Escrito por • 1:31 pm• Casa Real

Juan Carlos contrataca montado en sus memorias, con toreros en Sevilla y en la Asamblea francesa,  pero sin políticos españoles

José García Abad 

El Emérito real se ha resarcido en Sevilla y Paris del fracaso de sus maniobras realizadas por medio de cumpleaños políticos a los que no asistían personajes representativos, ni siquiera Felipe González, su gran sostenedor durante los gobiernos que presidió, correspondido por los favores del monarca cuando Felipe los necesitó.

Solo contó con las adhesiones inquebrantables de una parte de la familia, la integrada por las infantas, sus hijas, Elena y Cristina, y algunos nietos, aunque con la llamativa ausencia de la reina Sofía, esposa del cumpleañero y la chocante presencia de su amante más veterana, Marta Gayá, novia durante más de 20 años. 

Ha contratacado el Emérito editorialmente con unas memorias en las que reivindica vivir en la Zarzuela con todos los honores y la incorporación de sus hijas a la familia real. 

¿Quién roba a quién? 

“Tengo la sensación de que me están robando mi historia”, alega Juan Carlos I para justificar la publicación de su autobiografía que titula “Reconciliación” con la pluma de Laurence Debray, en la que se olvida de sus pecadores ingresos. 

Se da la circunstancia de que el dinero que obtenga con este libro será ingresado en una fundación inscrita en Abu Dabi, y por tanto sin efectivo control fiscal, destinada como herencia a sus hijas. No está incluido su hijo, el rey, que renunció a ello al considerar que estos dineros tenían sucios orígenes.  O sea que quien roba a los españoles es Juan Carlos a quien Forbes atribuye una fortuna de 1.800 millones de euros.

Justifica con cinismo el libro: “Mi padre [Juan de Borbón], siempre me aconsejó no escribir memorias. Los reyes no se confiesan. Menos aún en público. Sus secretos quedan enterrados en las sombras de los palacios. ¿Por qué desobedecerle hoy? ¿Por qué finalmente he cambiado de opinión? Tengo la sensación de que me están robando mi historia.”

A lo tonto modorro, de forma paulatina, lo que fuera la corte sobria de un rey pobre se convirtió en la más ostentosa de Europa con un monarca que según todos los indicios ha logrado amasar una formidable fortuna. Vive en Nurai, una isla privada de Abu Dabi, donde ha trasladado su amable domicilio fiscal, donde como dice Martín Bianchi Tasso, en El País Semanal: “se pasea por Abu Dabi a bordo de un jet privado y un enorme SUV blanco de la marca Cadillac exigiendo que le restituyan su honor”. 

Suspendido de empleo y sueldo

Se aparece de vez en cuando en regatas en Sanxenxo y  en bodas, funerales o cumpleaños propios o de familiares. Pero no ha conseguido el permiso real a pesar de sus reiterados intentos para acudir a actos institucionales o al menos que su hijo le permita residir en la Zarzuela.

A Don Juan Carlos, como a Don Juan, su padre, no le dejan residir en la Zarzuela desahuciado por su hijo quien le forzó a un exilio intermitente y le suprimió los 253.843,20 euros que cobraba de sueldo para salvar la institución.  

A Juan Carlos, como a su padre, no se le ha atribuido función de representación alguna, como acudir al aeropuerto a recibir a un dignatario extranjero o asistir a una ceremonia de toma de posesión de un presidente de Gobierno, como las  que realizaba su hijo, de príncipe de Asturias. Le dolió especialmente que su hijo le negara su presencia en la jura de la Constitución por Leonor, la rejura de bandera de Felipe VI en Zaragoza, y los actos del décimo aniversario de reinado de su hijo.

Al más viejo casticismo borbónico

Montado sobre su libro ha disfrutado de un baño de popularidad en Sevilla rodeado de toreros, al más viejo casticismo borbónico, cuando acudió con las infantas  a la corrida en la Real Maestranza en el Domingo de Resurrección donde Morante de la Puebla le lanzó su montera tras cortar dos orejas y el público gritaba “¡Viva el Rey!”.  

