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ERDOGAN, ENTRE LA OTAN Y MOSCÚ, TRATA DE RESTABLECER EL IMPERIO OTOMANO 

Resumen del artículo de Pedro Sánchez Herráez, coronel del Ejército de Tierra, doctor en Paz y Seguridad Internacional y analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) “Siglo XXI: ¿El retorno de los imperios… también del otomano? Documento de Análisis IEEE 53/2025. enlace web IEEE.

Desde el fin del siglo XIII hasta la primera parte del siglo XX, el Imperio otomano construyó una poderosa realidad, devino en un actor clave en gran parte del planeta. Surgido de un pequeño emirato, su expansión marcó un antes y un después para multitud de espacios y pueblos; derrotó al Imperio bizantino, conquistando su capital, Constantinopla, en el año 1453, pasando a ser, precisamente, la capital del naciente Imperio otomano. 

Se expandió rápidamente por Europa —llegó a poner sitio a Viena en dos ocasiones, en los años 1529 y 1683—, en el marco de disputas constantes con otros imperios y naciones —baste recordar la batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571—, y su presencia en la península balcánica fue constante hasta el siglo XX, así como en Oriente Medio y en el norte de África, constituyendo la entidad dominante en dichas regiones, y donde ciudades como Argel, la Meca —ciudad santa del islam— o Basora estuvieron bajo la égida de Constantinopla, muestras palpables de su poder. 

Obviamente, como toda estructura que pervive en el tiempo y que ha de hacer frente a rivales y desafíos, pasó por diferentes etapas y circunstancias; y así, se fueron generando leyes e instituciones para poder atender a tan amplio imperio (más de cinco millones de kilómetros cuadrados). 

Durante la llamada «Era de la Transformación», se fue generando un imperio muy burocratizado y centrado en la defensa del islam suní — lo cual le enfrentaba con los imperios católicos y generaba ciertas disfunciones con el mundo árabe—, si bien, posteriormente, en la etapa denominada «Tanzimat» (1839 1876), se pretendió introducir reformas más basadas en el modelo organizativo europeo. 

Esto se produjo debido a que las sucesivas derrotas frente a otros imperios, como el austrohúngaro o el ruso, en una era también de pugna, fueron marcando el declive otomano en Europa, a la par que el crecimiento de los nacionalismos en su seno, surgidos de manera tanto endógena como alentada por las nuevas potencias, especialmente las europeas —los Balcanes constituyen un paradigma de esa realidad— fueron generando disfunciones y debilitaron la estructura imperial, que, pese a los intentos de adaptarse y a las reformas emprendidas, resultaban más ineficientes que las estructuras más dinámicas de las nuevas potencias. 

Con Atatürk nace la Turquía moderna 

Un sistema muy burocratizado, corrupto e ineficiente; una economía menos ágil y dinámica que la de los rivales —en plena época de revolución industrial—; la aparición de los movimientos nacionalistas por todo el Imperio, junto con un declive militar —se efectuaron pocas reformas militares frente a rivales mejor equipados, con armamento y tácticas más modernas— fueron produciendo un retroceso en todos los órdenes del poder, hasta que la derrota sufrida en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), al encontrarse Constantinopla en el bando de las potencias perdedoras, selló su final. 

Tras dicha derrota, se sucede una catarsis: el sultanato quedó abolido y se estableció la República Turca en 1923, por Mustafa Kemal Atatürk, la en ocasiones conocida como Turquía moderna. Se produjo una suerte de ruptura con el pasado, planteándose nuevas políticas e ideologías frente al período otomano, presentando la modernidad frente a un tiempo anterior anquilosado, marcando un cambio profundo de orientación en la «nueva nación»; así, la República pasa a ser laica, estableciendo una poderosa separación entre Estado e islam —la religión profesada por la mayor parte de la población—, se potencian las estructuras de Estado nación frente a las imperiales, buscando incrementar la unidad nacional, además de fomentar el desarrollo económico e industrial del nuevo país, así como aproximarse a Europa y Occidente, intentando integrarse en sus estructuras y organizaciones. 

