Escrito por • 10:23 am• Ojo Avizor, Política

Génova, tenemos un problema

Inmaculada Sánchez

María Guardiola acaba de encender las alarmas en las sedes territoriales del Partido Popular. Su apuesta adelantando elecciones en Extremadura para prescindir de Vox se ha saldado engordando al socio incómodo y debilitando aún más su maltrecha libertad para gobernar. La debacle de los socialistas ha proporcionado munición en la ofensiva contra el sanchismo pero ha puesto de los nervios a los presidentes autonómicos del PP con urnas a la vista. Si de lo que se trataba era de arrebatar votos a los de Abascal la cita extremeña ha venido a confirmar que la línea dura de Madrid lo hace mejor que la supuestamente moderada de Mérida o Sevilla. Ayuso gana posiciones frente a Moreno Bonilla tras esta primera estación del nuevo ciclo electoral mientras Vox continúa escalando hasta convertirse en la pieza imprescindible para Génova. Feijóo y todos sus barones ya habrán detectado que tienen un problema.

Hasta el propio Alberto Núñez Feijóo veía venir que la decisión de ‘hacerse un Guardiola’ en Extremadura no se estaba demostrando muy acertada cuando, un par de días antes del domingo electoral, advertía en un acto de campaña que conseguir mayorías absolutas era “muy, muy difícil”. Pese a ponerse la venda antes que la herida, el desmesurado crecimiento de Vox ha desbordado todas las previsiones de Génova que, además, sólo ha podido sumar un único nuevo escaño a la exigua mayoría de su presidenta extremeña. Para semejante viaje no hubieran hecho falta tan costosas alforjas.

En el PP se consuelan con el espectáculo socialista. Tan difícil como esa mayoría absoluta que Feijóo empieza a asumir como imposible era presentar a un peor candidato que Miguel Ángel Gallardo.  No sólo por su imputación en el caso de la contratación del hermano de Pedro Sánchez por la Diputación de Badajoz, que finalmente podría quedar en nada (… o no, visto lo visto con el Fiscal General). Sino por sus impúdicas maniobras para conseguir el aforamiento como protección ante su futuro judicial, cuando dimitió de la Diputación pero exigiendo un escaño de senador a costa de la renuncia de varios de sus compañeros de partido. Que el ya exsecretario general de los socialistas extremeños no fuera de la cuerda sanchista y ganase en su día las primarias de su federación contra la candidata de Ferraz no reduce la magnitud del golpe que supone para el PSOE perder la mitad de sus electores en una autonomía donde ha gobernado 36 de los 42 años de su historia. Los socialistas tienen que hacérselo mirar, sobre todo cuando a su izquierda, la unión de Podemos, IU y los verdes, en ausencia de un Sumar inexistente en Extremadura, ha casi duplicado sus apoyos, aunque sin poder compensar el enorme agujero del PSOE.

Ese era el objetivo de Génova, encadenar una sucesión de derrotas del PSOE en las elecciones previstas para los próximos meses como confirmación del desplome de Sánchez y su Gobierno, alimentando con ellas el ambiente de fin de ciclo y la creciente inquietud de sus socios parlamentarios para que lo abandonen. Lograr el propósito en Extremadura, sin embargo, ha levantado una marejada de temor y recelos en las baronías del partido, cuya mayoría de líderes gobiernan sus autonomías y ostentan, y disputan, el auténtico poder del partido. Sobre todo mientras Feijóo mantenga su categoría en la débil condición de aspirante a La Moncloa.

Los conocidos vaivenes del gallego tienen mucho que ver con estas tensiones entre sus barones y con la cuestión no resuelta de cómo competir con Vox en el escenario electoral. María Guardiola pretendía asumir la bandera de quien no traga con la ultraderecha y ya la vimos, en las anteriores elecciones extremeñas afirmar que ella jamás pactaría con un partido “que niega la violencia contra las mujeres”. Apenas le duró unos días tan elevada dignidad feminista. Lo que tuvo que tragarse fueron sus propias palabras y no sólo pactar sino dejar entrar en su gobierno a los de Vox.

Tras la decisión de Abascal de julio de 2024 de abandonar todos los gobiernos autonómicos del PP, Guardiola había vuelto a cultivar su perfil más moderado, alabando, por ejemplo, al socialista Guillermo Fernández Vara en su despedida o distanciándose de Vox en sus mensajes más radicales. La jugada final de ese recorrido era el adelanto electoral para no tener que pactar los Presupuestos del año con el partido ultra. Ahora los resultados la han puesto por delante una negociación infinitamente más compleja con un Vox más crecido y un Abascal al mando que se apropió de la campaña extremeña confrontando personal y directamente con ella, de la que llegó a exigir su cabeza si sus votos eran necesarios para formar gobierno tras las elecciones. De momento, todavía no ha vuelto a reclamarla. Demos tiempo a que la propia presidenta la incline como esperan en Vox.

El fracaso de Guardiola, aun cuando pueda seguir al frente de la Junta de Extremadura, va mucho más allá del antiguo convento santiaguista que alberga su presidencia en Mérida. El siguiente en pasar por las urnas será Jorge Azcón, otro barón del PP que ha adelantado las elecciones para liberarse de Vox al próximo 8 de febrero. En marzo le toca a Fernando Mañueco en Castilla y León y en junio a Juan Manuel Moreno Bonilla en Andalucía. El único que expone su mayoría absoluta es el presidente andaluz ya que sus colegas en Zaragoza y Valladolid ya gobiernan dependiendo de los de Abascal, aunque podrían ver crecer esa dependencia si su inapelable socio continúa progresando en las urnas. Si Bonilla tropieza en su cita y pierde los galones de la mayoría absoluta dejaría a Isabel Díaz Ayuso como la presidenta más relevante de su partido con tan poderosa distinción (solo los presidentes de Galicia y La Rioja acompañan a los de Madrid y Andalucía con gobiernos libres de apoyos externos). Hasta entonces habrá que ver cómo gestionan desde Génova el problema detectado el domingo en Extremadura.

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