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‘El Sueño de una noche de verano’: cuando el Teatro Real toca el cielo.

Manuel Espín

 En su época contemporánea el Real ha puesto en escena distintas óperas del británico Benjamin Britten (1914-1976) uno de los grandes del género, a la altura de los maestros intocables de otros tiempos . Dos de esos anteriores montajes contaron con la dirección escénica de Deborah Warner y el trabajo coreográfico de Kim Brandstrup: ‘Billy Bud’ (2017) y Peter Grimes’ (2021). En la tercera, este ‘Sueño de una noche de verano’ de la que se representan de forma sorprendente solo seis escasas funciones hasta el día 22 de marzo, el Real coproduce con el Ballet y la Ópera de Londres y el Maggio Musicale Fiorentino, donde se verá en próximos meses.

 Trasposición musical de la obra de Shakeaspeare, fue en realidad un trabajo de encargo para la reapertura de un auditorio en Aldeburgh en 1960 que Britten compuso en seis meses con la colaboración en el libreto de su pareja sentimental, el tenor Peter Pears (1910-1986). En este viaje se eliminó la primera parte de la obra de Shakeaspeare que transcurre en la Atenas clásica, y la historia empieza directamente en el bosque. 

 De principio hay que decir que la partitura de Britten es realmente sublime, con un encanto seductor en el que se crea una orquestación con gran presencia de la cuerda, y protagonismo del arpa, clave y flauta, con un clasicismo musical entroncado en una rica tradición creando una obra intemporal de una solidez radical. Ivor Boltom al frente del foso y al que habitualmente hemos visto en óperas del barroco potencia esa encantadora magia presente en el origen musical de una fábula en la que habitan hadas y elfos, amantes atenienses y hombres rústicos del campo.

 Warner, la directora escénica de la mano de su figurinista Luis Filipe Carvalho evita el recurso de disfrazar a los personajes del mundo de Peter Pan como ha sido habitual en otras producciones de esta obra. Por el contrario, la base de ese vestuario es lo contemporáneo: las hadas llevan pantalones y unas elegantes faldas cortas iluminadas, los atenienses de etiqueta parecen salidos de una elegante fiesta, y los rústicos agricultores han dado paso a operarios y trabajadores en obras públicas de nuestros días, casi de ‘The Full Monty’. 

 Ese cambio de época que en la reciente ‘Carmen’ vista en este mismo escenario se convertía en un horror de mal gusto, resuelta extremadamente elegante y estilizada porque ‘El sueño…’ parte de un sobrio y bien logrado especio escénico  creado por Cristof Hetzer de gran belleza formal a base de un fondo negro con parte de suelo de tono azabache del que en el tercer acto a modo de libro abierto se reconvierte en teatrillo. Con la complicidad de una gran iluminación de Urs Schönebaum, y especialmente del concepto coreográfico, que no coreografía como tal, creado por Brandstrup, uno de los mayores logros de la producción. El movimiento escénico es espectacular y está al servicio de la historia que cuenta.

 La directora teatral utiliza una excelente idea: desdobla al personaje de ‘Puck’ en dos presencias fisicamente parecidas: una vocal a cargo de un dinámico Daniel Abelson y otra acrobática en manos de Juan Leiba en una gran aportación de danza vertical desplazándose desde lo alto del escenario a la parte inferior y ‘volando’  literalmente sobre el espacio.

 Lo asombroso de esta producción, una de las mejores vistas en los últimos tiempos en el Real tras la  decepcionante ‘Carmen’ y el buen sabor de boca de ‘Adriana y Barbazul’, es la capacidad de la dirección para conservar el mundo de fascinación y magia de los originales tanto argumental como musicalmente sin recurrir a la cursilería o la ñoñería. 

 Su trabajo es meritorio, acentuando ese tono originalmente romántico donde se agazapa el deseo, con el ensamblaje entre la naturaleza y los seres humanos tan típico del género pero en esta ocasión bien resuelto desde el punto de vista estético. Warner utiliza la ironía con unos tonos desbordantes muy británicos donde no hay el menor atisbo de zafiedad sino de frío humor gestual, y como directora de cantantes-actores saca el mejor partido de un plantel de voces de primer nivel en lo que parece casi una obra muy coral donde brilla el reparto en su conjunto.

 Iestyn Davies es un ‘Oberon’ irónico entre la rusticidad y la ironía más desaforada, y se lleva una de las mayores ovaciones de la función, Christine Rice (‘Hipólita’), Liv Redpath (Titania), Simone Mc. Intosh (Hernia), Jacqueline Wagner (Helena) ofrecen encanto. Con la solidez vocal y el trabajo actoral de Thomas Oliemans (‘Teseo’), Sam Furness (‘Lysander’), Jacques Imbraio (‘Demetrio’), Clive Bailey (‘Botton’), Henry Waddington (‘Quince’), Ru Charleswoth (‘Flute’), Stephen Richardsoin (‘Snug’),John Graham-Hall (‘Snout’) y William Dazely (‘Starveling’). En un conjunto de admirable soltura escénica y vocalmente excelentes.

 A lo que hay que unir el numeroso coro infantil de la ORCAM dirigido por Ana González, la aportación del numeroso grupo de jóvenes bailarines masculinos y femeninos, así como de los actores infantiles. Donde esta producción viene a mostrar que fantasía, magia, imaginación, amor, naturaleza pueden ser tratados con la mayor distancia posible de la cursilería. 

 Solo hay que lamentar las escasas representaciones en el Real, a la que por otra parte hay que presuponer un alto coste y muchos condicionantes por las obligaciones diarias educativas de tantos niños y niñas. El encanto de Shakeaspeare y la fascinación de Britten se conservan en la encantadora dirección escénica de Wagner.

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