Un país europeo y asiático 

Turquía es un país que «es a un tiempo europeo y asiático»; tiene frontera con los espacios árabes, pero no es un país arábico, y tiene frontera —y una pequeña parte de su territorio ubicada geográficamente en suelo europeo—, pero tampoco ha sido reconocido como un país europeo, pese a los intentos de ingreso en la Unión Europea o la multiplicidad de iniciativas y acciones europeas en las que participa, y aunque formalmente desde el nacimiento de la nueva Turquía, es un Estado laico, más del 90 % de la población profesa la religión musulmana, especialmente suní. 

Además, preciso es recordar que Turquía controla la entrada y salida al mar Negro —y, desde este, al Egeo y al Mediterráneo—, por los llamados «estrechos turcos» —Bósforo y Dardanelos—, espacios marítimos clave, pues constituyen la única posibilidad de salida a mares abiertos —a través, ciertamente, de los citados Egeo y del Mediterráneo— para Bulgaria, Rumanía, Ucrania y Georgia (simplemente, plantearse la trascendencia de esta realidad en estos momentos de guerra en Ucrania) hecho que es importante en la actualidad como lo ha sido a lo largo de la historia; basta también recordar las guerras —más de una decena— sostenidas por el Imperio ruso y el Imperio otomano por el control del mar Negro y la salida al Mediterráneo —entre otros aspectos— entre el siglo XVII y el XIX, contribuyendo dichas guerras al declive de la Sublime Puerta. Por ello, las relaciones entre Ankara y Moscú han sido siempre, cuanto menos, tensas. 

Está en la OTAN y en el Consejo de Europa, pero no se la reconoce, plenamente, como Europa. 

Turquía forma parte de la arquitectura de defensa de Europa… pero no llega a ser reconocida, plenamente, como Europa

De hecho, Turquía es miembro de la OTAN desde 1952, constituyendo un punto capital para ser parte de la Alianza, precisamente, y entre otras cuestiones, su capacidad para controlar los estrechos y los movimientos a través de estos de la ya extinta Unión Soviética… si bien también desde Turquía se interpretaba dicha pertenencia como una aproximación más, otro paso hacia Occidente y Europa. 

Pero Turquía no solo es miembro de la OTAN, sino también lo es del Consejo de Europa —que no de la Unión Europea, de la que sigue siendo candidato al ingreso desde el año 1999, aunque las negociaciones se encuentran un tanto estancadas—. Turquía forma parte de la arquitectura de defensa de Europa… pero no llega a ser reconocida, plenamente, como Europa. 

Esa dualidad, compleja de gestionar tanto desde el punto de vista de política interior como exterior y más cuando el orden mundial se reconfigura, posiblemente condujo a una visión alternativa, a recuperar la cosmovisión de Turquía como el puente, y no solo terrestre, entre Europa, Asia y Oriente Medio.

Una figura clave: Recep Tayyip Erdogan. Entre la OTAN y Moscú

En la gestión de esa compleja dualidad, de esa encrucijada física y geopolítica, aparece una figura clave: Recep Tayyip Erdogan. Con largo recorrido como político en los más altos niveles de gobierno del país, presidente del mismo durante once años y jefe de Estado desde el año 2014, ha ido acumulando poder y desarrollando una política exterior más ambiciosa y más independiente, y mostrando un mayor acercamiento a los países musulmanes. 

Esta nueva orientación y los efectos inducidos hacen que, en ocasiones, se señale que es el hombre que más cambios ha introducido en el país desde Atatürk, lo cual también ha generado, lógicamente, disensiones internas. 

