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores), presumimos del acierto de haber publicado en nuestra colección de ensayo el que ahora es el título de referencia en nuestro país para conocer en profundidad la violencia yihadista saheliana, con el título Los grupos armados del Sahel, de la académica y periodista Beatriz Mesa (Ed. La Catarata).  

En la lectura conjunta de los artículos que hemos ido publicando, veo que en todos y cada uno de ellos en algún momento mencionábamos la necesidad de que desde España y Europa se prestase más atención a esta región y sus dinámicas de violencia. Sus situaciones securitaria (con grupos violentos de todo tipo enzarzados en varios conflictos de los que la población civil es la principal víctima) y de gobernanza (con Ejecutivos no democráticos tras una sucesión de golpes de Estado) se han ido deteriorando hasta el punto de que, en este informe anual del DSN, el Sahel ya aparezca como uno de los principales riesgos para la seguridad y estabilidad de España.  

En el Sahel, una combinación de factores (violencia, inseguridad, pobreza extrema, desigualdad, hambrunas, cambio climático, mala gobernanza e influencias externas) han volado por los aires los gobiernos democráticos de la región, hasta el punto de que algunos la llaman el ‘cinturón golpista de África’.  

Tras los golpes de Mali, Burkina Faso y Níger, ocurridos en 2021, 2022 y 2023, respectivamente, el que ya había habido en Chad a principios de 2021 y la brutal guerra que está ocurriendo en Sudán (entre dos fuerzas obstinadas en colocar a su propio dictador), ahora mismo podemos trazar una línea que casi cruza todo el continente, desde el Atlántico hasta el Mar Rojo y en la que solo vamos a pasar por países con gobiernos surgidos de golpes militares. En total, en África occidental y central, ha habido ocho ‘coup d’Etat’ en los últimos cuatro años: Guinea, Burkina Faso (2), Chad, Níger, Mali (2) y Sudán.  

Cada golpe de Estado ha tenido sus motivaciones y orígenes diferentes, pero la tendencia es un fenómeno que sin duda merece ser estudiado, y cuyas consecuencias geopolíticas están siendo enormes, especialmente para Europa. Hemos dejado de ser aliado fiable de la región para no solo ser apartados, sino convertirnos en el argumento que justifica que las juntas militares se enroquen en el poder y se acerquen a otras potencias, como Rusia. Eso no es poca cosa: en un momento de ‘tambores de guerra’, en que nadie oculta la posibilidad de la extensión del conflicto de Ucrania con la Rusia de Putin a algún país miembro de la OTAN, el que Rusia incremente su presencia en el Sahel debe preocuparnos.  

Quizás estamos sobredimensionando la verdadera fuerza y presencia de Rusia en la región, pero también lo es que en el juego africano de Putin en nuestro vecindario se conjugan un efectivo uso de la desinformación con profundo aroma antioccidental (especialmente antifrancés), vías de recaudación millonaria lejos del bloqueo financiero y las sanciones de la UE y Estados Unidos a través del intercambio de minerales (principalmente, oro) por ayuda militar y, finalmente la perspectiva de poner nerviosa a Europa por tener ascendencia en los gobiernos con los que los países europeos deben y quieren hablar para vigilar de cerca el fenómeno migratorio, que será el tema protagonista de las Elecciones europeas de junio.   

En la región a diario siguen pasando cosas, cosas importantes. Este pasado miércoles, el Gobierno de la Junta militar de Mali, alegando motivaciones “de orden público”, suspendió hasta nueva orden toda actividad de cualquier partido político existente en el país, y un día después prohibía a los medios de comunicación informar sobre los partidos políticos. Recordemos que Mali tuvo un primer golpe de Estado en agosto de 2020, un segundo golpe en 2021 y que su Junta militar (liderada por Assimi Goita) prometió elecciones en 2022 (promesa que no cumplió) y hace unos meses anunció que posponía por motivos de seguridad las elecciones previstas para febrero de este 2024. Ya no hay ni nueva fecha.  

