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IRÁN E ISRAEL Y EL COMPLEJO JUEGO DE LA DISUASIÓN EN ZONA GRIS 

Sonia Sánchez Díaz, profesora de Relaciones Internacionales en la Universidad Francisco de Vitoria y Guillem Colom Piella, profesor de Ciencia Política en la Universidad Pablo de Olavide

Documento de Opinión del Instituto Español de Estudios Estratégicos ( IEEE) 45/2024

Resumen: 

El pasado 13 de abril de 2024, Irán llevó a cabo la operación “promesa verdadera” para responder al ataque que había sufrido dos semanas antes en suelo sirio. A diferencia de las respuestas anteriores, en las que Teherán activaba a sus proxis para mantenerse en la zona gris, esta acción motivó el lanzamiento de más de trescientos misiles y drones desde suelo iraní. Aunque esta acción sin precedentes tenía varios objetivos, el principal era recuperar el equilibrio disuasorio con Israel. Este documento de opinión repasa los antecedentes, desarrollo y potenciales efectos de esta acción que representa un punto y a parte en la lógica competitiva entre Israel e Irán.

Introducción 

La noche del pasado sábado 13 de abril, Irán lanzó la operación “promesa verdadera” en represalia al ataque sufrido dos semanas antes contra un edificio adyacente a la embajada iraní en la capital siria. Considerada por Teherán como una “agresión sionista” contra sus instalaciones diplomáticas en Damasco, este ataque aéreo se cobró la vida de dieciséis personas, incluyendo el general de brigada de la Guardia Revolucionaria Islámica Mohammad Reza Zahedi. 

En esta operación también cayó otro oficial general y cinco mandos, tres de los cuales responsables de dirigir las operaciones en Yemen, Iraq o Líbano. Como comandante de la fuerza Quds en Siria y Líbano, Zahedi jugaba un papel central en la “estrategia de resistencia” iraní con sus proxis en el Líbano, Siria, Yemen, Cisjordania y Gaza. Este general había reemplazado a Sayyed Razi Mousavi, eliminado cuatro meses antes. 

Por lo tanto, la figura de Zahedi y el papel que tenía en el entramado iraní lo convertían en un objetivo de alto valor para Israel y un actor de gran simbolismo para el régimen y para su “eje de la resistencia”. 

Tal y como viene siendo tradicional con la eliminación de objetivos de alto valor, Israel no asumió la autoría del ataque. Quizás tampoco pensó que esta acción concreta podía, en el contexto de la guerra de Gaza y con un Irán con crecientes dilemas estratégicos, generar estos efectos.

Sin embargo, todas las miradas se dirigieron a Jerusalén y la hipotética connivencia, asistencia o participación directa de Estados Unidos como el principal estabilizador externo de la región, algo que Washington negó reiteradamente, a la vez que insinuaba que su aliado no había compartido ningún tipo de información sobre esta operación

Este tipo de acciones de zona gris son muy frecuentes en el escenario de Oriente Medio, con casos que comprenden desde la eliminación de personal vinculado con el programa nuclear iraní o altos oficiales de la Guardia Revolucionaria Islámica, al empleo de los proxis de Teherán para proyectar sus objetivos en la región. 

De hecho, la no asunción de la autoría directa o el empleo de actores interpuestos como Hezbolá o los Hutíes es la forma en que ambos países han dirimido sus disputas, dialogado estratégicamente y se han disuadido mutuamente hasta el 13 de abril de 2024, cuando Irán lanzó un ataque directo, por primera vez, desde su propio suelo. 

Sin embargo, bien sea por la coyuntura en que se realizó esta acción, con el trasfondo de la guerra de Gaza, o por la percepción iraní de que con el ataque a su embajada en Damasco, Israel había alterado el frágil equilibrio disuasorio entre ambos actores. 

Este ataque motivó que Teherán preparara una respuesta directa. Una respuesta que chocaba con su tradicional modus operandi de realizar acciones propias limitadas o emplear a sus proxis en el Líbano, Yemen o Iraq para ofrecer respuestas graduadas y no necesariamente escalatorias. 

Aunque destinada a recuperar la lógica de la disuasión entre ambos países, esta acción no daba margen a la denegación plausible y cruzaba una línea roja que nunca se había rebasado. Se trataba de una acción que no sólo podía representar un nuevo peldaño de la escalada entre ambos países, sino también prender la mecha de un conflicto regional.

