Escrito por 8:49 am Política

Felipe y Alfonso, que nunca habían sido amigos, se han reconciliado frente a Sánchez

Por José García Abad

Felipe González y Alfonso Guerra se han reconciliado gracias a la rebelión de ambos frente a Pedro Sánchez. En el fondo de esa reconciliación late la sensación de ambos, refundadores del PSOE, de que Sánchez es un intruso en la sociedad limitada de la que ellos, Felipe y Alfonso, se consideran propietarios. Parece que González con 81 años de edad y Alfonso Guerra con 83 han olvidado la tesis que proclamaron cuando se hicieron con el control del PSOE, regido entonces por Rodolfo Llopis y los ancianos del exilio, consistente en el condicionante generacional de la dirección política.

La pareja sevillana fue una máquina política formidable pero parece que nunca hubo verdadera amistad entre sus integrantes, la amistad de irse a tomar unas cañas juntos. O como me decía Julio Feo, el primer secretario de González: “Desde el año 76 jamás les he visto decirse: “Vamos al cine, vamos a comer con las mujeres o los niños, vamos a tomar una copa en un bareto. Ellos amigos no han sido. Felipe tiene pocos amigos.”.  

Guerra asegura que si eran amigo

Lo dice en su último libro de memorias titulado “La rosa y las espinas” que presentó, junto a Felipe González, el pasado 20 de septiembre.  Escribe Guerra: “éramos amigos antes de estar en la política, pero siempre muy ligados a la actividad política. Nació así una amistad en la que los dos aceptamos que éramos complementarios: él era una persona fuerte y yo una persona resistente; el tenía una enorme capacidad de improvisación, y yo era muy minucioso trabajando. Felipe y yo teníamos aspectos muy compatibles, algo que nos sirvió mucho en nuestra actividad política. Además, la gente posteriormente creó una imagen, casi mítica, de la pareja González-Guerra: la del Jano con dos caras distintas. Ese cuadro cuajó y lo dejamos correr, a pesar de la cantidad de cosas absurdas que se decían de nosotros, porque la cosa funcionaba e iba bien”.

Cuando Felipe “le dimite” 

Hoy son minoría los dirigentes socialistas que siguen sosteniendo que existió amistad auténtica entre los dos sevillanos como habíamos creído siempre;  al menos durante tres décadas, desde el inicio de los sesenta que fue cuando se conocieron, ambos estudiantes de distintas disciplinas, hasta 1991 cuando Felipe, casi una década de presidente del Gobierno, le “dimite”, un verbo que solo debe declinarse en primera persona por el dimisionario pero que dadas las circunstancias cumple, si no con la gramática, sí con la realidad. En efecto, Alfonso Guerra González se vio obligado a dimitir una vez que, al parecer, Felipe le enviara una carta, retorcida pero obvia, en la que le expresaba finamente que aceptaría su renuncia. Si fue cese o dimisión es otro de los asuntos que enturbian la relación entre ambos. 

No lo consiguió ni Aznar

Ni siquiera el Gobierno de José María Aznar, que aproximó involuntariamente a las familias socialistas separadas como reacción ante el irritante adversario común, consiguió aproximar a la histórica pareja. Todo lo contrario, logró separarlos aún más al propiciar el nombramiento de Alfonso Guerra como presidente de la Comisión Constitucional. Tampoco Zapatero, quien por distintas razones que su antecesor, unió contra su persona a la vieja guardia marginada fue suficiente para aproximarlos. 

Como me decía Cándido Méndez, exsecretario general de UGT. “Creo que Felipe González no se ha casado nunca con nadie. Ni con Carmen ni con Alfonso.” 

