Escrito por 10:54 am Política

Galicia, Cataluña y Euskadi: lecciones del 18-F

Alberto Nuñez Feijóo y Alfonso Rueda / foto EuropaPress

Inmaculada Sánchez *

La inmutabilidad política de Galicia como feudo del Partido Popular se ha visto confirmada una vez más este pasado domingo. Además de esta constatación, que responde en gran medida al particular microcosmos de la sociedad gallega y, también, a su restrictivo sistema electoral, la pujanza del Bloque Nacionalista Galego, desplazando hasta su peor resultado histórico a los socialistas, tiene lecturas de interés para la izquierda de todo el país.

Ya van cinco mayorías absolutas consecutivas en Galicia para el partido fundado por Manuel Fraga. Ni Vox, siquiera, ha conseguido un solo escaño en el único parlamento autonómico de toda España en el que continúa sin tener representación. Lo del PP en Galicia es algo más que un feudo. No es de extrañar que tres de los cinco presidentes de su historia hayan sido gallegos.

El actual, que llegó a Madrid a lomos de sus victorias en la tierra del Apóstol, ha conseguido este 18-F, además, el oxígeno y refuerzo que necesitaba para su inestable liderazgo en Génova. A Alberto Núñez Feijóo no le ha fallado Galicia por muchos resbalones que cometiera en la campaña.

Con todo, lo más señalado de estas elecciones gallegas apunta a los partidos de la izquierda. El BNG llegó a acariciar la posibilidad de formar gobierno según algunos sondeos y el recuento lo ha colocado como la indiscutible única opción a futuro de recambio del PP. Su fórmula: una candidata perseverante y templada y un giro priorizando las políticas sociales sobre los temas identitarios.

Para Ana Pontón son  las terceras elecciones autonómicas a las que se presenta, en cada una de las cuales ha mejorado los resultados de su formación:  6 escaños en 2106, 19 en 2020, año en el que sorpassó al PSG dejando a los socialistas como tercer grupo parlamentario, y 25 este 18-F. A ella se debe la reconciliación del nacionalismo gallego tras las escisiones de Beiras y las Mareas y el discurso transversal y  pegado a los problemas ciudadanos que ha calado en el electorado progresista.

Un camino similar al que lleva transitando EH Bildu en Euskadi desde hace tiempo de la mano de Arnaldo Otegi y que en las próximas autonómicas vascas, que podrían llegar antes del verano, se medirá al PNV con un candidato de 40 años,  sin ‘mochila’ que lo vincule a ETA, ingeniero de telecomunicaciones y con un discurso muy social y económico: Pello Otxandiano.

Esta senda es la que,  aunque tímida y a veces vacilante, parece querer encarar ERC en Cataluña después de que su líder pasara casi cuatro años en la cárcel y fuera indultado por el Gobierno. El ‘nuevo’ pragmatismo político de los republicanos les ha llevado a apoyar la investidura de Pedro Sánchez, conseguir el traspaso de los trenes de cercanías o negociar la Ley de Amnistía, entre otras muchas contrapartidas, pero también a sentar en la presidencia de la Generalitat a Pere Aragonès tras adelantar en las últimas elecciones autonómicas a sus históricos rivales de la derecha nacionalista, ahora independentista.

La irrupción de los 7 diputados de Junts en el Congreso en las últimas generales y la ajustadísima aritmética parlamentaria que arrojó el 23-J parece haber truncado la apuesta de ERC, nuevamente envuelta en feroz combate con los de Puigdemont sobre quién es más indepe. Las próximas elecciones catalanas, previstas para principios de 2025, pero que Aragonés podría adelantar a antes de fin de año, resultarán cruciales para resolver sus dudas.

Sin tener que abdicar de sus objetivos últimos respecto a una posible independencia, vemos que los nacionalismos de izquierda en España están virando su clásica hoja de ruta y logrando crecer electoralmente a costa del PSOE. En Ferraz deberían hacérselo mirar. Y en Sumar y Podemos, como poco, apuntarse a la asignatura de implantación territorial de primero.

Periodista. Ex directora de EL SIGLO (2011-2023), colaboradora y analista política en TVE, Telemadrid, 20Minutos y otros medios.

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