Téngase en cuenta que este enfoque asimétrico es lógico. Ante la incapacidad iraní para enfrentarse convencionalmente a Israel y Estados Unidos, su estrategia priorizó el apoyo a una amplia variedad de proxies (no necesariamente subordinados a la agenda de Teherán) para proyectar su poder sobre ambos países, mantener una presión constante y modular su respuesta manteniendo, en todo momento, una capacidad de denegación plausible. 

El desarrollo de un formidable arsenal misilístico y drónico sería otra vertiente de este enfoque asimétrico al poder utilizarse tanto como herramienta disuasoria como para apoyar una hipotética competición de salvas, proporcionando nuevas opciones para el control de la escalada y la manipulación de los puntos de Schelling. 

De hecho, no es extraño que la proliferación de estos sistemas fuera un tema de debate entre la comunidad estratégica israelí antes de la formulación del “Plan Momentum” para intentar dar un nuevo impulso a su transformación militar. 

Sin embargo, esta zona gris no se limita a la pugna entre Israel e Irán. En este sentido, basta comentar las acciones realizadas contra las infraestructuras petrolíferas saudíes de Abqaiq y Khurais en 2019 o el ataque a las bases estadounidenses de Ain al-Assad y Erbil en Iraq en respuesta a la eliminación de general Qasem Soleimani en 2020. En ambos casos, estas acciones supusieron una escalada en la zona gris que existía entre Irán y estos países. 

Irán e Israel y el complejo juego de la disuasión en zona gris.

El ataque de la noche del sábado 13 de abril no cogió a nadie por sorpresa. Al contrario, había sido ampliamente anunciado por las autoridades iraníes, coronando la advertencia el Imam Khamenei desde el mimbar durante la ceremonia por el fin del Ramadán (Eid alFitr) el pasado 11 de abril. 

La hiperactividad diplomática desplegada por el secretario de Estado estadounidense, Anthony Blinken, los días previos al ataque, a modo de crónica de una escalada anunciada, incluyó conversaciones con sus contrapartes en Turquía, Alemania, Reino Unido, Arabia Saudí y muy notablemente China, la única potencia que había conseguido hasta ahora acercar posiciones entre Riad y Teherán. 

Sin embargo, ninguna sirvió para disuadir a Irán, que interpretó el ataque como una amenaza a su prestigio, a su capacidad disuasoria y a sus ambiciones como potencia regional, amén de necesitar demostrar internamente la fortaleza del régimen. Una potencia que, gracias a su maquinaria ideológica, su fuerza militar e influencia política, continúa siendo la única capaz de competir con la hegemonía estadounidense y sus clientes saudíes e israelíes. 

En este sentido, y visto en retrospectiva, el ataque del 1 de abril pudo ser interpretado por Teherán como la última manifestación de que la disuasión entre Israel e Irán se había roto, quizás definitivamente, a favor del primero. Un equilibrio que, tras los sucesos del 7 de octubre, la masiva respuesta israelí y la moderación iraní, se volvió a poner en entredicho. 

En este sentido, no sería raro imaginar que varios actores del propio régimen alertaran de que la tibia respuesta del país y de sus proxis frente a la invasión israelí de Gaza estuviera debilitando la disuasión y comprometiendo la credibilidad de Irán como pilar del “eje de la resistencia”. 

Era necesario, por lo tanto, intentar equilibrar la balanza de la disuasión y replantear los términos de esta zona gris sin provocar ninguna escalada que pudiera derivar en un conflicto directo entre Jerusalén y Teherán, e indirecto con Estados Unidos como estabilizador externo de Oriente Medio. 

De hecho, esta parecía la línea roja que tanto Irán como sus proxis habían aceptado cuando concluyeron, observando la frágil situación política del Primer Ministro israelí Benjamin Netanyahu, que “…Israel pretende expandir la guerra, por lo que debe evitarse caer en esta trampa, puesto que justificaría la presencia de más fuerzas estadounidenses. 

Sin embargo, la eliminación del general Zahedi pudo representar un punto de no retorno, una situación que obligaba a Teherán a responder si pretendía mantener su credibilidad y recuperar la lógica de la disuasión. 

Más concretamente, este ataque ponía al régimen iraní en una difícil situación, una situación en la cual podía asumir estos hechos consumados y no responder a costa de comprometer su credibilidad doméstica e internacional y degradar su postura disuasoria, o plantear una represalia encaminada a recuperar la lógica de la disuasión, pero sin provocar una escalada susceptible de culminar en un conflicto regional. En otras palabras, Teherán se hallaba frente a uno de los tradicionales dilemas del complejo y peligroso juego de la disuasión. 