“Guerra: No fui yo quien se separó”

En la conversación que María Antonia Iglesias, lamentablemente fallecida, sostuvo con González, publicada en su libro, “La Memoria recuperada”. (Editorial Aguilar, 2003”) que es como un sicodrama de los años socialistas, Felipe marca con claridad las distancias. Se siente cómodo con la periodista amiga y habla con claridad desusada. Alfonso Guerra, que también es entrevistado por María Antonia, más tenso, se manifiesta con resentimiento: “No fui yo quien se separó, precisamente…”. 

Alfonso se pregunta: “¿Qué nos ha separado a Felipe y a mi? Para ser justo, tendría que decir que algo le ha separado a él de mi, porque yo no he hecho ningún movimiento frente a Felipe. ¡Jamás!¡Contra Felipe, jamás! No podemos decir exactamente lo mismo de él. Porque él entró en la operación de los “renovadores”. Yo no he hecho “guerrismo”, por más que se empeñen. Jamás he jaleado a nadie contra Felipe. Y, entonces, ¿cómo evoluciona esta situación entre los dos? Hacia la distancia. Se establece una distancia, mucha menos frecuencia en los contactos…Crece la distancia. No nos ha separado solo un concepto político irreconciliable respecto al Partido. El problema, además, es que yo creo que Felipe ha evolucionado ideológicamente hacia el lado más tibio del socialismo. Pero, bueno, la vida es así…No tengo ninguna amargura, ni por la ruptura con Felipe ni con nada. Ésa es una vacuna que tendré siempre en la vida. Yo tengo una gran memoria para todo, salvo para el rencor”. 

Yo preparo los guisos y Felipe los presenta

Ambos, Felipe y Alfonso, se han tirado los platos, los gananciales y los otros,  a través de Iglesias. A Felipe le molestó mucho la afirmación de Alfonso de que este era quien cocinaba los platos y Felipe los servía. “Alfonso desconcertó a mucha gente – cuenta González a María Antonia– con aquella famosa imagen, que tanto le gratificaba, de estar en el Gobierno de “oyente”. A el le gustaba esa “cosa teatral”. Además, lo hacía muy bien. Lo mismo que cuando aparecía y decía que era “garante” de que no nos condujéramos por un camino equivocado…Este tipo de cosas. Entonces decía: “La representación externa la tiene Felipe, pero el que de verdad pone todos los ingredientes del guiso soy yo, el que pone la guinda…”. Este tipo de cosas son las que no hay que dejar aflorar, incluso en el caso de que sean verdad, salvo que se quiera aparecer como “dominador”. Incluso en el caso de que sea verdad”.

Le pregunté a la autora como fueron aquellas entrevistas: “Mira, yo no esperaba que Felipe fuera tan claro. Aguanté la respiración y me disfracé de pared, como si no estuviera allí…temblando de que se acabara la cinta que era de 45 minutos en cada cara y que al darle la vuelta Felipe volviera a la realidad y me pidiera que no publicara lo dicho. Puede que tuviera ganas, hasta ahora reprimidas, de contar lo que pensaba sobre Alfonso”. “¿Y cómo te fue con Guerra?”, pregunté a la autora: “Me había dado largas durante mucho tiempo. Me acogió con frialdad. Yo creo que aceptó la entrevista porque estaba seguro de que hablaría Felipe y suponía lo que iba a decirme. Una vez que Alfonso me soltó lo que quería se desinteresó de la entrevista; me costó Dios y ayuda hablar de algo esencial”. 

María Antonia se quedó ojoplática cuando le dijo: “Ningún poder político compensa un bello atardecer. (…) También disfruto de un paseo por el campo. A mi me gusta…no sé, un atardecer. En cierta ocasión viajaba en el AVE de Sevilla a Madrid; estaba leyendo un libro precioso; estaba leyendo un párrafo que no se me olvidará – página 130- maravilloso; llegábamos a Madrid y, entonces levanté la vista del libro, encantado de lo que estaba leyendo, y…¡había un panorama de una belleza tan extraordinaria!. ¿Cuánto vale esa imagen en años de Gobierno? Yo creo que ese placer vale mucho más que estar treinta años en un Gobierno”. 

