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España, 1956-1966. Las primeras pantallas domésticas: El nacimiento de la televisión.

1. Los escotes prohibidos de Arias Salgado

Manuel Espín

 Dentro de pocas semanas se cumple el setenta aniversario del comienzo oficial de las emisiones de televisión en España. Con retraso no solo respecto a países como Estados Unidos y el Reino Unido, sino con la mayor parte de Iberoamérica, incluidos Cuba y México. El contexto económico de una durísima y prolongada autarquía era poco propicio con malos indicadores económicos y sociales que los pactos con Norteamérica de 1953 no consiguieron revertir. La inflación de mediados los años 50 en España era comparable a las de las peores economías sudamericanas con una enorme falta de divisas, constantes subidas de precios y revisiones de salarios en la época del falangista Girón en el ministerio de Trabajo que se traducían en una constante espiral inflacionista. Hasta que el Plan de Estabilización y especialmente la liberalización comercial, que no política, iniciada en 1959 con toda clase de desconfianzas y temores por Franco, dio paso al ciclo de los 60 de los años del desarrollismo. Mientras los indicadores del emergente Mercado Común en pocos años conseguían superar las enormes destrucciones de la guerra mundial.

 Esa misma desconfianza y el miedo a lo desconocido estaba presente en la decisión de poner en marcha la televisión en España, mientras países como Italia ya tenían bastantes hogares con el nuevo sistema. En el discurso de Navidad de 1955 Franco había advertido contra la influencia mediática: “Tengo que preveniros de un peligro; con la facilidad de los medios de comunicación, el poder de los medios, del cine, la televisión, se han dilatado las ventanas de nuestra fortaleza. El libertinaje de las ondas, de la letra impresa vuela por los espacios y los aires de fuera penetran por nuestras ventanas, viciando la pureza de nuestro ambiente”, afirmaba meses antes de la primera emisión de TVE.

 En ese contexto, el ministerio de Información y Turismo, desde su creación en 1951 en manos del falangista y ultra-católico Gabriel Arias Navarro, venía aplicando férrea fiscalización no solo sobre los contenidos políticos sino especialmente los morales. Bajo un axioma en el que la censura se justificaba desde un punto de vista religioso: se ‘salvaban almas’ impidiendo la difusión de muchas imágenes y contenidos. La censura tenía una finalidad casi teológica: la salvación del pecado.

 Ese discurso político-moral-religioso estaba presente dentro del marco general por el que el 28 de octubre de 1956 comienzan las emisiones de TVE: “Hoy (…) día de Cristo Rey a quien le ha sido dado el poder de los cielos y de la tierra, se inauguran los nuevos equipos y estudios de Televisión Española. Mañana, 29 de octubre, fecha del aniversario de la fundación de la Falange, darán comienzo de manera regular,  los programas diarios de televisión. Hemos elegido estas dos fechas para proclamar así los dos principios básicos, fundamentales, que han de presidir, sostener y enmarcar todo desarrollo de la televisión en España: la ortodoxia y rigor desde el punto de vista religioso y moral, con obediencia a las normas que, en tal materia, dicte la Iglesia Católica, y la intención de servicio y el servicio mismo a los principios fundamentales y a los grandes ideales del Movimiento Nacional”..

 El programa inaugural que el No-Do de la época calificó  de ‘brillante’ ofrece una imagen casi patética: la bendición de las instalaciones en el Paseo de La Habana de Madrid, -una de las zonas más altas desde la que distribuir una señal que solo llegaba a algunos barrios de la capital de España-, con una actuación de un pianista y de los coros y danzas de la Sección Femenina del distrito de Latina, más el estreno de un ‘Imágenes’, documentales monográficos producidos por el propio No-Do.