Y, sobre todo cuando recibió en Paris un premio a su libro de memorias en la residencia oficial de la presidenta de la Asamblea Nacional Francesa, Yael Braun-Pivet, quien trató de rebajar las críticas por recibir a un monarca corrupto en tan respetable institución republicana asegurando al diario El Pais: “Nosotros  cedemos salas a la asociación para celebrar el premio. Son actos externos a la vida política de la Asamblea”.

Y todo hay que decirlo: como en sus cumple politicos tampoco contó Juan Carlos con la presencia de políticos o intelectuales españoles de relevancia. 

La revista Hola que hizo un gran despliegue fotográfico y literario del acontecimiento  destacaba la promesa del Emérito: “Volveré a España prontísimo” y añadía: “Desde Casa Real ya se ha indicado que Juan Carlos I puede volver a España cuando lo desee, aunque con la condición de que recupere su residencia fiscal en el país con el fin de preservar su imagen y la de la institución. A lo que el Rey responde, según su biógrafa, que “primero le dejen dormir en su casa de la Zarzuela” Para tener residencia fiscal hace falta tener residencia”. 

No cumplió su promesa

Al Emérito le ha faltado la grandeza que obtuvo cuando en 2019 envió una carta a su hijo en la que anunciaba que se retiraba de la vida pública y le prometía lealtad. Se ha olvidado de su promesa. “Creo – le escribió –  que ha llegado el momento de pasar una nueva página en mi vida y de completar mi retirada de la vida pública”. 

Podría haber imitado a Isabel II cuando, según cuenta el historiador Melchor Almagro, en su libro “Bajo los tres últimos borbones” los partidarios de intentar un último esfuerzo examinan que la locomotora que llevaría a la reina al exilio mira a Francia exclaman: “Señora, ¡no vuelva Vuestra Majestad la espalda a su reino, donde la espera el laurel de la gloria!. Doña Isabel responde: “La gloria para los niños chicos, y el laurel, para la pepitoria, que yo me marcho a Pau”.

Dos reyes, uno ejerciendo y otro lampando

España disfruta ahora de dos reyes, Felipe VI reinando y Juan Carlos encabezando la oposición monárquica. Se sigue la costumbre borbónica de la presencia simultanea de dos monarcas, uno ejerciendo y otro lampando, uno reinando y otro bien en el monte o en el exilio como, en el primer caso Isabel II frente a su tío Don Carlos  a la muerte de Fernando VII; y en el exilio Isabel II a quien su hijo Alfonso XII exilió a Paris por el bien de la institución. También en el exilio Alfonso XIII se resistió a abdicar en su hijo Juan y le ofreció su corona a Franco. Desde la muerte del dictador en noviembre de 1975 hasta mayo de 1977, cuando don Juan renuncia a sus derechos dinásticos, España tenía también dos reyes, una duplicidad molesta y peligrosa: el padre, Don Juan, como rey de derecho dinástico y el hijo Juan Carlos como monarca de hecho, y de derecho desde la Constitución. En la actualidad acudimos al espectáculo de dos partidos, el del rey reinante, que promovió el exilio voluntario de Juan Carlos.

Los reyes suelen actuar con gestos y Felipe los ha marcado con una especie de enmienda a la totalidad a su padre, el hoy mal llamado Emérito con dolor filial, empeñado  en “desjuancalizar” la institución lo que está consiguiendo cuando se cumplen más de diez años de la abdicación del rey padre y en un momento en que establece como eje de su propósito la exaltación de su hija y sucesora a quien trata de apartar de la nefasta influencia de su abuelo. 

Y cuando ha tomado decisiones tan democráticas como alejadas de la conducta paterna como la de someter el uso de sus dineros al control del Tribunal de Cuentas o la de negarse a recibir regalos. 

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