Los esfuerzos de Irán para resolver esta difícil ecuación no pasaron desapercibidos por nadie. De hecho, incluso la prensa iraní se hizo eco de este dilema cuando alertó que el país no debía caer en la “trampa de Netanyahu”. Por lo tanto, no debería extrañar que la represalia iraní fuera ampliamente anunciada, minuciosamente planeada y preparada, probablemente, para que la inteligencia estadounidense e israelí pudieran detectar los movimientos iraníes y diseñar con tiempo la respuesta, tal y como finalmente sucedió. 

Una respuesta que, muy probablemente, pretendía mantener la escalada lo más controlada posible y que perseguía tres objetivos: el primero, mantener la credibilidad y el liderazgo de Irán como potencia regional y pilar del “eje de la resistencia”; el segundo, mantener la estabilidad del propio régimen frente a las más que probables acusaciones procedentes de actores internos y externos sobre la extrema moderación mostrada por Teherán desde los sucesos del 7 de octubre de 2023; y finalmente, reestablecer el equilibrio disuasorio entre Irán e Israel sin provocar una conflagración regional. En este sentido, basta observar un artículo publicado en la prensa semi-oficial del régimen iraní, que exhortaba a Teherán a responder con inteligencia debido a las “…potenciales limitaciones que pueden derivarse de una agresión sin restricciones contra Irán”. 

La operación “promesa verdadera” 

Por la tarde del sábado 13 de abril, Irán lanzó la operación “promesa verdadera” contra Israel, una acción que entrañó el lanzamiento de 185 drones suicidas, 36 misiles de crucero y 110 misiles balísticos. Aunque la mayoría de los lanzamientos se realizaron desde territorio iraní, las milicias chiíes en Iraq, Hezbollá en el Líbano y Ansar Allah en Yemen también participaron en estos ataques dirigidos contra instalaciones militares israelíes. 

Parece que su objetivo principal era la base aérea de Nevatim que, situada en pleno desierto del Néguev, habría sido utilizada para lanzar el ataque que se cobró la vida del general Mahdavi en Damasco. A pesar de su espectacularidad, en términos estrictamente militares esta operación fue un fracaso. Muchos comentaristas subrayaron que su diseño y ejecución se asemejaba a los ataques que Rusia viene realizando sobre infraestructuras ucranianas con drones de manufactura iraní Shahed-136, misiles balísticos Iskander, de crucero Kalibr e, incluso, con vectores hipersónicos Kinzhal. 

En este escenario, los asequibles y lentos drones se emplean para incrementar la entidad del ataque, tensionar las defensas aéreas ucranianas y facilitar la entrada de los más efectivos misiles de crucero. A pesar de sus similitudes formales con la campaña rusa, debe subrayarse que Teherán concentró más misiles y drones en esta demostración de fuerza aislada de los que Moscú ha lanzado en un único día, pero este último está sosteniendo una campaña de atrición contra Ucrania. 

Tampoco debe olvidarse que Irán – como bien expuso la revista Ejércitos el mismo día del ataque – fue uno de los pioneros en esta materia, desarrollando una doctrina propia y creando una floreciente industria misilística y drónica. 

De hecho, además de estar integrada en el ADN estratégico iraní y dialogar con los debates sobre la competición de salvas o las guerras sin contacto, esta acción aislada nos retrotraía a la “Guerra de las Ciudades” con la que Saddam Hussein intentó – adaptando las tesis del bombardeo estratégico a la realidad iraquí y supliendo la selecta aviación de combate por una asequible fuerza de misiles – doblegar a Irán atacando sus centros de población durante la guerra Irán-Iraq (1980-88). 

Independientemente de los objetivos demostrativos, domésticos o militares del ataque iraní, más del 99% de los misiles y drones lanzados por Teherán y sus proxis fueron interceptados en vuelo. Tampoco debe extrañarnos, ya que la mayoría de estos vectores estuvieron volando durante horas – casi nueve en el caso de los drones – sobre espacios aéreos de terceros países hasta su destrucción por medios navales, aéreos y terrestres israelíes, estadounidenses, británicos, franceses o jordanos. 

Los pocos vectores que lograron penetrar en el espacio aéreo israelí impactaron sobre la base de Nevatim sin provocar ningún daño destacable. De hecho, no se produjo ninguna baja y solo hubo un herido, una niña beduina alcanzada por los restos de un misil. De hecho, a las pocas horas de haberse ejecutado el ataque, Israel emitía imágenes de la base y de los aviones aterrizando en sus pistas. 

