Inmaculada Sánchez
Preparémonos para lo que nos espera de aquí a las elecciones generales. Aunque en el PP comienzan a asumir que no serán hasta 2027, como viene insistiendo Pedro Sánchez cada vez que le piden el adelanto, ya se atisban las urnas en el horizonte y en Génova redoblan esfuerzos estos días en su insigne tarea de ensuciar el terreno de juego. Esta vez, sembrando dudas sobre nuestro sistema electoral. A punto de agotar la galería de delitos y acusaciones posibles contra el presidente del Gobierno, ahora Sánchez estaría nada menos que “fabricando votantes”, según Feijóo, y manipulando unos votos por correo sin control alguno, según Vox. Parecería que no estén tan seguros de su anunciada victoria con semejante embestida contra el corazón mismo de nuestra democracia.
La excusa ha sido la llamada ‘ley de nietos’, aprobada hace ya cuatro años, durante el primer Gobierno de coalición PSOE-Podemos, a la que tanto PP como Vox se opusieron en su día votando en contra. Se trata de una Disposición Adicional a la Ley de Memoria Democrática que permite a los hijos y nietos de emigrados y exiliados durante el franquismo adquirir la nacionalidad española y, por tanto, el derecho al voto. En su articulado contaba con un periodo limitado y concreto para solicitarla cumpliendo ciertas condiciones que ya ha terminado.
El plazo concluyó en octubre del año pasado con casi 2,5 millones de solicitudes presentadas. A día de hoy sólo han sido aprobadas poco más de 500.000 de las que están registradas oficialmente unas 300.000. Para Núñez Feijóo el presidente pretende “fabricar” dos millones y medio de nuevos votantes porque con los que hay “no le salen las cuentas”. ¿Tan seguro tiene que todos esos hijos de emigrantes votarán en masa a Sánchez? En Galicia, donde tantos años gobernó Feijóo, el voto exterior ha recaído mayoritariamente en el PP donde tiene un peso decisivo dado el volumen de la diáspora gallega. Pese a todo, el PP insiste para desvirtuar el proceso electoral en su conjunto y sembrar en el ciudadano una peligrosa desconfianza en las urnas. Se trata de deslegitimar al actual Gobierno, como vienen haciendo desde que Pedro Sánchez llegó a La Moncloa, aunque el daño alcance también al sistema. ¿Recuerdan aquel “que se hunda España, que ya la levantaremos nosotros” de Cristóbal Montoro? Pues siguen en las mismas.
Lanzada la piedra, las ondas que produce en el agua se expanden sin freno, ni criterio. Los votos de ‘los nietos’ se mezclan en el discurso del PP y Vox con los de los inmigrantes regularizados, a los que nadie está dando la nacionalidad sino solo papeles para trabajar legalmente. Y los de Abascal dan un paso más para pedir, directamente, que se anule el voto por correo llegado del extranjero porque no alberga ninguna garantía de no estar manipulado. La sensación que se pretende trasladar es la de una inundación de votos fraudulentos que llegarán para salvar a Sánchez de una derrota segura. Que sea verdad o mentira es lo de menos. Lo que llevamos visto en esta legislatura nos confirma lamentablemente que el bulo se ha instalado como herramienta política en nuestro escenario, y la derecha y ultraderecha no van a renunciar a su mejor arma ahora que se acerca la hora decisiva.
Tan oportuna coordinación entre el PP y Vox para desacreditar incluso los votos dice mucho de cómo se está acelerando la simbiosis entre la derecha y la extrema derecha en nuestro país. Por mucho que Moreno Bonilla juguetee con su investidura para aparentar cierta resistencia a las exigencias de Vox, Génova tiene más que confirmado que solo podrá contar con el apoyo de Abascal para llegar a La Moncloa y ya no disimula. El empuje de Vox en las recientes elecciones de cuatro autonomías gobernadas por el PP, en todas las cuales ha condicionado la investidura de su presidente, incluida Andalucía, ha dado carpetazo a estrategias más ‘blanditas’. El traje ultra se ha impuesto en el PP. Y no se lo van a quitar hasta que llegue la cita de las generales. Alertados estamos.