¿Alimentó Guerra alguna vez la ambición del secretariado general? 

En cierta ocasión Felipe recibió al grupo de las Navas, integrado por notables del partido que solían reunirse en esta localidad serrana con la sana intención de acercar a guerristas y renovadores. Uno de ellos, Martínez Cobo, le espetó: “Pero vamos a ver Felipe, Alfonso nunca ha querido ser presidente del Gobierno ni secretario general del partido”, y dice Felipe: “lo primero verdad y lo segundo mentira”. En aquella reunión que no se celebró en Las Navas sino en La Moncloa, estaban presentes: Javier Solana, Jerónimo Saavedra, Manuel Chaves, los Martínez Cobo y Luís Yáñez entre otros.[i]

Según me confió Luís Yáñez, Alfonso fue situando sus piezas en el tablero desde el principio del gobierno con la intención de que la fuerza se concentrara en el partido, más allá del liderazgo circunstancial de Felipe. Este seguiría siendo la gran figura pero cada vez con menos poder real y en un momento determinado él o alguien de él, más bien alguien de él, sería el secretario general. Admitía Yáñez la gran contribución de Alfonso a la creación de un partido que, a pesar de sus cien años de historia, había que organizar de nuevo pero estima que Guerra exagera su papel. 

Yáñez en apoyo de Sánchez:  “Conmigo que no cuenten”

Cuando el pasado 16 de septiembre Felipe González recibió  el V Premio Iberoamericano Torre del Oro, que organizaba la Cámara de Comercio de Sevilla, un acto en que Felipe asistió acompañado por Guerra,  Luis Yáñez, hizo pública en Facebook una carta bajo el título: ‘Conmigo que no cuenten’, en la que muestra su disconformidad con González y Guerra, enfrentados con Sánchez. Este es el texto que se hizo viral: 

“Cuando al final de su vida política el exprimer ministro británico Disraeli fue elogiado por todos los grupos políticos de las Comunes, el anciano político se levantó y dijo en voz alta “viejo Disraeli, que has hecho mal para que todos tus adversarios hablen tan bien de ti”.

Me he acordado de esta anécdota viendo cómo ayer los dirigentes del PP andaluz y sevillano dedicaban grandes elogios a Felipe González con motivo de la entrega de un premio en Sevilla. 

Los mismos que no hace tantos años gritaban “váyase señor González” en el parlamento y en la calle, lo ensalzan ahora como gran hombre de Estado. 

En realidad, son elogios interesados, están dichos contra otro que no está. Y ese otro es Pedro Sánchez, al que la derecha quiere destruir a cualquier precio y con todas las armas a su alcance. Se trata de evitar que se reedite el gobierno de coalición que, por cierto, ha gobernado con éxito los últimos cinco años.

Por eso me extraña mucho que mis amigos (desde hace 60 años!) Felipe y Alfonso se presten al juego de nuestros adversarios de siempre, acudiendo a sus foros y dejándose dar golpecitos en la espalda. 

Conmigo que no cuenten. 

Luis Yáñez-Barnuevo García”

Luis Yáñez formó parte del núcleo de dirigentes sevillanos del interior junto a González y Guerra. Entre otros cargos fue Secretario de relaciones internacionales de la Comisión Ejecutiva del PSOE; presidente del partido en Andalucía y miembro del Comité Federal del PSOE desde 1980. Fue diputado desde 1977 hasta el año 2.000 

Vidas divergentes  

Provienen de dos culturas diferentes; Felipe de una familia acomodada entre comillas, porque era una familia que trabajaba como negros, pero ganaban dinero; nunca pasaron hambre, eran tres hermanos y entre la lechería, las vacas y la casa se apañaban. Era una casa muy abierta, allí iba todo el mundo, la madre empezaba a cocinar y allí había comida para todos los que llegaran. No hacia falta avisar ni ser invitado. En cambio, Alfonso viene de una familia muy humilde, radicalmente humilde, que se las ve y se las desea para comer –doce hermanos- El padre era un obrero manual y la madre una de esas mujeres tipo ‘madre coraje’. “

Sus diferentes antecedentes familiares explican en parte sus diferencias de carácter, la imperiosa necesidad de Alfonso de hacerse valer, de darse importancia desde una falsa humildad y su torpe reacción ante las andanzas de su hermano Juan, que fue la causa de su cese como vicepresidente. A Guerra le gustaba presentarse como un “descamisado” y conectaba bien con las clases populares. 

