Escrito por • 6:02 pm• Cultura

‘INSUMISAS’

‘Historia  de la lucha por la igualdad en España’

  Manuel Espín.
Almazara Libros, 2026.

  Aunque a lo largo de la historia de la Humanidad ha habido mujeres pintoras, escultoras, músicas o científicas, buena parte de sus perfiles no han llegado hasta nosotros porque cualquiera de ellas estaba condicionada por el hecho de serlo, en épocas donde carecía de importancia o de prestigio cualquier resultado que procediera de su género, considerado muy inferior e incapaz de compararse al masculino.

 Pensadores como Aristóteles, Rousseau, Nietzsche o Schopenhauer calificaron a la mujer de ser ‘frágil’ y ‘emocionalmente inestable’, enclaustrándola en el rol de madre y esposa. Las revoluciones liberales a partir de la francesa en lugar de favorecer su incorporación a la sociedad las sometieron a una tutela permanente, negando su acceso a la creación artística, la ciencia, el pensamiento, la política o el deporte.

El libro recorre más de dos siglos, a lo largo del XIX, XX y hasta el día de hoy un accidentado y borrascoso camino en el que brota una tensión latente sobre la función y el papel social de las mujeres, contemplado desde la perspectiva española, y con abundante material para el análisis y el debate. 

Se cuentan con detalle en el libro temas que pueden ayudar a generar una discusión.

 -Mientras en el mundo anglosajón la demanda del voto  aparece en la segunda mitad del XIX vinculado a la lucha contra el esclavismo, en España la primera manifestación por el sufragio surge muy tarde, en 1921 con un acto encabezado por Carmen de Burgos. La inicial reivindicación de las españolas es el acceso a la educación en las mismas condiciones que los hombres. Para las españolas del XIX lo primero es poder tener acceso al espacio educativo y lo segundo poder votar. 

-Hasta la segunda década del siglo XX las mujeres que quisieran matricularse en la universidad tenían que pedir permiso expreso al Consejo de Ministros. De la misma manera como en la Francia del XIX y de eso sabía mucho George Sand, toda mujer que quisiera vestir pantalones o ropas típicas de hombres tenía que lograr la autorización de la policía. Emilia Pardo Bazán conoció a finales de siglo en París la falda-pantalón, y no le causó ningún escándalo.

-Se podría establecer una relación entre la moda y la situación de las mujeres. Frente a la imagen de la dama lánguida, tapada de arriba abajo, cubierta con enormes sombreros que no dejaran pasar los rayos de sol pues el moreno de piel se consideraba propio de  las socialmente inferiores, las sufragistas de finales del XIX se rebelaron contra el corsé, una prenda incómoda, poco saludable, que oprimía a las mujeres en una camisa de fuerza, y que además implicaba la dependencia de otra persona que debía ayudar a colocárselo. Su alternativa fue la faja. Aquellas ropas tan aparatosas lastraban la autonomía femenina, e impedían su acceso al mercado laboral.

-La carencia de formación se notó especialmente en quienes se vieron obligadas a sentarse en el trono, como reinas o regentes. Ni quiera Victoria de Inglaterra tenía otra preparación que los contados ‘contenidos femeninos’. En las España del XIX María Cristina de Borbón actuó como regente; aunque su verdadero foco de interés eran los negocios, la especulación y el dinero, incluso a través del uso de esclavos en Cuba y Puerto Rico; su hija Isabel II reconoció a Galdós en su famosa entrevista una vez desterrada, esa falta de formación para su papel como monarca. Tampoco su nuera, María Cristina de Habsburgo, había sido educada en los temas públicos; pero su actitud discreta, distante y prudente le hizo evitar los errores de Isabel.

-En el libro se propone una nueva visión sobre el personaje de esta reina, muy vapuleada por la historia, durante y después de su reinado, a la que se llegó a calificar de ‘prostituta real’. ¿Es justa esa imagen de Isabel II cuando si hubiera sido hombre no se la criticaría por su vida privada?

-Del mito de la mujer romántica se transitó a otro perfil: el del ángel del hogar. Bajo las características del ser siempre abnegado, que se entrega al cuidado del esposo y de los hijos, atiende a las personas mayores, organiza a la servidumbre, y participa en obras de caridad. Que deriva en el mito de la mujer benefactora; papel que vienen a representar en el siglo XX las reinas consortes y las esposas tanto de aristócratas como de burgueses. Una especialización que, sin embargo, impide su acceso al conocimiento sobre los asuntos públicos, bajo una rigurosa división de esferas: a ellos les pertenece totalmente el espacio exterior, a ellas el del hogar y su organización. Cuando ellas salen de ese territorio (las obras benéficas) generan un microclima que es  la prolongación de la esfera doméstica y corrobora la división de papeles.     

–  Los muy desconocidos personajes femeninos españoles de finales del XIX premonitorios de nuevos roles sociales para las mujeres. En un abanico diverso de perfiles, desde las anarquistas a las burguesas o las católicas. Buena parte de esos personajes son totalmente ignorados en la actualidad. 