 Contamos con un excepcional testimonio de un profesional presente en esa emisión inaugural: Pedro Amalio López (1929-2007), realizador procedente de la Escuela de Cine, hombre culturalmente muy preparado y con inquietudes personales y sociales, que en los años 60 seria el responsable de buena parte de los históricos ‘Estudio 1’, ‘despedido’ en la época de Calviño y rescatado por Pilar Miró en 1986. Aunque como en aquellas anteriores décadas se cobraba de manera discontinua, tuvo que prolongar su vida laboral hasta una edad muy madura para tener derecho a una jubilación digna. Según López falló casi todo en aquella primera emisión, incluso el ‘Imágenes’ emitido estaba destinado a la exportación y no tenía la banda en castellano. (Testimonio que se puede ver en la serie de hace dos décadas ‘Los géneros de la televisión’ colgada en RTVEplay).

 Aquellas emisiones llegaban a pocos espectadores, contribuyendo a que se hicieran casi familiares los primeros rostros que se asomaban en la pantalla, con nombres como Laura Valenzuela (que venía haciendo personajes como actriz en películas como ‘Alta costura’ (1954) o ‘El inquilino’ (1957), presentadora favorita de Franco en esa época, más Blanca Álvarez, -entonces denominada ‘Blanquita’-, quien además de mujer de familia numerosa tenía criterio, personalidad y seria sensible a los cambios igualitarios que se iban a producir en la sociedad española-, Jesús Álvarez, Matías Prats, David Cubedo, o Fernández de Córdoba (la voz que había leído el parte del final de la guerra del 1 de abril de 1939). 

 Un tono casi familiar hacía que esas caras fueran reconocidas como formando parte de un vecindario. En una programación que se emitía a mediodía, cerraba al principio de la tarde y se reanudaba al atardecer hasta poco antes de la medianoche, donde se acababa con la intervención de un sacerdote y la imagen final de recuerdo a los caídos ‘por Dios y por España’, como era  obligatorio en todas las emisoras de radio de la época. Antes del silencio absoluto en las ondas que solo se interrumpía por las lejanas señales de las emisoras en castellano del extranjero, La Pirenaica o la BBC pasando por France Internacional y las radios del Este.

 El férreo control de Arias Salgado sobre las noticias en los medios se señalaba desde áreas del Régimen como contraproducente porque la ausencia de información hacía que se buscara clandestinamente a través de las emisoras extranjeras de radio que llegaban a captarse en algunas zonas pese a las ruidosas interferencias con las que se trataba de impedir su difusión.

 Ese control era especialmente vigilante en todo lo que afectaba a una interpretación estricta de la moralidad pública. De la misma manera que se prohibía la publicación de fotografías en la prensa donde aparecieran mujeres con escote -y para eso funcionaba la tinta china o el retoque que afectó a todas las estrellas de la época- en aquella inicial televisión cualquier vestido ajustado, que marcara las formas femeninas o mostrara los hombros al aire estaba vedado. Por lo que se disponía de una colección de chales para obligar a tapar indumentarias que se salían de ese rigor, tan típico de los años de los Congresos Nacionales.de la Moralidad en Playas, Piscinas y Lugares de Baño, en los que diversos obispados dictaban normas sobre el vestuario femenino imponiendo la longitud de las faldas o la obligatoriedad de las medias.

 El alcance que podían tener las emisiones de televisión era reducido porque hasta bien avanzado 1959 las emisiones no llegaban a Aragón y Cataluña, y su ámbito de difusión era restrictivo. También en términos económicos, la compra de un aparato de televisión a finales de los 50 no estaba al alcance de todo el mundo, y había que pagar un canon o licencia como la que se aplicaba a los aparatos de radio (suprimidas por Fraga desde el Ministerio de Información). 

 Convengamos que inicialmente la televisión aparecía como un capricho al alcance de unas minorías extremadamente reducidas para quienes la posesión de un aparato se parecía bastante a un ejercicio de exhibición de capacidad económica e importancia social. Un medio que llegaba con el entusiasmo de falangistas como Jesús Suevos, primer director general, el férreo control de Arias Salgado, y la habitual desconfianza de Franco que parecía albergar dudas sobre el invento  Se cuenta que el propio ministro de Información se encargó de instalar un aparato en el palacio de El Pardo para vencer las reticencias del desconfiado dictador, que venían a ser las mismas que Arias venía sosteniendo sobre la difusión de las imágenes; aunque el control sobre su difusión garantizaba una ortodoxia estricta. 

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