Conclusiones del Documento de Opinión IEEE 28/2026. de Luis Francisco Rey Arroyo, coronel del Ejército de Tierra (Artillería). Enlace web IEEE
Europa se encuentra simultáneamente sometida a la presión directa de Rusia en su flanco oriental, la competencia sistémica de China como potencia global emergente, y la ambigüedad —cuando no a la coerción política abierta— de su aliado tradicional y garante último de su seguridad, los Estados Unidos.
Esta triple presión sitúa al continente ante una disyuntiva histórica. La autonomía estratégica real —entendida como capacidad efectiva de decisión soberana respaldada por medios militares creíbles— deja de ser una aspiración política para convertirse en un requisito de supervivencia estratégica.
A diferencia de los Estados italianos del cinquecento, Europa dispone de los recursos económicos, tecnológicos e industriales necesarios para sostener su propia seguridad. Lo que falta no es capacidad material, sino voluntad política, claridad estratégica y disposición a asumir los costes y responsabilidades del poder.
La alternativa es clara, bien consolidarse como actor estratégico con capacidad de disuasión autónoma o bien deslizarse hacia una irrelevancia en un sistema internacional crecientemente competitivo.
Sin más dilaciones, este momento constituye una prueba decisiva de madurez geopolítica para el proyecto europeo. Sin cohesión política y sin una asunción directa de responsabilidades en materia de defensa, la continuidad del statu quo implica la aceptación tácita de una soberanía estratégica menguante.
La coerción política y la mutación del vínculo transatlántico refuerza esta urgencia. La autonomía estratégica europea debe traducirse en decisiones concretas en el ámbito de la defensa: integración efectiva de capacidades militares, inversión sostenida en poder duro, desarrollo de una base industrial y tecnológica de defensa autónoma, clarificación doctrinal del papel europeo dentro —o, llegado el caso, más allá— de la OTAN, y consolidación de una cultura estratégica compartida.
No se trata de sustituir a los EE. UU. ni de erosionar la Alianza Atlántica, sino de restablecer el equilibrio interno de una relación asimétrica y preservar la credibilidad de la disuasión colectiva. La relación con los EE. UU. ha evolucionado desde una alianza basada en valores y compromisos estructurales hacia una asociación crecientemente transaccional.
El riesgo principal no es una ruptura abrupta, sino el vaciamiento progresivo de las garantías de seguridad. En este contexto, la dependencia europea deja de ser un activo y se convierte en una vulnerabilidad estratégica. La OTAN seguirá siendo un pilar central, pero su eficacia futura dependerá crecientemente de la capacidad europea para asumir un papel militar autónomo y creíble.
En un sistema internacional marcado por la coerción, la disuasión vuelve a ser el lenguaje central del poder. Si Europa no actúa, otros actores —incluido su aliado depredador— decidirán por ella

