Manuel Espín
29 junio 2026
Estrenada en 1853 y representada por primera vez en España en el Teatro Real en 1854 ‘Il Trovatore’ es una de las cumbres del bel canto y uno de los títulos más representados de Verdi, con algunos de los máximos momentos del género (el coro de la gitana, por ejemplo). Es además un título que ha mantenido una larga vida sobre los escenarios hasta convertirse en referente. En 2019 el Real estrenaba esta producción junto a la Ópera de Montecarlo y la de Copenhague, que ahora vuelve a hacerse en Madrid como última de la temporada y a lo largo de muchas representaciones hasta el 20 de julio.
‘Il Trovatore’ posee una música grandiosa, de una arrolladora belleza que da pie a lucirse las voces. Pero como otras óperas tiene un ‘defecto’: desde el punto de vista argumental: no hay apenas acción y las cosas se cuentan, no se ven, cuestión que para espectadores acostumbrados al cine, las series o el teatro de hoy hace necesario completar renglones por la dirección teatral.

Los personajes apenas tienen matices, son arrolladora pasión, arquetipos de siniestra tentación que actúan bajo un maleficio gravitando sobre sus vidas. Casi todas las versiones contemporáneas de ‘Il Trovatore’ han conservado el tono oscuro desde el punto de vista escénico en el que transcurre la historia.
En esta versión dirigida teatralmente por el mexicano descendiente de españoles Francisco Negrín (bisnieto de Juan Negrín, el presidente del gobierno de la República durante la guerra civil), los tonos oscuros se acentúan en un espacio escénico de paneles totalmente negros donde se carece de elementos de referencia naturalista, sin atrezzo alguno, y donde los colores del vestuario también responden a una tonalidad cromática alejada del pastel.

Aunque no se trata de una lectura minimalista sino de una aproximación casi tenebrosa a un melodrama desatado donde hay más pasión exacerbada que acción. Negrín compensa esa ausencia de acción del original y la renuncia total al mobiliario y al atrezzo con un uso desmedido del fuego real. Junto a una acción corporal muy marcada de las voces, y especialmente de los actores-especialistas de acción en los frecuentes duelos; a diferencia de otros ‘Trovatore’ en los que aparecía un ballet en varias de las escenas.
Esa extrema depuración de los elementos tiene aspectos positivos, como es la de mostrar la pasión al desnudo tratando de eludir una cierta cáscara de encorsetado melodrama, y dar movimiento a una acción casi en ‘off’, apenas vista en el escenario.
Pero a la vez el tono oscuro y lúgubre acaba por pesar demasiado y la totalidad del envoltorio aparece con un marcado acento casi siniestro. En este aspecto la iluminación de Bruno Poet no distorsiona y está próxima al tono de poética negrura fatalista en la que transcurre.

Hay un elemento a considerar en una producción de estas características, casi ‘desnuda’ de elementos, donde la acción escénica se desarrolla sin apoyatura de objeto físico: se pone el peso de la representación en la dirección musical y el trabajo vocal con buenas posibilidades de lucimiento.
En el foso está Nicola Luisotti no solo una referencia en las óperas italianas de la época del bel canto, sino un personaje comunicativo, entusiasta y de un gran talento al frente de la batuta. A lo largo de las diecisiete representaciones de esta producción se van a alternar hasta cuatro repartos distintos, incluso con voces que son estrellas del circuito internacional en el actual ‘santa santorum’ de la lírica. Lo que parece interesante es que no hay cast a), b), c) o d) con nombres de relleno.

