Escrito por • 11:25 am• Tribunas

Gaza y el uso de esteretipos para tratar de justificar lo injustificable.

Manuel Espín

 La propuesta de Francia y Arabia Saudí en el marco de Naciones Unidas para poner fin a una de las situaciones más inhumanas y vergonzosas de la reciente historia ha permitido nuevamente ‘retratar’ a varios países (o mejor a sus dirigentes). La inmensa mayoría de la comunidad universal (142 representantes) ha apoyado esa resolución que empieza por condenar el terrorismo de Hamas, reclamar su desarme y disolución, pedir la liberación de los rehenes, el alto el fuego, la entrada de ayuda humanitaria y el reconocimiento internacional de dos estados: Israel y Palestina. Solo se han opuesto a la resolución un mínimo número de naciones: Estados Unidos (Trump), Argentina (Milei) o Hungría (Orban) además de Israel. 

 Aquellos que se atrincheran en las posiciones de Netanyahou o intentan justificar su aventura bélica y la limpieza étnica proyectada en Gaza emplean el estereotipo de manera profusa. Defender los derechos humanos de la población de Gaza no es dar argumentos a Hamas, sino precisamente lo contrario: desautorizar el uso de la violencia en las relaciones entre estados y comunidades. 

 De la misma manera que nadie en su sano juicio que condene a Israel por su política de ‘tierra quemada’ está practicando un antijudaísmo ni la terrible política racista que llevó al Holocausto en una de las sociedades más cultas, en teoría, de Europa. 

 Utilizar como ha hecho el gobierno de Netanyahou la referencia a la Inquisición o la expulsión de los judíos en Hispania para buscar una analogía con las condenas de Moncloa a la política actual de Israel en Gaza es otra más de las ’boutades’ demagógicas: en el ADN de los españoles aparecen las culturas cristiana, musulmana y judía, y esa base forma parte de su identidad. 

 La justificación del genocidio como una respuesta a una acción terrorista de Hamás no se sostiene desde el punto de vista moral, ni siquiera del estratégico. A finales del franquismo, tras el atentado mortal a Carrero Blanco un ministro de su gobierno caracterizado por sus disparates propuso una intervención militar al otro lado de la frontera francesa con la intervención de paracaidistas españoles para atacar y destruir en su sur de Francia a los santuarios de ETA, misión para la que él mismo se postuló; ante la gélida frialdad que un proyecto de esa magnitud despertó en sus compañeros de gabinete por las gravísimas e insospechadas consecuencias de una aventura tan descabellada. 

 Estos días hemos podido escuchar los argumentos más peregrinos para justificar cosas imposibles de asumir. Como que Israel ‘avisa’ previamente de sus acciones a la población de Gaza. De la misma manera que ETA también advertía antes de cometer un sangriento atentado terrorista, y eso no justifica en lo más mínimo ninguna de sus carnicerías..

 Aunque lo más disparatado del estereotipo es el intento de contraponer los derechos a la igualdad y las libertades LGTBI entre Israel y Palestina. Nadie va a negar la falta de esos derechos en sociedades islámicas regidas por el fundamentalismo y el integrismo; pero eso no ocurre en todas las musulmanas. Del mismo modo que también en Israel a pesar de la existencia de una sociedad diversa hay grupos ultra-ortodoxos tan contrarios a los derechos de las mujeres o a la diversidad sexual como los que puedan existir en varios países musulmanes. Podemos describir las escenas de un vuelo Madrid-Barcelona-Tel Aviv con un nutrido grupo de esas personas ultra-religiosas sentadas por separado del resto de los pasajeros, especialmente de las mujeres, con rezos en voz alta y estilos como los que habrían llamado la atención en un vuelo a Kabul.. 

 Por último, el intento de justificar la toma de posición española frente la masacre en Gaza como un pretexto para evitar que se hable de ‘la corrupción del PSOE, de la vivienda, o de la situación ferroviaria’ se desvanecerá cuando aparezcan encuestas sobre la el rechazo de la ciudadanía española a la limpieza étnica en Gaza. Veremos entonces como cambiarán discursos -no todos, evidentemente- porque el precio electoral de defender lo indefendible suele costar caro, y de eso se sabe mucho tras el desgaste que en su momento pudo suponer el apoyo incondicional a la guerra de Irak.

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