Turquía es miembro de la OTAN, Turquía es miembro del Consejo de Europa… pero diferentes acciones marcan, aparentemente, la elección de un camino propio y con un alto grado de autonomía. Así, la búsqueda de la membresía en el grupo BRICS —una organización internacional ciertamente heterogénea, pero que en cierta medida se entiende como un contrapoder frente al orden internacional «occidental»— constituye un claro ejemplo del intento de ganar peso internacional al margen de los aliados tradicionales. 

Por eso, en la actualidad, Ankara bascula, en cierta medida, entre la OTAN y Moscú, en una suerte de «vaivenes», de una manera muy pragmática y atendiendo a sus propios intereses —gran parte de la energía que precisa procede de Moscú, a la par que su posición geográfica permite que el Turkish Stream, desde Rusia, alimente Europa—. 

Así, por ejemplo, adquirió sistemas de defensa antiaérea S-400 rusos en lugar de sistemas norteamericanos… ambivalencia en una cuestión tan sensible como la defensa antiaérea, manteniendo que dicha decisión, la elección de armamento ruso en un país integrado en el sistema de defensa aérea de la OTAN, constituye una decisión estrictamente soberana que atiende a los intereses de Turquía, y manteniendo, en este como en otros ámbitos, una política exterior independiente que permita a la nación turca compatibilizar lazos históricos y relaciones pragmáticas tanto con el entorno euroasiático como como el euroatlántico. 

Erdogan: «el mundo es más grande que cinco (naciones)»

No solo eso, sino que el presidente Erdogan ha llamado a la necesidad de un nuevo orden mundial en la Asamblea de las Naciones Unidas, reiterando que «el mundo es más grande que cinco (naciones)» —haciendo mención a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y su derecho a veto—, señalando que, en el mundo actual, se muestra inoperante para resolver las crisis y conflictos abiertos y que solo sirve para que se rija por los intereses y perspectivas de esas cinco naciones —Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia—. 

En su obra “Un mundo más justo es posible” señala que el mundo no es ya unipolar ni bipolar, ni existe una cultura dominante, y que es factible crear un mundo multicéntrico, multicultural, más inclusivo y justo. 

De hecho, Erdogan señaló su intención de colocar a Turquía entre las primeras diez naciones del mundo en su discurso tras la victoria en las elecciones de 2018, así como se plantea que Turquía será una superpotencia logística en el año 2053, por medio del desarrollo y crecimiento de sus infraestructuras de comunicación y transporte, en una clara muestra de un empleo inteligente y con visión geopolítica de su posición como potenciales pasos alternativos. 

¿Es posible hablar de neootomanismo?

Turquía se plantea su posicionamiento, se replantea el orden mundial, pretende estar entre las naciones con peso específico global. ¿Neootomanismo? El neootomanismo, entendido de forma genérica como un afán turco por revivir la capacidad de influencia y de acción de Ankara en el antiguo espacio ocupado por el Imperio otomano, que abarcaba espacios y territorios en tres continentes, se manifiesta empleando diferentes formas de influencia y poder, como son los vínculos culturales, económicos y políticos —e incluso los religiosos—. 

Desarrollado especialmente durante el mandato de Erdogan, implica un cierto alejamiento de las políticas turcas previas — incluyendo el acercamiento a Europa—, y buscando una mayor presencia e influencia en el resto de los espacios vinculados, en el pasado, al Imperio otomano. Pero no hay ni acuerdo ni visión clara sobre dicho concepto, o ni siquiera sobre si se está produciendo. 

De hecho, para determinados analistas, esta opción, esta acción no viene directamente asociada al intento turco de recreación del Imperio otomano, sino, simplemente, a mostrar una suerte de liderazgo de Ankara en esos espacios. Así, en ocasiones se afirma que el neootomanismo no explicaría la política exterior de Ankara, y sí se puede hacer desde determinadas ópticas económicas y geopolíticas, llegándose a señalar, de una manera contundente, que «el día que Erdogan lidere un ejército para conquistar Viena, entonces estaremos ante neootomanismo». 