Tampoco debe extrañarnos, ya que Jerusalén había dispuesto de tiempo suficiente – días desde que Teherán anunciara su represalia y horas desde que los primeros drones despegaran de territorio iraní – para dispersar los aviones. Además, Irán tampoco hizo ningún amago de interferir los radares israelíes, ni intentar suprimir sus defensas aéreas (SEAD por sus siglas en inglés), ni mucho menos ordenar la salida de su aviación de combate, acciones que indicarían una intencionalidad y motivarían una escalada de consecuencias desconocidas. 

Es pronto para establecer conclusiones válidas sobre esta acción aislada. En cualquier caso, aunque los vectores de precisión de largo alcance constituyen una amenaza de primer orden para cualquier país, el ataque iraní fue espectacular pero ampliamente esperado, escasamente sofisticado y con un volumen de vectores incapaz de saturar la tupida red de defensa aérea israelí. 

De hecho, la proliferación de misiles de mayor alcance y precisión entre potencias de segundo y tercer orden motivó que algunos calificaran estos arsenales como la “fuerza aérea de los pobres Especialmente si se combinan con medios de observación, mando y control, ciber o guerra electrónica, tal y como bien se expuso hace más de una década. Un sofisticado sistema integrado de defensa aérea (IADS) construido a conciencia durante años y que, durante las últimas décadas, coincidiendo con la proliferación de cohetes y misiles en la región, ha alcanzado la excelencia. 

En consecuencia, además de reivindicar nuevamente la relevancia de las IADS para proteger adecuadamente el territorio nacional frente a una amplia gama de amenazas procedentes del aire y del espacio, esta acción demuestra la capacidad iraní para realizar ataques aislados de una entidad significativa empleando una amplia gama de vectores. 

Aunque esta acción estaba, quizás, destinada al fracaso, son menos claros los efectos que podría tener una campaña sostenida de ataques que tensionaran la sofisticada red de defensa aérea israelí. Una maquinaria engrasada pero dependiente del número de interceptores disponibles (más caros que los vectores que destruyen), de la asistencia de terceros (de los recursos financieros y suministros estadounidenses) y condicionada por su elevado coste (la operación del pasado 13 de abril podría haber costado 1.500M$. 

A pesar de ello, la reciente aprobación de un paquete de ayuda militar a Israel que contempla el traspaso de 17.000M$, de los que 5.200 millones irán destinados a fortalecer sus defensas aéreas y 3.500 para sistemas de armamento avanzados, parecen garantizar, a medio plazo, el sostenimiento de las defensas aéreas israelíes. 

En cualquier caso, lo que sí ha demostrado este ataque es la buena salud de los mecanismos de cooperación regional en materia de defensa. Muchos temían que los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023 y la respuesta israelí paralizarían las relaciones entre Israel y varios de sus homólogos árabes, pero lo cierto es que la entente  de defensa forjada en el marco de los Acuerdos de Abraham (2020) bajo los auspicios de Washington ha sido un éxito. Ya sea por convencimiento propio o por intereses de seguridad comunes, esta entente ha tenido a Jordania como gran protagonista. 

A pesar de su compleja situación doméstica e internacional, Ammán no sólo participó activamente en esta operación justificada por la defensa de su espacio aéreo, sino que incluso destruyó algunos de los drones iraníes que se dirigían hacia Israel. 

Una vez finalizada la represalia, las autoridades iraníes se felicitaron por el éxito de esta operación que había “cumplido con todos sus objetivos” y había generado una “nueva ecuación” en materia disuasoria entre Israel e Irán, restituyendo así la disuasión mutua entre ambos países. 

Por su parte, el gobierno israelí describió el ataque como “fallido” a la vez que Washington instaba a Teherán a detener de inmediato cualquier réplica, tanto directa como mediante sus proxis. Valiéndose de su papel como estabilizador externo, Estados Unidos también afirmó que no deseaba ningún conflicto con Irán, pero que no dudaría en actuar para proteger a sus fuerzas desplegadas en la región o defender a su aliado estratégico. Unas declaraciones que parecían chocar con el desmarque del presidente Biden de cualquier eventual respuesta contra Irán, dejando la responsabilidad exclusivamente en manos de Israel. 

