Escrito por 2:27 pm Cultura

Juan Mariné. Goya de Honor a los 103 años… y testigo excepcional de la historia

El autor del texto junto al centenario Mariné (izquierda) y Rodolfo Montero, productor-director (derecha)

Por Manuel Espín

Hasta el confinamiento Juan Mariné con su siglo de edad a cuestas acudía cada mañana desde su vivienda en la madrileña calle de Guzmán El Bueno a los sótanos de ECAM, la escuela de cine de la Comunidad de Madrid, donde durante muchos años desde que al principio de los 90 dejó de trabajar como director de fotografía, se ha dedicado a la enseñanza y restauración de películas creando tecnología para  la preservación de imágenes. Nacido en 1920 Mariné es un prodigio de la naturaleza al que se vuelve a premiar ahora con el Goya de Honor que deberá recibir cumplidos los 103,  con una mente viva y en condiciones físicas sorprendentes. Mariné tiene más derecho que nadie a ser llamado ‘leyenda viva’: director de fotografía en 140 películas ha trabajado con los  nombres más representativos desde los años 40: Edgar Neville, Sáez de Heredia, Del Amo, Lazaga, Mur Oti, Forqué, Fernán Gómez…y su memoria es un libro abierto. 

 Su vida es más que cine, y de la mano de su pareja y compañera Concha, muchos años más joven que él a quien debe mucho de esa vitalidad y supervivencia, Mariné es testigo privilegiado, a veces víctima, de la azarosa historia del XX español. En mi penúltimo libro, ‘Vida cotidiana en la España de la posguerra’ (Editorial Almuzara, 2022) Mariné contaba con detalle su increíble peripecia: un niño nacido en 1920 en Barcelona a quien el médico recomienda a su madre baños en Areyns de Mar descubriendo a Chaplin, el mundo de la fotografía y de la imagen, con el ‘pathe baby’ un proyector de imágenes mudas juguete para niños de clase media, que siendo un adolescente fisga en las primeras películas sonoras rodadas en los 30 en los estudios Orphea de Barcelona, y en la guerra civil trabaja para Laya Films, los servicios de la Generalitat y para SIE de la CNT, su nombre aparece en ‘Aurora de esperanza’ (1937) largo de ficción que produce el sindicato, y el propio Mariné rueda las históricas imágenes del entierro de Durruti. También participa en los servicios fotográficos de Enrique Lister.

 Miembro de la ‘quinta del biberón’ es movilizado y combate en la batalla del Segre. Mariné recuerda uno a uno los nombres y apellidos de sus compañeros de la misma edad desaparecidos en combate. Una explosión afectó a su oído; y el devastador recuerdo de esa guerra le acompaña hasta el día de hoy. En 1939 se ve obligado a cruzar la frontera en un camión-laboratorio tras el hundimiento de la República. Confinado en el tristemente célebre  campo de concentración de Argelés-sur-Mer una noche se escapa nadando a través del mar. Logra milagrosamente salvar la vida y sobrevive en Francia en la clandestinidad hasta que un panadero le aconseja entregarse a las nuevas autoridades españolas. Cruza la frontera  y en San Sebastián es detenido y trasladado en penosas condiciones en un barco-cárcel hasta el campo prisión de ‘La Azucarera’ en Sevilla.

 Finalmente, su padre árbitro de fútbol, tras mover toda clase de influencias consigue dar con él y se presenta en el campo de concentración. «¿Eres Juanito?» le pregunta, incapaz de reconocerlo ante su deterioro físico. Le espera otra prueba: realizar de nuevo el servicio militar. Por fortuna sus conocimientos de fotografía facilitan que sea destinado a la frontera pirenaica ante una posible invasión del maquis o aliada.

 Cuando es licenciado no le dan trabajo en el No-Do por su pasado ‘rojo’ . Viene a Madrid y poco a poco empieza a hacer pequeños trabajos, incluso para Cifesa una prueba de cámara para una chica muy atractiva llamada todavía María Antonia Abad antes de ser Sara Montiel, logrando aparecer como segundo operador en películas de finales de los 40, hasta que de la mano de su amigo Antonio del Amo (abuelo de Rodrigo Sorogoyen), que en la guerra trabajó para el PCE, pasó por la cárcel en la posguerra y a quien el falangista Rafael Gil evitó que sucumbiera ante un paredón, le permite trabajar como director de fotografía en ‘Cuatro mujeres’ (1948) donde Del Amo debuta en la dirección. Luego vendrán otras 12 con él, 10 con Forqué, 26 con Pedro Lazaga o 4 con Manuel Mur Oti, entre otros directores.

