José García Abad
El pasado 4 de julio Estados Unidos cumplió 250 años de independencia lo que ha generado ríos de tinta de políticos e historiadores y comparaciones de Donald Trump con los otros presidentes pues en 1777 Estados Unidos no solo consiguió la independencia de Inglaterra, a la sazón regida por el rey Jorge III, sino también el régimen republicano. Este hecho motivó en los constituyentes las debidas precauciones para evitar el abuso de poder por parte de los presidentes y de los demás órganos de gobernanza.
La historiadora Stacy Schiff, autora de “El revolucionario: Samuel Adams”, que trabaja sobre Benjamín Franklin nos explica las dificultades de aquel momento: ¿Cómo diseñar una investidura que no fuera una coronación? ¿Cómo dirigirse siquiera al presidente? John Adams sugirió “Su Majestad Electa” o “Su Alteza, el Presidente de los Estados Unidos de América y Protector de sus Libertades.”
Explica Schiff que aunque la Convención no tenía interés en restaurar una monarquía, observó Franklin que existía “una inclinación natural en la humanidad hacia un gobierno real.” Los hombres preferían a un tirano solitario a la dominación de una élite. Les hacía sentirse más igualitarios, y eso les gustaba. “Por tanto, me preocupa, quizá demasiado”, confesó Franklin, “de que el gobierno de estos estados pueda en el futuro acabar en una monarquía.”
George W. Bush: que Estados Unidos no se convirtiera en una monarquía, o algo peor
“Pocas cualidades me han inspirado más que la humildad de Washington”, escribe el expresidente George W. Bush en el ensayo, que se publicó como parte de un nuevo proyecto histórico no partidista.
“Nuestro primer presidente podría haber permanecido todopoderoso, pero dos veces eligió no hacerlo”, escribe el señor Bush, refiriéndose a la decisión de Washington de renunciar al liderazgo del Ejército tras la Revolución Americana, y luego de renunciar a la presidencia tras dos mandatos.
Al “renunciar al poder en lugar de retenerlo”, continúa el señor Bush, “aseguró que Estados Unidos no se convirtiera en una monarquía, o algo peor.”
“¡No Kings”!
Se da la circunstancia de que 250 años después de su nacimiento el país sufre a un Donald Trump empeñado en ganar abusivas cuotas de poder al tiempo que ha adoptado los atavíos de la realeza de un modo nunca visto en la era moderna lo que ha provocado que millones de estadounidenses salieran a la calle en octubre gritando “No Kings”.

Peter Baker, corresponsal principal del New York Times en la Casa Blanca, que ha escrito un libro sobre el actual presidente asegura que Trump ha adoptado sin reparos los atavíos de la realeza, del mismo modo que ha hecho valer un poder prácticamente desenfrenado para transformar el gobierno y la sociedad estadounidenses a su gusto. Tanto en la pompa como en las normas, Trump ha establecido una nueva y más audaz versión de la presidencia imperial que va mucho más allá incluso de la asociada a Richard Nixon, para quien se popularizó el término hace medio siglo.
Los adornos dorados del Despacho Oval, la demolición del ala este para sustituirla por un enorme salón de baile, el enlucido de su nombre y su cara en edificios gubernamentales, la designación de su propio cumpleaños como día festivo de entrada gratuita en los parques nacionales: todo ello habla de un engrandecimiento personal y una acumulación de poder con escasa resistencia por parte del Congreso o la Corte Suprema.
Tanto él como su equipo han publicado imágenes suyas con atuendos monárquicos, incluida una ilustración generada por inteligencia artificial en la que lleva una corona y pilota un avión de combate con la etiqueta “REY TRUMP” que arroja excrementos sobre los manifestantes. Se alegró cuando los surcoreanos le regalaron una réplica de una antigua corona de oro. “¡LARGA VIDA AL REY!”, escribió sobre sí mismo en las redes sociales.
El peor presidente de Estados Unidos
El politólogo Thomas B. Edsall le califica como “el peor presidente de la historia de Estados Unidos”. Su colega Michael Bailey, coincide con este juicio y añade “La corrupción y el daño a las instituciones y reputación a largo plazo en Estados Unidos superan con creces cualquier cosa que hayamos visto antes”, incluyendo a Andrew Johnson, James Buchanan y Rutherford Hayes.
Enumeró tres legados negativos de Trump: “La erosión de la confianza en Estados Unidos por parte de aliados europeos y asiáticos; la erosión del dominio estadounidense en la educación superior; y enormes déficits presupuestarios (no solo por culpa de Trump, sino agravados por él).”
Kate Shaw, experta en derecho constitucional de la Universidad de Pensilvania, citó “la violación por parte de Trump de numerosas leyes aprobadas por el Congreso” para señalar: “No es que decisiones concretas de violar leyes no puedan deshacerse o revertirse; muchos, quizás incluso la mayoría, pueden. Pero la combinación de las numerosas y flagrantes violaciones legales del presidente y la falta de impugnación por parte del Congreso ha creado una estructura de permisos para que futuros presidentes ignoren las leyes siempre que consideren incómodas esas legislaciones.
Gary Jacobson, profesor emérito de ciencias políticas en la Universidad de California-San Diego, escribió: “Ha causado un daño serio a muchos aspectos del gobierno y la política estadounidenses que serán difíciles, costosos y, en algunos casos, imposibles de deshacer.