El contraataque israelí 

Mientras Irán, con esta acción demostrativa sin precedentes realizada desde su propio territorio, parecía dar por zanjado el asunto, Israel parecía querer el desempate y buscar su oportunidad estratégica para marcar el “touchdown” definitivo en la línea de anotación de su credibilidad, anunciando, pocas horas después del ataque iraní, que Israel se guardaba el derecho a responder en la manera y forma que considerara oportuno. 

En este sentido, valoró más la intención que el resultado de la acción. Ni los ruegos del presidente Biden para mostrar contención, ni las peticiones de líderes europeos o de los propios estados árabes que prestaron el escudo de su espacio aéreo para prevenir el éxito del ataque iraní, sirvieron para que Israel reconsiderara su determinación de responder. 

Israel, o más bien, su primer ministro, Benjamín Netanyahu, necesitaba una victoria que alejara el foco del fiasco que está suponiendo la guerra de Gaza en términos de prestigio internacional. 

Tras seis meses de guerra, Netanyahu no ha conseguido ni uno sólo de los objetivos que se marcó: los rehenes siguen cautivos y muriendo; hay más de 60.000 personas desplazadas en su frontera norte que Hezbolá sigue hostigando; Hamas continúa pertrechado en Rafah y fortaleciéndose en Cisjordania; Israel ha sido acusado de genocidio y la opinión pública de todos sus aliados cuestiona la complicidad de sus gobiernos con el gobierno israelí. 

Además de ello, el tabú de la seguridad de Israel frente a un ataque exterior, que no había sido quebrantado desde que hace 33 años Saddam Hussein lanzara su ataque de misiles Scud en el contexto de la Guerra del Golfo de 1991, obligaban al gobierno de Netanyahu a reaccionar ofreciendo una respuesta asertiva a la vez que simbólica. 

El modus operandi extremadamente medido y calibrado de la respuesta israelí, atacando varios sistemas de defensa aérea en la base aérea de Shekari, anejas a las instalaciones nucleares de Natanz (cercana a Isfahán), apunta hacia una escalada de elección, en la que Israel ha querido enviar cuatro mensajes a Irán: primero, que nunca va a dejar una agresión directa sin respuesta; segundo, que es autónomo para tomar sus propias decisiones estratégicas; tercero, que puede degradar su sistema de defensa aérea y, si quisiera, atacar su programa nuclear, convertido por el régimen de los Ayatolás en el símbolo que le permite proyectar poder e incertidumbre en la cancha geopolítica y cuarto, que no está interesado, de momento, en continuar subiendo peldaños en la escalada. Paradójicamente, pocas semanas antes de estos sucesos, la fuerza aérea israelí había realizado unas maniobras para ensayar ataques en profundidad. Aunque no se trata de nada nuevo, quizás Jerusalén estaba realizando una acción de señalización (signalling) de su disuasión (SATAM, Path (2024, 13 de abril): 

Conclusiones:

Todavía es pronto para extraer lecciones definitivas de lo que puede significar la acción directa iraní del pasado 13 de abril sobre el frágil (des) equilibrio disuasorio que existe entre Teherán y Jerusalén o la amplia zona gris que lo enmarca. De hecho, es probable que esta acción no haya servido para recuperar el balance disuasorio con Israel, sino que lo haya desequilibrado todavía más. 

Aunque su finalidad era más demostrativa que militar, el éxito cosechado por Israel derribando la práctica totalidad de los vectores y destruyendo varios sistemas de defensa aérea en el interior de Irán puede generar otras lecturas en ambas capitales. 

En el caso de Israel, tanto en su operación defensiva del 13 de abril como en su respuesta de 19 de abril, su éxito se ha basado en el uso estratégico de su fuerza, en la coordinación exitosa de los mecanismos de cooperación regional y en la equilibrada contención de su respuesta, que ha dejado a su antagonista con opciones diferentes a la escalada. 

La respuesta ha mostrado que Estados Unidos continúa teniendo un importante papel como estabilizador externo de Oriente Medio y que la disuasión israelí está estrechamente relacionada a Washington. Algo que de buen seguro tendrá efectos sobre los equilibrios regionales y los cálculos estratégicos que Irán pueda realizar en un futuro, a la vez que puede constreñir las respuestas israelíes. 

La lección aprendida debería extrapolarse a las acciones de Israel en Gaza, donde la invasión final de Rafah y la expectativa de victoria total frente a Hamás, está suponiendo un lastre para la gestión efectiva de la guerra, generando pérdidas masivas de vidas, la prolongación de los secuestros, la devastación económica y el sufrimiento generalizado para toda la población involucrada.

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