 Mariné relata que viniendo de Andalucía a Madrid al pasar junto al penal de Ocaña Del Amo decía: «Pisa fuerte el acelerador, que no quiero ni acordarme». «Acabé odiando la política -me contó Mariné- porque a mi generación nos hizo mucho daño, no solo durante la guerra sino en la posguerra». Trabajar con los personajes de aquella época le permite acumular un torrente de recuerdos, de los políticos a los personales, con anécdotas increíbles.

 Rodando en 1952 en la costa andaluza  ‘El pescador de coplas’, donde las estrellas eran Antonio Molina, Marujita Díaz y Tony Leblanc los productores les dejaron tirados sin enviar dinero, por lo que tuvieron que hacer una especie de colecta en la calle para poder regresar  todo el equipo a Madrid. Mariné hizo en 1955 la primera película española en cinemascope, ‘La gata’: «Aurora Bautista que era la protagonista tenía muchas dudas de cómo estaba quedando la fotografía; tuve que ‘arrastrarla’ una mañana al cine Albéniz a ver pruebas para que se convenciera. Luego todo fue suave». En aquellos años Mariné rodó decenas de películas entre las que se cuentan  emblemáticos éxitos de los 60 y 70. Sobre ciertas anécdotas tiene dudas de que publiquen «porque siempre puede salir un hijo o un nieto con una demanda». Rodando ‘Lavanderas de Portugal’  el productor Cesáreo González se enfadó mucho con él por que le vio bailar con la estrella de la película, Paquita Rico. Las abundantes imágenes de juventud de Mariné le presentan con la imagen de un galán con una apostura que ha mantenido hasta la vejez.

 Se acuerda de Paco Martínez Soria, a quien conoció en la Barcelona de la guerra donde «le echaron de la CNT por ‘mal actor y poco cenetista» y con quien se encontró muchos años después como responsable de la fotografía de ‘La ciudad no es para mi’ (1965): «Paco con un carisma en los escenarios no se aprendía los guiones, apenas memorizaba y se podía esperar cualquier cosa respecto a ‘morcillear’: las frases se las repetían a punto de rodar y él acababa diciendo lo que quería».

 Ha trabajado con todas las estrellas del cine español de Joselito a Alberto Closas, a quien parodia cariñosamente con frases en catalán. Firmado la fotografía de éxitos como ‘La gran familia’ y recibido toda clase de premios, todavía más en época contemporánea, incluido el Premio Nacional de Cinematografía. En 1990 tras ‘La grieta’, la película número 7 que rodó con Juan Piquer, se dedicó de manera intensa a la recuperación de películas y al desarrollo de la tecnología que ha ido creando, destinando de forma privada el importe de algún premio recibido.

 Esa ‘retirada’ a la labor de docencia, investigación y preservación no ha sido obstáculo para su asistencia constante a proyecciones, pases de películas y actos sociales relacionados con el cine, lo que le ha permitido mantenerse en presente. Su presencia ha sido habitual en las convocatorias de la Academia de Cine. Conversar con él bajo un torrente de ideas, anécdotas imposibles de resumir en unas líneas es una irrepetible experiencia, desafiando a la edad con viajes y presencias públicas. «Hoy podría estar como director de fotografía en una película que se rodara en un estudio, no en exteriores» decía días antes del covid Concha su compañera de vida en esta parte de su existencia y fundamental para rebelarse contra la dictadura del calendario. 

 Padre de tres hijos con su primera mujer, entre ellos el prestigioso diseñador Oscar Mariné, ha sido protagonista de varios largometrajes documentales, el último de ellos se estrenará muy pronto, cuando Juan Mariné cumpla en diciembre los 103 años, y se espera que pueda recoger su Goya en Valladolid. Algo posible por cuanto ver a Mariné con un siglo a la mochila vestido con pajarita o traje de fiesta ha sido algo habitual en las noches de los Goya, Forqué o Platino. Esa memoria tan longeva e ilusión mantenida de manera constante le hace recordar personajes y situaciones como si fueran de ayer por la tarde. Como comenta Concha: «Lo que ocurre es que todas esas personas de las que está hablando han muerto. Él es el único que queda».     

Close