La excusa de los militares malienses para seguir en el poder es la misma que provocó su llegada: la inseguridad debida a la presencia de fuerzas yihadistas en el país, que ahora el Ejército maliense combate de la mano de fuerzas de mercenarios rusos (antes Wagner, ahora directamente vinculados a Rusia). Ahora ya no hay fuerzas ni francesas ni europeas, se ha disuelto como un azucarillo la iniciativa del G-5 Sahel, el papel de la CEDEAO (la comunidad económica de Estados de África occidental) y la propia Unión Africana están más cuestionados que nunca, y lo peor de todo es que, en lo referente a la violencia, todo va a peor.   

Hay que recordar que la insurgencia yihadista en Burkina Faso, Mali y Níger dura ya una década, impulsada por la rama saheliana de Al Qaeda (conocida como JNIM) y la provincia del Sahel del Estado Islámico (IS Sahel). Los datos que recopila un organismo llamado ACLED lo evidencian: 2023 fue el año con mayor número de muertes violentas registradas, 12.224 (un 38% de aumento en todo el Sahel central), y un incremento de las muertes de civiles de más del 18%. Mali, Níger y Burkina han prometido actuar juntos para atajar la amenaza de expansión yihadista, pero los resultados, lejos de mejorar, empeoran día a día. 

Así que la pregunta ahora es, a la vista de que el Sahel ya es, formal y oficialmente, una gran amenaza para España, cómo actuar ante ella. En este sentido, lo que más me preocupa es que la lectura que hacen medios de comunicación y algunos partidos políticos (principalmente a la derecha) de lo que dice el Departamento de Seguridad Nacional es que el peligro del Sahel se vincula principalmente a las migraciones (inmenso error), incrementando la imagen y perspectiva de los migrantes subsaharianos como amenaza y peligro. En la caricatura, se pretende sustituir la imagen de un pobre muchacho subsahariano que sube a la patera huyendo de la miseria más absoluta por la de uno armado hasta los dientes que viene a poner nuestra vida en peligro. Y no es así.  

Si bien el informe del DSN menciona también el crecimiento de la inmigración irregular desde África como un factor de peligro para nuestro país, debemos hacer la pedagogía de que cuando habla del Sahel, la principal amenaza de la que nos habla no es la migratoria. El peligro del Sahel es el terrorismo yihadista, son Al Qaeda y el Estado Islámico, y que estas bandas terroristas logren imponer su ley y sus prácticas en una región que, en la práctica, bloquee cualquier desarrollo. El peligro es un enorme espacio de tres, cuatro o cinco Estados fallidos en los que impere la ley del más fuerte y sigan aumentando la violencia y los tráficos ilícitos de todo tipo (entre ellos, las drogas procedentes de América Latina, un tema del que escribiré en otra ocasión).  

Y ahí, en medio de todo el conjunto de amenazas que surgen al tener a Al Qaeda y el Estado Islámico campando a sus anchas, sí aparece como una de ellas la migración, donde hombres y mujeres, víctimas directas de la vida en un espacio peligroso e inhabitable, huyan al no poder aprovechar el enorme potencial económico que existe, tengan que renunciar a la prosperidad en los pueblos y ciudades en los que nacieron y se criaron.  

Lo que debe quedar claro y quizás no es evidente en los titulares sobre el informe del DSN es que el principal peligro lo corren y lo sufren los ciudadanos del Sahel, asesinados, explotados, desplazados, amenazados y atacados por diferentes grupos armados e incluso, en ocasiones, la propia naturaleza. Ellos, las víctimas, son las que migran, y paradójicamente los europeos consideramos como el gran peligro. En la actual configuración es muy improbable que los terroristas que allí operan nos alcancen, pero también es muy probable que esos ciudadanos decidan tomar la vía de subirse a una embarcación precaria e intentar llegar a nosotros y ponerse a salvo o morir en el intento.  

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