El senador Bernie Sanders, icono de la izquierda sostuvo en una entrevista en El Pais: “Trump es un autoritario; un oligarca cuya visión del futuro pasa por que un pequeño grupo de personas increíblemente ricas se enriquezca aún más mientras empuja a Estados Unidos hacia el autoritarismo. (,,,). “Trump está intentando socavar la democracia y la Constitución a base de usurpar los poderes del Congreso. Ha cancelado ilegalmente leyes y fondos que habíamos aprobado, lo cual carece de precedentes. También ha quitado dinero federal a los Estados que no votaron por él. Y eso es indignante, además de ilegal. También está atacando a los tribunales, eligiendo qué decisiones acata. Ha ido contra las universidades que enseñan cursos que no le gustan, y a los medios, los intimida a base de demandas y haciendo que sus amigos multimillonarios los compren. (…) “Lo que estamos viendo es a un puñado de oligarcas que controlan los medios, la economía y, debido a nuestro sistema corrupto de financiación de campañas, también nuestro proceso político”.
Para Lydia Polgreen “No es Trump. Es América”
Reconoce la prestigiosa periodista escritora que Trump es la realización de lo que América siempre ha sido: una nación satisfecha consigo misma, autorizada por sus mitos sobre la providencia y el excepcionalismo para hacer lo que quiera. Trump no surgió de la nada, después de todo. Sus dos victorias se forjaron gracias a las decisiones tomadas por los estadounidenses y los líderes que eligieron. Si no hubiera existido, la historia habría inventado a alguien como él. Esta explicación ofrece su propio consuelo. Al menos es algo que una mente racional puede comprender.
Entiende esta oscilación como un latigazo cervical. La derrota de Trump en 2020, las intervenciones de los tribunales para bloquear algunos de sus movimientos más descarados y la perspectiva de una victoria aplastante demócrata en las elecciones de mitad de mandato sostienen la teoría de la aberración. Pero otros acontecimientos —el triunfo de Trump en el voto popular en 2024, la casi total sumisión del Partido Republicano a su voluntad y la concesión por parte del Tribunal Supremo de una inmunidad general a Trump por posibles actos criminales cometidos como presidente— sugieren lo contrario.
La guerra en Irán ha destrozado esta dualidad. Sin duda, es producto de la imprudencia única de Trump, que se lanza sin cuidado a un conflicto que sus predecesores habían sabdio evitar. Sin embargo, también es el final lógico de décadas de historia estadounidense: la adicción del país a la magia tecnológica para librar la guerra a distancia, la cegada creencia de que podría moldear los acontecimientos en lugares lejanos por la fuerza, el desgaste constante de los límites constitucionales a la presidencia.
Se pregunta: ¿Es Trump un fenómeno de la historia o su cumplimiento, una aberración o una culminación? La respuesta, en su opinión es ambas cosas. Pero durante su presidencia, Trump ha revelado una enfermedad mucho más antigua: la fe inquebrantable de Estados Unidos en su capacidad para moldear el mundo a su antojo, indiferente a lo que otros puedan querer y sumamente confiado en que su plan es el correcto. Concluye que más allá de Trump, “es esta mentalidad desfigurante a la que los estadounidenses debemos enfrentarnos”.
“Un presidente en decadencia se obsesiona con dejar huella”
El ensayista Frank Bouny asegura: “Le observo y le escucho y tengo la sensación de un hombre atiborrándose en el buffet antes de que se lo quiten. Un hombre bramido, o intenta bramar, sobre su superioridad mientras su voz se debilita. “Dominancia”, “dominancia”, “dominancia”.
Y Trump dijo sin tapujos que “Los únicos límites de su poder eran su “propia moralidad”. Lo cual, para mis oídos, significa que no hay límites en absoluto. Nunca he observado en Trump nada que se acerque a un código moral convencional, un conjunto de normas éticas que circunscriban su conducta. He visto quejas, rencores, caprichos y deseos — tantos, muchísimos deseos.
Desde hace meses, ha estado actuando con una rapacidad notable incluso para alguien tan famoso por su avaricia.
“Rey pagano”
Leighton Woodhouse, cineasta documentalista y autor del boletín Social Studies lo tacha de “Rey Pagano”:
El primer ministro Mark Carney de Canadá describió recientemente el mundo al que el presidente Trump nos está arrastrando con este aforismo: “Los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben.”
La cita proviene del relato de Tucídides sobre una negociación entre Atenas y los gobernantes de la isla de Melos, durante la Guerra del Peloponeso. Los melios, que no eran rival para los atenienses, deseaban mantenerse neutrales. Se quejaron de que la exigencia de Atenas de someterse a su gobierno era injusta. Los atenienses respondieron que los asuntos de justicia existen solo entre iguales. Entre los fuertes y los débiles solo hay fuerza.
El diálogo es famoso por su representación contundente de los dictados del realismo político. El mundo no se guía por ideales y valores, demuestra. Solo se negocia por el poder.
La administración Trump ha adoptado esta filosofía como propia. En una entrevista con Jake Tapper, Stephen Miller, asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos reconoció: “Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre las cortesías internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real, Jake, que está gobernado por la fuerza, gobernado por la fuerza, que está gobernado por el poder.”

