Manuel Espín
Todo lo que se consideró intocable desde la perspectiva de la deontología de la información ha estallado por los aires y ahora mismo la situación es preocupante. Empezando por la absoluta confusión entre noticias y opinión/propaganda política: con seguir los titulares de muchos medios se ve como el contenido de la noticia está decantado de antemano y se presupone quienes son los ‘buenos’ y los ‘malos’ bajo un atroz maniqueísmo, especialmente en los digitales. El trabajo de aquellos que lo redactan parece hacerse centrado en re-titular y buscar entre líneas las palabras que sirvan como piedras contra el cristal ajeno. La desfachatez ha llegado a tal terreno que se titula entre insultos: se llama ‘esbirra’ a una periodista de un medio contrario, o se emplean términos denigrantes que pueden estar amparados por la libertad de expresión pero no dejan de mostrar una falta de elegancia, educación y sentido común. Entrar en ‘noticias’ por llamarlas algo, clips, páginas o ‘canales’ es presenciar un ejercicio de artillería dramática. Invitamos al/la lector(a) a un recorrido donde se emplean términos como: ‘destroza’, ‘acorrala’, ‘humilla’, ‘vapulea’, ‘golpea’, ‘rompe’ y otras lindezas para titular una simple frase o un comentario mínimo, incluso un escueto ‘like’ en una red social. Todo bajo los términos más abyectos de un sensacionalismo desatado, que se ceba en unos cuantos personajes y en otros que en teoría parecían ‘intocables’ como la Reina Letizia, sobre la que a diario esas piezas o comentarios colgados en páginas de ‘you tube’ ofrecen supuestas historias y graves chismes sin capacidad alguna de contrastar. Esta es precisamente una de las simas más profundas en las que han caído buena parte de esos contenidos, publicados sin la menor posibilidad de que los aludidos ofrezcan su versión. Un principio básico dentro de la información periodística que hoy solo utilizan contados medios, vamos a llamarlo así de ‘calidad’. El candoroso argumento utilizado en torno al año 2000 para explicitar la excelencias de internet, el de que cada ciudadano/a iba a ser capaz de generar y difundir su propia información es de un populismo reaccionario y antidemocrático. Se reemplaza la (supuesta) profesionalidad y el rigor informativo por el infundio, el bulo o el insulto más descarado. Bajo términos amarillistas. El problema de ese modelo no es su difusión en las redes, sino la manera como lo que en principio parece un ‘periodismo serio y profesional’ se ha acabado manchando de la tinta roja. Empezando por el cambio en la manera de titular en digitales y contenidos para internet. Hasta hace poco se ofrecía un brevísimo adelanto del contenido que más abajo se desarrollaba. Ahora se da una titulación escandalosa sin adelantar ‘información’ porque se ha acabado con el sistema piramidal de contar las historias. Interesa que los potenciales lectores se enganchen porque a lo largo de ese contenido se añaden varios anuncios y hay que llegar hasta al final. Los primeros párrafos son un verdadero rodeo, una insulsa forma de divagar porque se supone que quien está interesado seguirá el contenido hasta el final…después de haber circulado por diversos anuncios. Bajo esos formatos se llega a titular con puntos suspensivos, sin adelantar el supuesto contenido de una ‘noticia’: lo que interesa es mantener expectación a lo largo de todo el trecho y que se miren los anuncios, porque ya se sabe que los soportes perciben ingresos según el número de visitantes.
Hay un efecto todavía mayor de esa ‘contaminación’ que salta de las redes a los medios profesionales: la captura de opiniones individuales que se presentan como tendencias o corrientes de opinión. Estos días se han podido leer cosas como: “Un irlandés carga contra la sanidad española’, ‘una viajera de Renfe humilla a Pedro Sánchez’, ‘un espectador pone contra las cuerdas a TVE’, ‘una alemana denuncia el ridículo mundial de España’ (por el apagón). Es decir, puntos de vista y opiniones personales de ciudadanía de a de a pie en redes, cuyos autores tienen todo el derecho del mundo a expresar pero que los medios capturan y difunden en función de sus intereses, como si fueran realmente representativas, con lo que ello puede conllevar de visión deformada sobre la realidad. Lo que explica el constante manejo de estereotipos que surgidos desde X, Tik Tok, instagram o facebook acaban por ser difundidos a través de medios supuestamente periodísticos en sus ediciones digitales. Opiniones carentes de rigor y de representatividad, que contribuyen a configurar mitos e ideas preconcebidas. Pensando especialmente que buena parte de quienes los consumen a través de internet no tienen otra fuente de información de mayor rigor profesional y con bases más creíbles y equilibradas en la elaboración de contenidos. El resultado es inquietante por lo que tiene de deformación sobre la realidad y el conocimiento basado en métodos científicos; cuestión que explica el uso de tópicos, la capacidad de penetración de los bulos más disparatados, y la búsqueda de una inmediatez en las respuestas que no admiten más que el ‘si’ o el ‘no’ sin matiz. Todo tiene que ser no ya rápido sino fulminante, inmediato, porque es lo que está pidiendo internet y las redes, que producen torrentes de bulos por cada segundo de duda o de silencio. El apagón ha sido uno de sus caldos de cultivo. Porque antes de un restablecimiento de la energía eléctrica se pedía una explicación del ‘por qué’. Bajo su perspectiva el comité de crisis tendría que haber priorizado ofrecer el titular antes que las actuaciones para la vuelta del suministro. Esa es una de las consecuencias de la vorágine a la que las redes nos conducen: la suplantación de un ‘viejo’ periodismo con unas reglas por el aventurerismo o la truculencia. Lo peor: que ese lenguaje salta de las redes a los medios antaño profesionalizados y de ahí al escenario de la política. No hay más que escuchar alguna chirriante opinión de representantes públicos echando en cara en un tosco lenguaje cuando todavía no había vuelto la luz sobre la posibilidad de que pudiera haber ‘gato encerrado’ por no haberse dicho en ese momento las causas del apagón, que a día de hoy casi dos semanas más tarde todavía oficialmente se desconocen.

