Manuel Espín
Imaginemos una partitura de Chaikovski, basada en una novela en verso de Puskin, sobre dos amigos, un dandy y un poeta en cuya relación se cruza una joven, que acaba en un duelo pasional (como el que se llevó al propio autor de la ficción a la tumba) enmarcado en la estética de la clase aristocrática de la Rusia zarista de finales del XIX, entre mullidas alfombras, trajes suntuosos, decorados recargados, y estética de museo decimonónico, cantado por bellísimas voces ‘plantadas’ en escena como si se tratara de pesados muebles, y un coro estático parecido a una coral colegial, con pausas argumentales para la presencia de un ballet de puntas; todo ello envuelto en rasos y terciopelos, bajo un envoltorio del tiempo del post-romanticismo.
Pues no, para nada.
Eso es precisamente de lo que ha querido huir este nuevo ‘Eugenio Oneguin’ que coproducen el Teatro Real, el Liceu de Barcelona y la Ópera de Oslo. Se ofrece una ópera antes que ‘minimalista’ -adjetivo que no le cuadra- depurada, elegante, y por encima de todo, de una arrolladora dinámica hasta convertirse en un auténtico pulso constante sobre el escenario. Que es probablemente lo que Chaikoiski (1840-1893) quiso hacer y no pudo, al ver su maravillosa partitura encofrada en el cemento de un montaje teatral demasiado rígido y apabullante desde la perspectiva escénica.
En su origen ‘Eugenio Oneguin’ fue una novela en verso publicada por entregas entre 1823 y 1831 cuyo argumento presenta a dos amigos, Eugenio y Lenski, caprichoso y rico seductor, y poeta, que pasan de lo entrañable al enfrentamiento tras una traición y que deriva en un duelo, en cuya historia aparece una confusión deliberada entre ficción y realidad. Chaikovski la convierte en ópera casi de cámara haciendo el libreto junto a Konstantin Shilovski, y se estrena en Moscú en 1879 y tras gustarle al zar en el Bolshoi en 1891 pero envuelta en una parafernalia escénica. La partitura es sencillamente apasionante con algunos de los momentos más antológicos de la obra de este compositor.

Esta nueva ocasión de asistir en el Real a la producción, que ya se vio en 2010 en otra versión diferente, tiene un morbo inicial: ver al nuevo director musical del teatro, Gustavo Gimeno, al frente de la Orquesta. Y la prueba se salda con una excelente nota. Gimeno que ya no es el “joven director español de primeros conjuntos internacionales” sino una figura consolidada, y le da todo aquello que necesita: Chaikovski suena con unos matices y una brillantez tan envolvente que darían ganas de cerrar los ojos solo por oír ese magnífico trabajo sobre una partitura deslumbrante, de no ser porque la parte escénica, en este caso, tiene un enorme peso en la producción.
A Christof Loy se le ha visto en el Real ultimamente en varios montajes de una sencilla belleza, como ‘Capriccio’ (2019) ‘Rusalka’ (2020) y en 2024 en el ‘programa doble’ ‘La voz humana’/’Silencio’, donde el director alemán ofrece un personal código de estilo: decorados estilizados, presencia del blanco en los fondos escénicos, gran uso de las iluminaciones, enorme protagonismo a la acción corporal sobre un gran trabajo de dirección de actores que incluye que cada bailarín/a o miembro del coro interpreten a un personaje. Todo dentro de una visión de una enorme depuración formal que elimina lo accesorio y se centra en las acciones.

La dificultad de ese planteamiento salta a la vista en todas ellas y en ‘Oneguin’, porque no solo se exige un gran trabajo vocal sino actoral e incluso físico. Es probable que en época todavía reciente hubiera sido difícil contar con primeros nombres de la lirica que además posean las condiciones físicas y atléticas que exige el montaje. Como en esta ocasión ocurre con Iurii Samoilov (Eugenio), Bogdan Volkov (Lemnski), Kristina Mikhitaryan (Tatiana), Elena Zilio (Filipievna) e incluso la aparición de Juan Sancho como payaso en el personaje de Monsieur Triquet.
Lo increible es que los bailarines acrobáticos están tan integrados como los miembros del coro dirigido por José Luis Basso igual que los cantantes solistas, y ello se demuestra en las conseguidas y vibrantes escenas del cotillón-fiesta tal y como lo concibe Loy, con la aportación del director de movimiento (Andreas Heise), para que no haya separación entre cantantes/bailarines: todos aparecen partícipes de la misma dinámica, sin lo que podía ocurrir antaño cuando la acción escénica se detenía para ver salir a un ballet.. La escenografía de Raimund Orfeo Volst concede una enorme amplitud de espacio a ese movimiento integrado a lo largo de la producción, con una iluminación de Olaf Winter.

Además Loy sitúa la historia en una época intemporal que podría corresponder a los años 70 del pasado siglo y el vestuario de Herbert Muraver sugiere ese pasado contemporáneo. Sin que chirríe respecto a los textos que mencionan a la aristocracia o a la zarina.
Existen muchas fórmulas de abordar las relecturas de las obras líricas clásicas como ocurre con los grandes títulos de la historia del teatro, sin servidumbres a la época. Y la de Chrisfof Loy es una de las más interesantes porque marca bien la diferencia entre las ‘antiguas producciones’ y las nuevas. Como ya ocurriera en 2019 con ‘Capriccio’ la magia se repite, y las tres horas de ‘Eugenio Oneguin’ se hacen tan rápidas que dan ganas de volver otro día.