-El contraste entre las mujeres del XIX que aspiran a estudiar y a aquellas como ‘Fermín Caballero’/Cecilia Böhl de Faber defendiendo a la ‘mujer tradicional’ y en contra de la libertad de cultos.

-‘¿Maridos y novios tienen derecho a controlar su correspondencia?’ Una discusión abierta en el XIX similar a la que hoy se tendría con la fiscalización sobre el teléfono móvil. Personajes muy conocidos de la época como Alejandro Dumas, hijo, se posicionaron a favor del control: “¿Qué clase de maridos serían quienes no vigilan con quien se cartea su esposa?”.

-El absoluto desprecio de autores como Clarín o Juan Valera a Emilia Pardo Bazán por el hecho de ser mujer, y el obsceno trato recibido en su intento frustrado de acceso a la Real Academia.  

-Las contradicciones de la moral victoriana, y su extensión en las sociedades occidentales. Se las impide el acceso a la vida pública pero con más poder que nunca en el ámbito doméstico. 

-El singular y difícil papel de Carmen de Burgos en 1903 como traductora del famoso libro de Moebius donde se compara el cerebro femenino al de un chimpancé. La traductora y prologuista representa precisamente lo contrario a lo que dice el libro y ‘Colombine’ debe nadar y guardar la ropa.

-La aversión del Barón de Coubertin a la presencia de mujeres en las olimpiadas, y la lucha por revertir esa posición. Hasta bien avanzado el XX las mujeres siguen teniendo prohibido el acceso a muchos deportes. En la España de la posguerra ni siquiera se favorece la presencia femenina en el atletismo, todavía más en otros deportes, ante el falso supuesto de que su práctica va en contra de su futura capacidad para ser madre. Todo ello unido a la aversión eclesial respecto a muchos usos femeninos. Con las condenas de obispos a las mujeres en bicicleta o a las que llevan pantalones por considerarlo una ‘aberración’.

-El olfato político del dictador Primo de Rivera que intuye el potencial conservador de las mujeres de la época en caso de tener el voto. Pese a que tiene unas ideas muy tradicionales respecto a su rol social considera que su presencia limitada en la esfera pública afianzará a las derechas. 

-La discrepancia entre las sufragistas burguesas y las mujeres sindicalistas y de izquierdas que desconfían del sufragio femenino por el miedo a que sean controladas por el marido o el confesor. La desconfianza de los sindicatos a la irrupción de una mano de obra femenina, poco formada técnicamente, y menos reivindicativa.           

-El papel del Lyceum Club Femenino, inaugurado en Madrid (1926) y Barcelona (1931) como punto de encuentro entre las nuevas inquietudes femeninas, avance de la generación de mujeres de la República. Espacio burgués y aristocrático, que llega a alcanzar un inusitado pluralismo en los primeros años 30. Donde junto a damas que proceden de la aristocracia o la alta burguesía algunas llegan a militar en el PCE.

– Del ideal de la matrona de familia numerosa de Mussolini, a la sana y vigorosa exaltación de la mujer aria del nazismo. En contraposición a los mitos femeninos del cine de la época. La aversión radical de Hitler a las mujeres en la vida política; con un referente, Magda Goebbels, que entre 1939 y 1940 aparece como una especie de ‘Elena Francis’, recibiendo miles de cartas de alemanas que piden su consejo para asuntos de su vida personal. La mujer de Goebbels es presentada como perfecta madre de familia de amplísima prole ejemplo saludable de raza aria. En 1945 se convertirá en parricida.  

-Los ‘versos sueltos’ de la posguerra española, con personajes como la Condesa de Campo Alange, Lilí Álvarez o Mercedes Formica que rompen desde el Régimen el discurso oficial de reclusión de las mujeres en la esfera doméstica.

-La falsa liberalización de la Transición, cuando en lugar de hablar de derechos se las convierte en simple objeto de deseo sexual en los tiempos del destape’.

-Los partidos de la oposición antifranquista todavía consideraron la igualdad en materia de género o la diversidad como una ‘maría’. La imagen del primer ‘gobierno del cambio’, el de Felipe González de 1982 sin una sola mujer, da la medida de esa ausencia.

 El libro incluye un apéndice con el monólogo teatral ‘Intimidades de una dama del Lyceum Club’ sobre la figura de Zenobia Camprubí, mujer de gran cultura e iniciativa, casada con un genial poeta como Juan Ramón Jiménez, pero a la vez un hombre áspero, poco sociable e incapaz de reconocer el talento de su mujer. ¿Hasta qué punto el amor justifica la renuncia personal a la creatividad? 

*Manuel Espín es doctor en Sociología, y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información. Director de más de 300 capítulos y espacios para la pequeña pantalla, ha impartido clases en centros superiores, participado en largometrajes para cine. Entre los últimos libros: ‘Vida cotidiana en la España de la posguerra’ (2022), ’La España ye yé’(2023) y ‘Sexo en el franquismo’ (2025), publicados por Almuzara.

↑
Close