Escrito por 6:58 pm Cultura

Entre Cervantes y Goya

Por Francisco Rico

Reproducimos el artículo de Francisco Rico . filólogo, miembro de la Real Academia Española titulado “Entre Cervantes y Goya” sobre la serie pictórica “El Coloquio de los Perros” de Sofía Gandarias que se expone en el Instituto de México, sito en Carrera de San Jerónimo, 46 de Madrid hasta el próximo 20 de junio en triste coincidencia con su fallecimiento el pasado 27 de abril en Barcelona.

La exposición cuenta con veintiocho lienzos de un singular y revelador diálogo entre la obra plástica de Sofía Gandarias y el coloquio entre Cipión y Berganza del genio cervantino, en el año en que se cumple el 400 aniversario del fallecimiento de Miguel de Cervantes.

Hacían falta la intuición profunda, la mirada larga y la excepcional capacidad expresiva de Sofía Gandarias para acometer y lograr la primera gran versión plástica del Coloquio de los perros. El Coloquio, enmarcado en la historia del Casamiento engañoso, es quizá la más compleja y rica de las Novelas ejemplares (1613), a las que no en balde sirve de conclusión y en cierto modo recapitula. En el Coloquio están, en efecto, todos los temas y estilos presentes en ellas. Desde el rincón del vallisoletano Hospital de la Resurrección, para pacientes de sífilis, Cipión y Berganza, perros, y por perros doblemente cínicos, contemplan un pequeño universo de personajes singulares y extravagantes, costumbres llamativas, ambientes picarescos…, pero también con momentos estilizados, y todo entre la realidad y el ensueño, por el prodigio de los canes parlantes  y el fascinador trasfondo de brujería.

Es, sin embargo, el caso que tan inquietante retablo de episodios y personajes no había penetrado sino en una medida mínima en el dominio del arte. Hasta que Sofía Gandarias ha puesto los ojos en él, la trayectoria gráfica del Coloquio apenas cuenta con una pieza de algún valor: los dos finos grabados del holandés Jakob Folkema incluidos primero en una traducción francesa (1713) de las Novelas y después en la edición del original publicada en El Haya, en 1739, al cuidado de Pedro Pineda, atrabiliario y a ratos estupendo profesional de la tipografía. Posteriormente, sólo alguna lámina suelta en tal o cual impresión ha venido a aumentar el parco catálogo visual del relato cervantino.

Con los lienzos de Sofía estamos, pues, ante un principio absoluto y con el grado supremo de la originalidad. Una figuración del Quijote siquiera remotamente realista no puede prescindir, incluso si es para contrastarlos, de los arquetipos de una tradición que va ya por los cuatrocientos años. Frente al Coloquio, el artista, nuestra artista, tiene el campo franco: sólo te toca medirse con ella misma.

Que no es poco. A Sofía la han atraído constantemente la literatura y los creadores de gran literatura. Desde «Presencias», en los primeros años ochenta, con Lorca, Borges, Rosalía de Castro, Rubén, García Márquez y tantos más, hasta las series «Pessoa» o «Primo Levi», sus pinceles han vuelto asiduamente sobre ese mundo. En los espléndidos retratos de escritores que a lo largo de los años ha ido plasmando, Augusto Roa Bastos  realzaba «el arduo y lento trabajo de indagación, de prospección en la vida y la obra de sus modelos: de penetración en esos mundos íntimos poblados de grandezas y miserias como todo lo humano»; y José Saramago señalaba que los elementos figurativos que a menudo organiza para flanquear al retratado buscan «completar, en el propio nivel, la enigmática propuesta del cuadro». Una de las  últimas series aludidas, del primer decenio de nuestro siglo, versa sobre «Kafka el visionario» y muy bien pudo haberse unido a la ahora exhibida, con el título «El coloquio de los perros: de Cervantes a Kafka». Y de hecho, rotulado como «Las investigaciones de un perro», los «Pensamientos de Berganza» formaba parte de la exposición de «Kafka el visionario».

Conviene hacerse cargo de esa línea de continuidad de lo visionario. En una primera aproximación, la literal, Sofía toma partido en la que es una de las cuestiones esenciales del Coloquio. Afirma Campuzano:

«Yo oí y casi vi con mis ojos a estos dos perros, que el uno se llama Cipión y el otro Berganza, estar una noche, que fue la penúltima que acabé de sudar, echados, detrás de mi cama, en unas esteras viejas, y a la mitad de aquella noche, estando a escuras y desvelado, pensando en mis pasados sucesos y presentes desgracias, oí hablar allí junto, y estuve con atento oído escuchando por ver si podía venir en conocimiento de los que hablaban y de lo que hablaban… Muchas veces después que los oí, yo mismo no he querido dar crédito a mí mismo, y he querido tener por cosa soñada lo que realmente estando despierto con todos mis cinco sentidos, tales cuales Nuestro Señor fue servido de dármelos, oí, escuché, noté y finalmente escribí, sin faltar palabra… Las cosas de que trataron fueron grandes y diferentes, y más para ser tratadas por varones sabios que para ser dichas por bocas de perros. Así que, pues yo no las pude inventar de mío, a mi pesar y contra mi opinión, vengo a creer que no soñaba, y que los perros hablaban».

