Escrito por • 6:21 pm• Tribunas

Habermas y la democracia deliberativa

Jurgen Habermas

Antonio Papell

Acaba de morir a una provecta edad el filósofo Jurgen Habermas, un pensador retornado del nazismo que, durante su larga andadura, ha estado obsesivamente pendiente de la calidad de la democracia política y ha realizado brillantes aportaciones al perfeccionamiento de los sistemas democráticos de gobernanza que, incluso es los países más adelantados, adolecen de fisuras inadmisibles. 

Mucho tendrán que trabajar filósofos y sociólogos en la gestión del rico legado de Habermas, pero en esta precisa coyuntura, alterados todos por la clausura del estrecho de Ormuz —¡si Adolfo Suárez levantara la cabeza!—, se me antoja que lo más urgente es revisar nuestros desgastados regímenes para vitalizar y prestigiar un cúmulo de valores democráticos, agrupados y armonizados con indiscutible acierto tras la Segunda Guerra Mundial, que se han desgastado intensamente con el uso y sobre todo con el abuso que de ellos han hecho las elites norteamericanas, apiñadas en torno a Donald Trump, un repugnante sujeto con ínfulas de dictador, pátina cultural sin estrenar y tendencia a suplantar los sutiles sistemas de decisión de nuestros modelos sociopolíticos mediante la aplicación irrevocable de su exclusiva voluntad. Es tremendo constatar que Trump en solitario ha provocado el incendio de Oriente Medio y la mayor crisis energética de la historia sin que el parlamento de su país haya podido entrar a opinar sobre el asunto.

Así las cosas, una  vez constatado el fracaso de modelos democráticos que parecían firmes y permanentes, lo más urgente tras la muerte de Habermas es la recreación de un concepto decaído y agonizante, el de la democracia deliberativa, sobre el que trabajó productivamente el ilustre alemán al desarrollar su ética del discurso. El asunto no es nuevo en España, donde la idea ha madurado como uno de los grandes temas de debate de la Fundación Alternativas, vinculada al Partido Socialista, y ha sido desarrollada y aplicada por plumas ilustres como las de Adela Cortina y Daniel Innerarity. Justo es recordar también que el movimiento 15-M y el primer Podemos lanzaron el eslogan “democracia real, ya”, que, aunque muy cuestionado, impulsó el debate sobre formas de participación más deliberativas y directas frente al sistema representativo tradicional.

Todas estas ideas nuevas han propuesto mejorar los sistemas de gobernanza para acomodarlos mejor a la creciente complejidad de nuestras sociedades y  a las fisuras que los procesos democráticos contemporáneos experimentan cuando han de enfrentarse  a desviaciones totalitarias que arruinan las bases de algunos grandes consensos forjados por el propio progreso.

Una idea clave, muy sintética, que puede iluminar el camino de semejante propuesta es la de que votar sin debatir no es democrático. La simple mecánica electoral basada en constituciones políticas inobjetables y en normas electorales técnicas contrastadas que forman parte de la materia constituyente no garantiza la adopción de decisiones «justas», si estas no han sido convalidadas a lo largo de procesos de mucha mayor enjundia que los generalmente escuetos y vacíos debates parlamentarios. Por desgracia, en nuestra inquietante contemporaneidad, ya no solo tenemos que proponer técnicas de democracia deliberativa sino que hemos de exigir el cumplimiento de las pautas constitucionales básicas: en los Estados Unidos, poseedores de una prestigiosa Constitución vigente desde 1789, el presidente de la federación se arroga exorbitantes facultades que no le corresponden y hasta declara guerras que habrían de ser autorizadas por el Congreso de la nación.

En nuestro país, hay que reconocer con preocupación que el proceso deliberativo a escala estatal está viciado y es en la práctica muy deficiente. La confrontación en las cámaras es automática e irreflexiva, y la posición de las fuerzas políticas en cada caso responde a criterios de oportunidad y no a coherencia ideológica con la esencialidad de cada formación. No hace falta poner ejemplos de semejante sinrazón, que desfigura el sistema y desanima al cuerpo electoral, asqueado de tanta indecencia.

Sería presuntuoso proponer soluciones cerradas a un problema que nos acompaña desde siempre, que está presente en todo el planeta a diferentes dosis y ocasiones. Pero sí hay que decir con claridad y firmeza que urge poner en marcha reformas de alto valor epistémico. Es decir, tendentes a lograr verazmente una mejora de la discusión, una clarificación del debate, una búsqueda más comprometida con el interés general, que no siempre se acomodará, es obvio, a los intereses personales o de partido de cada interviniente.

Lo grave de la ocasión es que si no se atiende esta demanda, la próxima vez no habrá seguramente que reclamar una reforma del sistema democrático sino la reimplantación del mismo, ya que estamos francamente al borde de una tragedia política cuyo precedente más cercano es la cancelación de la Segunda República española. 

↑
Close