Sin embargo, otras corrientes apuntan a la concepción del neootomanismo como el fundamento de la política exterior turca en Oriente Medio—y en otras zonas— ante el temor de quedar como una zona colchón —recordando su posición central y de encrucijada—, y más aún en el marco de la disputa geopolítica global en curso. 

Y para ello el empleo del neootomanismo, o panturquismo, presenta unos paradigmas distintos a los empleados por Occidente… o por otros imperios, aunque oficialmente, desde Ankara, la postura sea rechazar cualquier afán neootomano. 

El orgullo del pasado imperial, llena los discursos de Erdogan

Por otra parte, una narrativa plena de orgullo y del legado otomano, de nacionalismo y de pasado imperial, llena los discursos de Erdogan y de otros dirigentes turcos; incluso la reconversión de Santa Sofía de museo en mezquita en el año 2020 fue señalada como un afán de ese retorno al pasado otomano imperial, recibiendo comentarios desde la propia UNESCO, que lamenta la adopción de dicha decisión realizada sin diálogo previo y señalando que tal medida podría generar cuestionamiento del valor del monumento como símbolo universal de diálogo. 

Ciertamente tantos siglos de historia no desaparecen fácilmente, y más considerando que las nuevas narrativas se apoyan en un recuerdo u olvido selectivo del pasado entre unos y otros, y más si se emplea la variable religiosa, pues en ese caso la dialéctica es «nosotros» frente a «los otros». 

De hecho, Turquía está sacando buen partido de sus fortalezas en este nuevo «gran juego mundial»: su posición geográfica entre tres continentes, un poder militar y una industria de armamento creciente y con productos que pueden cubrir, a un coste y relación de eficiencia muy adecuados, las necesidades de muchos de los países donde proyecta expandir su influencia (los drones constituyen un caso paradigmático de estos materiales), y un desarrollo económico en el que el despliegue de infraestructuras de transporte y energía cobran un papel importante, dan testimonio de ese renovado afán de grandeza.

Alto nivel de preocupación en algunos países vecinos

El hecho es que esa influencia y presencia reciente de Turquía en esos espacios ha generado un alto nivel de preocupación en algunos países vecinos, como Grecia, Armenia o incluso países árabes, que contemplan cómo la influencia turca también puede ser entendida en clave de lograr una supremacía en el islam y en el mundo musulmán. 

Así, se señala la presencia creciente en regiones como Balcanes, Cáucaso, Oriente Medio y norte de África, por medio de una política exterior muy activa en áreas que coindicen en gran medida con los límites del antiguo Imperio otomano, lo cual apunta a ese resurgimiento otomano. ¿O no? 

¿La fuerza de los hechos? Tal y como señala la propia página del Ministerio de Asuntos Exteriores turco, el momento de incertidumbre que atraviesa el planeta, con la creciente impredecibilidad de crisis y conflictos, y especialmente en la vecindad de Turquía, la erosión del multilateralismo, de los valores universales y las crecientes rivalidades económicas y políticas entre las distintas potencias, junto con la ineficacia de los organismos de gobernanza global, motivan que Turquía debe presentar «una política exterior sólida sobre el terreno y en la mesa». Continúa indicando que Turquía, con una larga tradición diplomática, basa su fortaleza en varios factores: su posición geográfica central, una larga experiencia histórica, la solidez de sus instituciones, una potente demografía y una economía dinámica. Y así, en el que denomina «Siglo de Turquía» —coincidente con el centenario del nacimiento de la República—, se da prioridad al fortalecimiento de la paz y la seguridad regional, a promover el desarrollo económico y la prosperidad en la región y a tener influencia en la modificación del sistema global actual, en línea con el principio «paz en casa, paz en el mundo». 