“Los amigos de Felipe no le entraban – recuerda Alfonso Fernández Malo, el primer jefe de la pandilla y el hombre que le reclutó – y eso de ver a Luis Yáñez montado a caballo en la feria de Sevilla lo ponía que se subía por las paredes. Una vez tuve que intervenir: “Pero Alfonso ¿qué pasa?, no hace falta ser un señorito para subirse a un caballo”.[ii] Fernández Malo, que era un bohemio despreocupado y lúdico, nunca aguantó la excesiva solemnidad que ponía Alfonso en todas las cosas, su obsesión por la disciplina y por todo lo burgués, un adjetivo que soltaba con excesiva rapidez a todo aquel que tuviera un cierto pasar económico. 

Resulta curioso que mientras Felipe González, a quien nunca le faltó de nada dentro de las limitaciones de una familia de clase media, llega a la política por el camino de la sensibilidad social, de la rebelión contra la penosa situación de la clase obrera, Alfonso Guerra, el hijo mayor de una familia de doce, explica su compromiso revolucionario en razón de la indignación que le provoca la censura de las obras de teatro que intentaba representar. Parece necesitar una razón más elitista cuando su vivencia de la miseria familiar parecería la motivación más apremiante. ¿Pudor extremo de clase obrera o un extraño complejo intelectual? “Alfonso – me asegura una amiga de los primeros tiempos – no superó el resentimiento de la pobreza y ello explica algunas conductas que, de otra forma no tendrían lógica alguna.”  No es ésta la única paradoja observable entre quien se presentaría posteriormente como el guardián de las esencias de la izquierda – “A mi izquierda, el abismo”, enfatizaría con frecuencia – y quien, como Felipe González, parecía representar el pragmatismo extremo. 

Quejas de amor herido

Las manifestaciones de Alfonso sobre Felipe son como quejas de amor herido. En sus primeras memorias se lamenta de la traición de una intimidad pasada. Asegura que conserva cartas comprometedoras y se indigna de que Felipe revele que no encontró resistencia en Guerra para aceptar la vicepresidencia, que hizo teatro durante un mes.  Como amante herido conserva cartas que a diferencia de lo que hiciera la primera novia formal de Felipe, Concha Romero con las que le dirigiera este, no devuelve al remitente. En el amor y en la política vale todo.

No se qué dirán esas cartas con las que Guerra amenaza, también ha escrito que tiene una de José Bono. De la única que hay constancia es de una nota que le pasó Felipe tras el buen resultado electoral del partido en las primeras elecciones. No era una carta sino una nota pergeñada sobre la marcha en la que Felipe escribió: “Ya he hecho el trabajo que tenía que hacer, ahora me voy”. Esa nota la prepara Alfonso para sacarla cuando Felipe abandona la secretaría general en el año 97. Guerra temía que aquel congreso le defenestrara y no esperaba que hiciera lo que hizo, marcharse y llevarle a él por delante. De nuevo dos por el precio de uno. ¡Como es este personaje capaz de atesorar veinte años una nota por si acaso! A mi me recuerda el pañuelo guardado celosamente por Mónica Lewinski.


[i] Conversaciones del autor con Roberto Dorado

[ii] Conversaciones del autor con Alfonso Fernández Malo. La entrevista tuvo lugar en el Colegio de Abogados de Jaén.

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