A partir de ahí, la duda reiterada en la novela consiste en «si hablaron los perros o no». A la postre, Peralta no quiere debatirlo más y decide irse a pasear por el Espolón, «a recrear los ojos del cuerpo», pues –concluye– ya ha recreado «los del entendimiento». Son éstos también los que prefiere Sofía, pero optando por contemplar como una cadena de visiones la experiencia de Campuzano.

Ni sería posible hacerlo aquí ni yo tengo autoridad para glosar en detalle, y menos en aspectos técnicos, los veintiocho cuadros de nuestra serie. Como filólogo, no puede menos de encantarme la sensibilidad con que Sofía se fija en el adagio clásico «Habet bovem in lingua» o traduce la locución mutatio caparum a un delicioso despliegue de color. Pero eso son, se diría, notas al pie. Desde un punto de vista semántico y más definitorio, es diáfano que cautivan a Gandarias en especial las personas de las brujas y el ámbito de la brujería, con la Cañizares y sus consideraciones por delante. «Dirás tú ahora, hijo, si es que acaso me entiendes, que quién me hizo a mí teóloga, y aun quizá dirás entre ti: “¡Cuerpo de tal, con la puta vieja! ¿Por qué no deja de ser bruja pues sabe tanto, y se vuelve a Dios, pues sabe que está más pronto a perdonar pecados que a permitirlos?”». Frente a ella, la Colindres, la Camacha «burladora falsa» y la Montiela, «tonta, maliciosa y bellaca», son pura degradación de la fisiología y la sexualidad, por otra parte en un entorno por el que vaga siempre la sombra del diablo. No falta quien acusa a Berganza de ser «demonio en figura de perro», pero la pintora propone la dignidad de los protagonistas caninos con la composición paralela de «Pensamientos de Berganza» y «Cipión (Cervantes)», como quien desvela de dónde proceden los factores de racionalidad del conjunto.

Insisto en que no es factible ni del caso glosar los soberbios veintiocho óleos que lo componen. Triunfa en ellos, apuntaba, la interpretación del Coloquio como visión de visiones. Porque, como fueran en la novela, los que podrían no pasar de sucesos reales y puntuales atestiguados por Campuzano a través de Cipión y Berganza, Sofía los traslada al dominio onírico, mágico y misterioso de la visión. Los fondos oscuros, los perfiles borrosos, las tonalidades que se entremezclan, los rasgos en fuga…, las formas, en definitiva, y sustancialmente las formas, constituyen la auténtica lectura que Sofía Gandarias nos ofrece del Coloquio de los perros. Pero la tradición también juega su papel, como respaldo de la exégesis. Algunos críticos recordarán el expresionismo de un Kokoschka, de Egon Schiele, menos de Munch… Pero incluso legos como yo no podrán sino sentirse devueltos a las pinturas negras de Goya. A la altura de ese insigne linaje se sitúa este coloquio de Sofía Gandarias con Miguel de Cervantes y su fauna perruna, humana y diabólica.

Completan los contenidos de esta exposición dos retratos de Octavio Paz y Carlos Fuentes, quien escribió a propósito de la serie de retratos de la recientemente fallecida artista vasca:

«El corto siglo XX, sus desesperados, lúcidos, pasajeros artistas –tantos de ellos, como Sofía, españoles: Buñuel, Valle Inclán, Picasso, Miró, Alberti, Lorca, Cernuda, Hernández, Tàpies, los Saura, Berlanga, Prados, Guillén, Pedro Salinas, Chillida– buscaron afanosamente, a partir de la representación crítica de una de las culturas más ricas de Europa, el rostro de la universalidad contemporánea. Es una de las características más espléndidas de España, tantas veces dormida, tantas veces altanera, tantas veces harapienta y mendicante, que en sus momentos maravillosos logra resumir en grandes figuras el temple universal de toda una época: ayer Quijote, Celestina y Don Juan; hoy, toro de Guernica, ojo rebanado de Buñuel, forma para siempre liberada de Miró. A la postre, sin embargo, el genio español se resume en este descubrimiento: la única universalidad de nuestro tiempo es la universalidad de la violencia. Es el pasaporte de nuestra humanidad contemporánea. Las visas de entrada –rara vez de salida– rezan: Auschwitz, Gulag, Hiroshima, Sarajevo…

»En mi propio retrato, Sofía Gandarias ha recordado la violencia mexicana, latinoamericana. Mi contexto es la Plaza de las Tres Culturas, el espacio ensangrentado donde Pedro de Alvarado alanceó a miles de aztecas indefensos durante las fiestas de Toxcatl en 1521, donde Gustavo Díaz Ordaz ordenó la muerte de más de quinientos jóvenes mexicanos en 1968: Tlatelolco, nombre del sacrificio. Se llama “Trelau” en Argentina, “Dawson” en Chile…

»Sofía Candarías abarca y universaliza de este modo la violencia de nuestro pequeño siglo veinte. Cada una de sus pinturas es una protesta, una llamada de alarma contra ese otro peligro designado por Goytisolo, el memoricidio».

SOFÍA GANDARIAS (Gernika, 1957-Madrid, 2016), fue una artista precoz, tempranamente poseída por la pintura. Su desarrollo artístico, no obstante, no puede separarse de su profunda pasión por la música. Artista de vasta cultura, música, pintura y literatura fueron, junto al compromiso político, pasiones inseparables en su vida. 

Sofía Gandarias ha sido, junto a su marido Enrique Barón, patrona decisiva en la labor de la Fundación Yehudi Menuhim España.

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