El país europeo más oriental y asiático más occidental

Para ello, señala, Ankara pretende ampliar sus relaciones estratégicas internacionales existentes y crear otras nuevas; y así, definiéndose como «el país europeo más oriental y asiático más occidental», e incluso señalando que «Turquía es parte de Europa», a continuación afirma que la Organización de Estados Túrquicos, basado en las raíces históricas del mundo turco, se muestra muy activa en el desarrollo de proyectos y en diferentes áreas, y reitera que uno de sus sellos distintivos está basado en los siglos de historia compartida. 

Turquía pretende no solo obtener ventaja de su posición central, sino en un afán de minorar debilidades —como una gran dependencia energética, incrementando las compras a Azerbaiyán para no depender en exceso en este aspecto de Moscú—, a la par que pretende convertirse en un hub de distribución de energía, por lo que intenta evitar que lleguen infraestructuras de transporte de energía a Europa que no discurran por su territorio, generando de esta manera una poderosa herramienta de presión geopolítica. 

Así, y de manera no exhaustiva, basta recordar la ampliación, más allá de la normativa internacional al respecto, de su zona económica exclusiva marítima en noviembre de 2019, junto con Libia, cuyo gobierno «formal» (pues esta nación constituye un país fracturado) es aliado de Ankara, para intentar poner trabas a la potencial construcción de un gasoducto desde el Mediterráneo oriental hasta Italia, lo que ha llegado a ser denominado como «la guerra del gas en el Mediterráneo oriental». 

O que a Turquía tampoco le convenga un corredor para otro tipo de recursos que rodee el puente terrestre entre Asia y Europa que este país representa, lo que llevó al presidente Erdogan a anunciar que impulsaría un corredor alternativo desde el puerto iraquí de Great Faw y  llevando a cabo intensas negociaciones con Irak, Emiratos y Catar para la construcción de la llamada Ruta del Desarrollo, como punto de paso desde el golfo Pérsico hacia el Mediterráneo oriental. 

La importancia capital de estas infraestructuras —y los espacios por los que discurren— es tal que basta, una vez más, comprobar como Estados Unidos, recientemente, está tomando cartas en el corredor Zanzegur —que, desde Turquía, y pasando por el Cáucaso sur, llegará a Asia Central— pues constituyen herramientas de poder y son claras muestras de la importancia de estas acciones aparentemente solo con un trasfondo económico. 

La doctrina de la «patria azul»

Y todo ello sin olvidar otros pilares del poder, como es el militar. Así, Turquía es y pretende incrementar su capacidad como potencia naval en el Mediterráneo oriental. De hecho, comenzando el año 2025, el ministro turco de Defensa anunció que se estaban construyendo nuevos buques de guerra, incluyendo un portaviones, en afán de incrementar la capacidad de proyección de poder. 

Esta acción guarda relación con una política exterior más activa, a la par que busca incrementar las capacidades en el Mediterráneo oriental —como también en el Egeo y el Caspio— lo que ha llevado a Ankara a desarrollar la doctrina de la «patria azul», en relación con esos espacios marítimos que circunvalan esa encrucijada terrestre donde pretende ser una potencia, y por lo cual Ankara ha ido haciendo crecer su poder marítimo hasta ocupar una posición en el entorno del décimo lugar mundial. 

Acciones y presencia naval creciente y perfectamente alineada con las intervenciones y acciones en tierra en los espacios contiguos —basta recordar la relativamente reciente intervención en Siria para el derrocamiento de Assad— o los movimientos para convertirse en actor dominante  en todo el abanico de los pilares del poder.  

El repaso de las razones de la caída del Imperio otomano resulta muy interesante, pues ninguna organización ni estructura está exenta de sufrir las mismas: burocratización excesiva, corrupción, economía poco dinámica, nacionalismos y débil poder militar fueron determinantes en la desaparición del coloso otomano, pues, como reza el adagio, en un conflicto quedar segundo es perder. Turquía parece haber tomado buena cuenta de ello en este mundo en plena reconfiguración y pugna.

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